
Yo estaba allí cuando nos eligió. No lo dijo con palabras, claro, ningún mortal lo hace. Pero se nota, se percibe en la forma en que tiemblan, en la manera en que sus almas se adelantan a sus cuerpos, en cómo sus deseos los traicionan antes de que abran los ojos. Nosotras no engañamos, solamente llamamos y, algunas veces, alguien responde.
Él se ató al mástil, es cierto, y no puedo evitar sonreír al recordarlo, porque quienes lo leyeron están convencidos de que eso fue una defensa, que resistió, que venció. Que nos venció.
¿Cómo podría alguien vencer al fuego abrazándolo? ¿Cómo podría medirse la victoria de quien no muere pero arde para siempre?
Los otros, los marinos, sus hombres, se taparon los oídos con cera. Ellos sí resistieron, aunque jamás sabrán decir a qué. Se libraron del canto, sí, pero también de la revelación, porque lo que cantamos no son simples notas, no son melodías con promesas. Cantamos una puerta abierta a lo que ellos son, a lo que fueron y a lo que jamás se permitirán ser y prefieren no saber.
Odiseo no. Él sí quiso saber, quiso ver, quiso oír, y ese deseo bastó.
Nunca lo tocamos, nunca rozamos su piel ni lo sumergimos en nuestras aguas pues no hizo falta. Lo envolvimos, lo acariciamos con nuestra voz, con nuestra vibración. Lo empapamos en todo aquello que no puede señalarse con el dedo pero que habita en los márgenes de la conciencia, porque nuestro canto no pide ni exige nada. Solo se instala.
Y desde entonces nos tuvo dentro, para siempre.
Dicen que regresó a su país, que venció, que cerró el círculo de su viaje. Y sí, regresó, pero no lo hizo intacto. Nadie vuelve del canto igual que partió, aunque pocos de quienes han sido heridos por la belleza entienden el precio que han pagado sin notarlo.
Hoy lo imagino caminando por Ítaca con la frente alta, saludando a su gente, acariciando el mármol de su hogar tal como un león relame su victoria. Pero por las noches… ¡oh!, por las noches, cuando el ruido del mundo se apaga, estoy segura de que nuestra melodía regresa como una marea mansa, lenta, inevitable, ineludible.
Porque nosotras no buscamos la muerte, deseamos la permanencia y él nos otorgó eso, un lugar secreto en su nostalgia.
Nosotras no cantamos para capturar, cantamos para revelar. Eso nos basta para no ser olvidadas.
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