
Bach no fue un músico. Fue el último gran arquitecto del cosmos, un demiurgo lúcido que no inventó los ladrillos pero sí la manera perfecta de ensamblarlos. No construyó con piedra ni con madera sino con formas, proporciones, simetrías y permutaciones puras. Tomó todo lo que la humanidad había puesto sobre la mesa -el cálculo de Leibniz, la gravedad de Newton, el ritmo del péndulo de Galileo- y lo transfiguró en sonido. Fue el constructor que habló con Dios en el idioma más preciso imaginable: la matemática convertida en emoción.
No creó ningún estilo, creó una topología con los doce sonidos disponibles. Los dobló, los retorció, los reflejó sobre sí mismos hasta hacerlos más grandes que el mismísimo tiempo. Allí, donde otros solamente veían notas, él veía engranajes y donde otros oían melodías, él percibía trayectorias orbitales. No dejó piedra sin usar, teorema sin traducir a fuga o partícula alguna sin trasmutarla a su contrapunto. Su música no fue un lenguaje, fue la posibilidad misma del lenguaje.
Sus dedos, ciegos de tinta, nos enseñaron a pensar. De hecho sus fugas, más que una forma musical, son una verdadera pedagogía del pensamiento. Sus invenciones, más que pequeños juegos melódicos, son una perfecta ética del orden. Y así nos enseñó a razonar con oídos, a escribir sin palabras, a decir lo que pensamos, pero sin decirlo.
No perteneció a su época. Fue anterior y posterior a todos. Anticipó a Einstein en su relatividad del ritmo, a Gödel en la autorreferencia sublime del canon y a Hawking en la gravedad de lo gigantescamente invisible. Preparó la luz para que pudiésemos leer a Rembrandt en la sombra y para que comprendiésemos que la oscuridad también es estructura. Construyó la arquitectura que que le permitió a la pintura tener profundidad, a la palabra tono y al pensamiento forma.
Nos mostró cómo habitar un mundo donde el alma no envejece, un cosmos donde el orden no es opresión sino consuelo y un universo que se sostiene con precisión sobre doce notas que jamás fueron pocas. Porque en sus manos las notas no eran notas, eran galaxias.
Después de su paso, el abismo perdió el silencio. Su música fue una prueba implacable de que el universo tiene estructura, incluso cuando todo parece desmoronarse. En cada una de sus obras late una intención tan exacta, tan minuciosa, que ya no es posible sostener que nada importa. Hay, en su arte, una afirmación feroz de la coherencia, algo encaja, algo responde, algo escucha. Y aunque el mundo sea injusto, efímero o cruel, basta con una sola de sus fugas para entender que existe una lógica más profunda que la desesperanza y una armonía que no se deja corromper por el vacío.
Bach fue capaz de ordenar el caos, mostrándonos que el caos no es absoluto.
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