S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Hola. Me gustan las cosas claras y voy a ser lo más sincero posible para que, si hay algún problema, no me digas luego que no te lo dije. Es sobre lo que quiero, lo que deseo, lo imprescindible y esencial en nuestra relación.

Ante todo, lo fundamental es que seas auténtica, natural pero maquillada. Que se note que te cuidás y que no sos una dejada, pero sin exagerar, ¿sí? Nada de labios rojos de noche si vamos a la casa de mi mamá. Y, por favor, no te pintes tanto los ojos, no olvides nunca que no sos un payaso. Pero tampoco salgas con la cara lavada, que parece que estás enferma.

Me gusta una mujer que trabaje, que tenga metas, ambiciones. Pero que sus intereses no se le suban a la cabeza. Que no se olvide que su prioridad es su familia (la mía, claro está), que no llegue tarde porque tuvo una reunión y que no compita conmigo, por favor. No hay nada más desagradable que una mujer que quiere tener razón.

Mi compañera de vida debe ser culta, pero no pedante. Que haya leído algo de literatura -romántica mejor- pero que no me venga a corregir el plural de currículum y que no cite a Simone de Beauvoir en medio de una discusión (una vez me dejaron por eso y no pienso pasar por lo mismo). Que le guste hablar, sí, pero que no me interrumpa. Y que sepa cuándo callar sin que yo tenga que decírselo.

Tiene que tener carácter pero sin ser mandona. Que me plantee las cosas con dulzura, con tacto y que sepa hacerse respetar, pero que me respete primero.

Necesito que me admire, que no me exija ser otro porque así como soy ya me va bastante bien, ¿no?

Fundamental: que se mantenga en forma, claro, pero que coma pizza conmigo los domingos. Que jamás critique mi panza y que la suya se vea plana aunque haya parido.

Que entienda que no tengo tiempo para ayudar más en la casa pues bastante hago saliendo a ganarme mi pan. Y que no crea que lavar los platos es «ganarse su pan» porque si no estamos en mundos distintos.

Tiene que saber que la libertad está buenísima y la voy a apoyar en eso, pero que hay cosas que no se hacen. Como salir sola o con amigos varones. Para amigo me tiene a mí. Así que no me dé motivos para desconfiar, aunque yo pueda tener mis cositas, como todo hombre. Aunque me vaya, yo vuelvo siempre.

Que sea buena madre, tierna, paciente, disponible. Que no se queje del cansancio porque todas las madres han podido serlo sin chistar durante miles de años. Que no le pegue a los gurises pero que los eduque con firmeza y que me consulte antes de tomar decisiones aunque no me interesen.

Y que me haga sentir hombre. Esto es lo más importante. Porque si no me hacés sentir hombre, ¿para qué estás? Para eso mejor me quedo solo. O con otra que sí sepa su lugar.

¿Suena mucho? No es tanto. Al fin y al cabo, solo pido lo básico. Una mujer que me ame, pero sin molestar.


No sé cuándo dejé de desear. No hablo de apetitos ni de urgencias corporales, hablo de esa llama que brota cuando una se imagina siendo no para otro sino para sí.
Durante años creí que lo hacía por amor: amoldarme, dulcificarme, quitar los tonos ásperos de mi voz y los filos rudos de mi cara, reducir mi cuerpo a contornos apetecibles, deseables… Aprendí a ser mirada antes que ser, a intuir -como quien respira sin pensar- qué gesto era demasiado, qué palabra era impropia, qué silencio conveniente
La mirada masculina no me tocaba, me moldeaba, me definía. Tal como si fuese una estatua que debía parecer viva pero sin moverse, aprendí a ser una mujer bella, dispuesta, funcional.
Un objeto, sí, pero no cualquier objeto: un objeto obediente, una máquina que respondiera al deseo del otro con precisión quirúrgica, sin demoras, sin errores, sin preguntas. Y me volví eso.
El hombre no nos moldeó a su imagen y semejanza sino a su conveniencia. No quiso un reflejo, quiso una respuesta. No buscaba con quien compartirse, quería un cuenco donde volcar su forma sin alterarla. Y esa estructura fuimos nosotras: lisas, dóciles, listas, hechas para encajar.
No me lo exigieron con látigos ni encierros. Bastó la repetición, el premio de la aprobación, la tibieza de ser aceptada si me volvía adecuada, el amor condicionado. Bastó ese miedo a no ser vista más que como exceso, como problema, como amenaza.
Me vi deseada, sí, pero no como alguien que desea. Como alguien que responde. Su deseo era la pauta de mi existencia y  yo no era más que el espejo que debía devolverle su imagen amplificada, el instrumento de su potencia. En esa operación invisible, mi deseo fue siendo desplazado, desactivado, pospuesto hasta nuevo aviso.
Aún hoy me cuesta decir «quiero». Cada vez que lo intento algo se resiste, como si tuviera que pedir permiso para existir, como si mi querer siempre fuera demasiado, o inconveniente, o disruptivo.
Hoy me pregunto ¿qué ocurre con un ser que no puede desear sin ser juzgada por ello? ¿Qué lugar queda para la subjetividad cuando tu cuerpo ha sido entrenado para encarnar una fantasía ajena? ¿Quién soy yo si no puedo ser lo que el otro, lo que él, no ha imaginado?
El varón que me miraba nunca quiso que lo mirase. Nunca quiso que lo interpelara porque no deseaba ser deseado. Deseaba  ser admirado. Temía la reciprocidad del deseo, temía no estar a la altura y, para ello, necesitaba que yo fuese dócil, previsible, agradecida. Necesitaba que yo no quisiera otra cosa. Necesitaba que yo no quisiera. Que yo no deseara.
Así, sin saberlo, el deseo se volvió jaula. Una jaula con flores, con promesas, con ternura medida en dosis seguras pero jaula al fin. Una cárcel.
Hoy, desde las cenizas del yo que fui intento ensayar mi libertad. No es fácil desobedecer cuando se ha sido entrenada para complacer, no es fácil desear cuando el deseo propio fue diagnosticado como amenaza.
Pero hay algo en mí que late, aún, con la obstinación de lo que no ha muerto del todo, algo que quiere no pedir permiso: Yo.

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