
Había aprendido a fingir desde temprano. A sonreír con la boca, con los ojos, con los gestos justos, con la pausa exacta entre cada pregunta y cada respuesta. Había aprendido, también, a decir que sí sin siquiera pronunciarlo, a dejar que el mundo creyera que deseaba lo que nunca había querido. Porque explicarlo no era una opción, era un abismo. No sabía cómo hacerlo, no podía hacerlo.
No era pudor ni trauma. Tampoco tristeza, era otra cosa, algo más profundo, más seco, más hondo. Era un rechazo visceral a esa forma de entrega que el mundo insistía en llamar intimidad. No le gustaba tener que desnudarse, pero no su cuerpo, pues podía gestionar eso, sino su ser. No le gustaba que alguien la mirara desde dentro, que la tocara desde adentro, que respirara su alma con la impunidad de quien cree estar amando. Esa cercanía le dolía más que la soledad y ese contacto se volvía invasión. Cada beso era una pregunta sin respuesta, cada caricia un error de lectura.
Pero no lo decía. Callaba, y en el silencio aceptaba. Se dejaba hacer, se dejaba estar. En ocasiones cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. O los abría y no pensaba en nada.
Nunca lloró durante el sexo pero una vez sintió que se rompía en fragmentos tan pequeños que ni ella misma pudo volver a juntar ese todo fragmentado. No era masoquismo, era supervivencia. Porque le dolía no saber explicarlo, porque decir que no le pesaba más que el cuerpo, porque no quería ser la rareza, la que no quería, la que no sentía, la que incomodaba. Por eso permitió y consintió muchas veces, no para gozar, solo para complacer. No por deseo sino por miedo, miedo a la pregunta, miedo a tener que responderla, miedo a ser rechazada por no ser lo que no sabía ser.
Así pasaron los años. Se convirtió en una versión socialmente aceptable de sí misma, una mujer deseable, una amante funcional, un cuerpo que sabía qué hacer, cuándo y con qué ritmo. Aprendió a leer los mapas del placer ajeno sin jamás recorrer el propio, ese que nunca sintió suyo.
Al mirarse en el espejo no se reconocía. O se reconocía demasiado. Se preguntaba si alguna vez alguien la conocería de verdad, no desnuda de ropa sino de miedo. No expuesta por obligación sino aceptada en su silencio. No tocada sino contenida. Pero era sólo una pregunta, y estaba cansada de las preguntas. Así que volvía a decir que sí, incluso sabiendo que dentro, muy dentro, su verdadero nombre, aquel que jamás pronunciaba, era No.
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