S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

1) Aurelio

Nunca supe si el nombre del pueblo venía del árbol o del silencio. Lo cierto es que se llamaba Ombúes y no pasaba gran cosa allí excepto el tren, dos veces por día, algún parto cada tanto y las campanas, que doblaban más a menudo de lo que las puertas se abrían. Como casi todos los demás pueblos con el mismo nombre, Ombúes estaba rodeado de campo, de un campo que tenía más cansancio que horizonte y donde todo lo que no era llanura era óxido.

Aurelio vivía y trabajaba en una pieza de adobe, a la vuelta de la plaza. Era el barbero del pueblo, aunque ya no ejercía del todo. En realidad, nadie recordaba haberlo visto afeitar a alguien, solo le recortaba el pelo a los mayores, nunca a los niños. No tenía ayudantes ni aprendices, ni siquiera conversación. Hablaba poco y, cuando lo hacía, no había emoción. Ni en la voz ni en sus ojos. Aun así, la gente lo respetaba. Quizás porque nunca pidió nada.

Tenía la manía de sentarse cada tarde frente a la cruz de metal, esa que marcaba la entrada al pueblo y que anunciaba el paso a nivel. Era una cruz tosca, ruda, soldada en una columna baja, clavada en la tierra con base de hormigón rajado. La pintaban una vez al año, tal vez por costumbre, tal vez por mandato de arriba, pero nadie se preguntaba quién o por qué lo hacían. Los más pibes decían que si uno apoyaba la oreja en su columna podía escuchar los trenes que ya no pasaban. Pero era mentira, claro. No importaba mucho, porque uno crece igual con esas cosas.

Aurelio se sentaba frente a la cruz, al atardecer, todos los días, como si esperara el tren o el fin del mundo, que para él podrían parecer la misma cosa. A veces llevaba un termo, otras veces solo el sombrero en la mano, y nunca hablaba con nadie mientras estaba allí. Si alguien lo saludaba respondía con una inclinación leve de cabeza, como quien acepta un saludo sin otorgarlo.

Una tarde, hacia fines de marzo, ocurrió lo que todavía no sé cómo contar sin que me tiemble un poco la mano: Aurelio no volvió de la cruz.

Eso, en sí, no era algo extraño, porque Aurelio era viejo. La gente envejece, se ausenta, muere. Pero no fue que se lo encontrara sin vida, ni que alguien lo viera partir. Directamente no volvió. No hubo cuerpo, no hubo carta, no hubo testigos. El sillón en la barbería seguía allí, cubierto con una sábana fina y la taza con agua de colonia tenía aún un centímetro de líquido. Todo en su casa estaba tal como si hubiera salido a comprar tabaco. Pero no volvió. Nunca.

Lo raro fue la cruz. Al día siguiente de su desaparición apareció, sobre la base de hormigón, un mechón de cabello canoso, un puñado de pelos prolijamente atados con hilo negro. El viento no lo volaba, el polvo no lo cubría. Nadie lo quitó, nadie lo tocó, ni siquiera los perros lo olían. Pasaron los días y el mechón atado no se pudrió, no cambió de color, no se desarmó. Fue como si hubiera sido recién cortado, como si alguien con pulso firme y sin apuro lo hubiera dejado allí para que supiéramos algo que no nos atrevíamos a entender.

Los gurises dejaron de jugar cerca del paso a nivel, las mujeres empezaron a persignarse al pasar y una noche de lluvia, una de esas en las que las tormentas del campo parecen morder con los dientes del trueno, alguien escuchó el silbato del tren. No era día ni hora de tren pero se escuchó, y nadie se asomó a mirar. Después de eso, la cruz se oxidó en menos de una semana y el mechón de cabello se volvió blanco del todo, tal como si le hubiera caído nieve.

Otra tarde el viento lo llevó. Nadie dijo nada pero al año siguiente, cuando alguien fue a pintar la cruz, encontró junto a la base un cuaderno. Tenía hojas sin líneas, escritas con tinta negra, con una sola frase repetida una y mil veces en sus distintas páginas:

«El tren no pasa, pero hay quien lo espera.»

No sé qué fue de Aurelio. Nadie lo sabe. Tal vez fue un castigo, una promesa o una redención lo que le ocurrió, solo sé que ahora, cuando paso por la cruz, me descubro tocándome el cabello, como para asegurarme de que todavía está donde debe estar. Y que el tren, si alguna vez vuelve, nos llevará a todos. Aunque no sepamos a dónde.


2) Pancha

En Ombúes, como en casi todos los pueblos de este país estirado y silencioso, los años pasan más por la tierra que por la gente. Las casas se agrietan, los galpones se hunden, los perros se adormecen pero las personas siguen caminando igual que antes, apenas un poco más grises, más encorvadas.

Ombúes no tiene cementerio propio, ni médico fijo, ni cura en residencia. Tiene una plaza, una escuela, una estación sin jefe y esa cruz de fierro clavada en la entrada, justo antes del paso a nivel.

La cruz está allí desde siempre. Nadie recuerda que no estuviera. Su pintura se descascara con el viento del norte y cada tanto aparece alguien que la vuelve a pintar, sin avisar, como si cumpliera una promesa antigua. Algunos la saludan al pasar, otros fingen que no la ven.

Pancha era una mujer de manos fuertes y voz ronca que vendía velas a quienes sabían a quién rezar. Vivía solo con su hermana menor, muda de nacimiento, en una casita al fondo de una calle sin salida, rodeada de santarritas y cacharros de hojalata.

Tenía seis gatos, todos grises. Nunca se supo si eran siempre los mismos o si iban cambiando, y ella tampoco lo decía. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía usaba palabras que sonaban más viejas incluso que ella misma.

Vendía sus velas en un canasto forrado con arpillera, de casa en casa, pero también se instalaba algunas tardes junto a la cruz de fierro. Nadie le preguntaba por qué, pero ella igual decía que ahí el aire escuchaba.

Algunas de sus velas tenían forma de corazón, otras de estrella, las más pedidas eran cilíndricas con mecha en espiral. Se supone que eran de cera pura, «de colmena feliz», y las ofrecía para bendecir nacimientos, espantar sustos, calmar pleitos, aliviar duelos y, más de una vez, para que el tren se demorara un rato.

Pancha tenía clientas fieles y otras que la evitaban. A estas últimas las miraba con una sonrisa torcida, como quien ya supiera cómo terminará todo. En Ombúes decían que si Pancha encendía una vela en tu nombre sin que vos lo supieras, algo en tu vida se acomodaba o se torcía, pero nunca quedaba igual.

A veces, al amanecer, una vela aparecía encendida al pie de la cruz. Nadie la veía colocarla y nadie la retiraba. Se consumía entera, incluso con la lluvia.

Una tarde de julio, cuando el viento del sur arrastra olores de leña mojada y los pastos se apagan, Pancha no salió con su canasto. Tampoco la vieron al día siguiente, ni al otro. Una vecina fue a buscarla y encontró la puerta entornada. La hermana muda estaba sentada junto al hogar, en bata, mal peinada y con una vela encendida en cada mano. Los gatos no estaban, la casa olía a miel caliente, en la mesa había una hoja de papel, escrita con letras torpes, como de alguien que aprendió a escribir solo:


«Hoy se cierra lo que nunca se abrió. Ya no hay cera que detenga lo que viene».

La hermana muda no volvió a hablar ni con gestos ni con ojos. A partir de entonces salía cada martes, al caer el sol, y dejaba una vela blanca al pie de la cruz. Siempre del mismo tamaño, siempre con la mecha torcida hacia la izquierda. Nunca encendida.

Una mañana, creo que fue en setiembre, un niño encontró en un hueco del hormigón una cajita de madera, redonda, como las que se usan para guardar agujas e hilos. Tenía dentro pequeños fragmentos de cera con letras mal talladas, y solo pudo armarse una palabra completa con claridad:

«Espera»

Dicen que la directora de la escuela la llevó al aula como ejemplo de lenguaje simbólico pero lo cierto es que la cajita desapareció la semana siguiente, sin que nadie supiera quién la tomó.

La cruz, desde entonces, arroja una sombra más larga al atardecer. Algunos juran que han visto una figura sentada a su lado, con un canasto entre las piernas. Y que si una vela aparece encendida, es mejor no apagarla. También dicen que hay oraciones que no son súplicas sino advertencias, y que Pancha no vendía velas sino silencios en forma de llama.

Yo no sé si fue cierto pero cada vez que paso frente a la cruz me fijo si hay cera derretida en la base. Si la hay, no piso cerca. Y si no la hay, tampoco, por si acaso.


3) Cirilo

En Ombúes, la hora de la siesta no se discute. Ni los perros ladran. El pueblo entero baja la cabeza y el pulso, las hojas dejan de moverse aunque sople viento y los niños aprenden pronto que hay cosas que no se preguntan entre las dos y las cuatro.

Cirilo vivía en la casilla, junto a las vías. Había sido guardabarreras toda su vida y, aunque había perdido el cargo hacía años, seguía abriendo y cerrando la barrera con una vara que él mismo había adaptado para no forzar demasiado su espalda. Lo hacía por costumbre, o tal vez porque nadie más lo haría. Nadie le pidió que lo hiciera, es cierto, pero tampoco nadie se lo prohibió nunca.

Era un hombre flaco de rostro estrecho, con manos curtidas y una manera de mirar que parecía no ver a nadie. Saludaba con la cabeza sin interrumpir el ritmo del paso y vestía siempre una camisa celeste y un sombrero blanco de paja, muy limpio, tanto que parecía ajeno a la mugre del pueblo.

Tenía un cuaderno de tapas blandas que siempre llevaba bajo el brazo, en él anotaba la hora en que pasaba cada tren aunque últimamente no hubiese trenes y, entre las líneas de hora y vagones, algunos versos que nadie leía.

A la hora de la siesta se sentaba frente a la vieja cruz y la miraba sin mirarla, como quien escucha un idioma que no habla. Nunca llevaba mate ni libro ni radio, solo el cuaderno, apoyaba la espalda contra el tronco de un eucalipto viejo, entrecerraba los ojos y se quedaba así, entre el sueño y el recuerdo.

Aquel martes fue igual. El sol caía oblicuo, el viento era suave y los gallos ya habían dejado de cantar. La barrera estaba baja, aunque no se esperaba tren. El pueblo dormía, todo era como siempre. Y sin embargo…

Un silbido leve, casi doméstico, como si alguien llamara a un perro desde muy lejos, se escuchó cerca de las tres. Ningún perro ladró, nadie se asomó, la tierra no vibró. No hubo humo ni sombra ni paso de máquina, pero en la estación los pastos se inclinaron.

Cirilo no volvió a su casilla. Tampoco se lo vio más por el pueblo. No dejó cartas ni señales, solo el cuaderno, que quedó apoyado sobre la barrera y abierto en una página que decía


«Cuando no pase el tren pasaré yo, entre los durmientes, sin hacer ruido»

Eso fue todo. No hubo velas ni cabellos ni objetos en la cruz. Nadie limpió su casa, nadie reclamó sus cosas, la gente simplemente asumió, con esa forma resignada que tiene el campo para entender la muerte, que Cirilo había llegado tarde a sí mismo.

Desde entonces la barrera a veces baja sola, pero solo a la hora de la siesta. Y si alguien pasa por ahí en ese momento, hay quienes dicen que conviene esperar, aunque no venga nada. No por miedo, sino por respeto. Ya saben, en Ombúes las cosas importantes no se ven, se intuyen. Y en las tardes calmas, bajo la cruz de fierro, se respira algo que no se puede nombrar sin que se borre.

Por eso, mejor no nombrarlo.


4) Gertrudis

A la entrada de Ombúes, bajo la cruz, a veces alguna gente se sienta.

Gertrudis fue siempre la misma, terca, limpia, silenciosa. Ni muy vieja ni muy joven, de esas edades sin número, con trenzas peinadas hacia atrás y un delantal blanco por encima del vestido. Vivía en la última casa del pueblo, la más próxima al monte, donde las vacas no entraban y los perros no ladraban. Su voz era baja pero firme. Agradecía con un gesto, pedía con una mirada. Sabía coser aunque no era costurera, sabía curar aunque no era enfermera y sabía estar sola aunque no se notaba.

Tenía una silla, una silla de madera sin barniz, de asiento hundido, que llevaba consigo a todas partes, tal como si fuese parte de su cuerpo. Se decía que era de su madre, o de su maestra, o de alguien que la había querido bien, pero nunca lo aclaró.

En la plaza, en la iglesia, en los velorios, en la feria, siempre la misma silla. Y en las tardes quietas, cuando el sol apenas cruzaba el aire, se sentaba frente a la cruz de fierro a mirar lo que nadie veía, a mirar lo que nunca cambiaba.

Una tarde de enero, sin viento y sin canto de chicharras, la cruz tenía sombra. Una sombra breve, nítida, que no se movía. La silla estaba en su sitio, como siempre, pero Gertrudis no.

No hubo gritos ni búsquedas ni alarmas. Su casa estaba cerrada, la ropa tendida, seca, la olla limpia, la cama hecha. Nadie oyó nada. Nadie vio nada. Solo la silla bajo la cruz. Y la dejaron allí.

Con el tiempo, la lluvia fue hinchando la madera, el asiento se hundió más, una pata se ladeó. Los pájaros la usaron como mirador pero nadie la movió. Los chiquilines no jugaban cerca, las mujeres la miraban de reojo, los hombres bajaban la voz al pasar.

No hubo carta, no hubo señal, nadie supo si Gertrudis se fue, si se murió, si se convirtió en otra cosa, pero tampoco importó mucho. En Ombúes las cosas suceden sin testigos, y no porque se escondan sino porque saben cuándo no ser vistas.

Algunos dicen que la silla ya no está, que se la tragó la tierra, que una madrugada de otoño desapareció, como ella. Pero yo pasé ayer y juro que la vi.


Todo esto que he contado hasta aquí es la versión aceptable, la forma en que un país pequeño entierra su memoria bajo silencios prolijos. Ombúes existe, sí, pero no figura en los mapas. Y los trenes pasaban, las barreras se cerraban, las velas ardían, las sillas vacías se oxidaban al sol. Pero no fue el tiempo quien se llevó a Aurelio, ni a Pancha, ni a Cirilo ni a Gertrudis.

La cruz de fierro no marcaba ningún paso a nivel, era una cicatriz que nadie quiso excavar. Por eso escribo aquí sus nombres, por eso cuento sus historias. Con cuidado, con ternura, con paciencia, para que no sean solo misterio, para que no queden apenas como personajes de un pueblo dormido.

Porque están ausentes pero no están perdidos. Los seguiremos buscando y no descansaremos hasta encontrarlos, gritando que la historia que calla es la que perpetúa el crimen y sabiendo que estas palabras, por pequeñas que sean, son también una forma de justicia: Memoria, Verdad y Justicia.


Posted in

Deja un comentario