S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Hay algo sagrado en el trayecto.

Desde el instante en que cierro la puerta de casa y la llave suena con una nota breve, metálica, definitiva, ya no soy quien habita entre bosques de pinos y calles serpentantes sin pavimentar que esconden y desesconden a la Luna. Porque no bien me siento en la moto y siento el estuche del violín bien ajustado en mi espalda, paso a ser un cuerpo en tránsito, un vector de precisión que se lanza hacia su centro: el teatro.

Amo El pinar. La ciudad no me gusta, me sobra. Por eso diseño el camino, tal vez, con obsesión quirúrgica. No quiero el caos, los frenazos, los bocinazos, los semáforos arbitrarios ni los peatones desorientados. Por eso elijo la rambla, esa línea donde el mar y la ciudad apenas se rozan, donde solo veo media ciudad.

Porque a mi izquierda estará el agua, inabarcable, gris, marrón o azul según el día, pero siempre respirando en su idioma de espuma. A mi derecha irán los autos que intento esquivar sin odiar, en una coreografía secreta que bailo solo.

No se trata de llegar rápido sino de llegar justo. El tiempo no es un enemigo ni un aliado, está escrito en una partitura que se ejecuta con minutos, segundos y gestos. Cada uno de los relojes que la Intendencia puso en el camino es una indicación, una clave luminosa que me confirma si la ejecución va como debe.

Sé exactamente qué hora debe marcar cada uno. Si paso frente al Hotel Carrasco, al de Avenida Brasil o al del Parque Rodó y me dicen lo que espero leer, siento una paz inmediata, una tregua interna. Pero si no lo hacen, todo mi cuerpo se reprograma, calculo márgenes, acelero, mido riesgos. Espero que no haya controles policiales, accidentes u ómnibus lentos. Pero no porque tema llegar tarde sino porque odio la disonancia en mis rutinas. Cada desvío es violencia.

El ronroneo de la moto es el metrónomo de esta sinfonía invisible. En mi cabeza no hay música pero hay tensión, tensión cómoda. No pienso, solo transito.

La espalda siente el estuche del violín como si fuera un ala dormida. Me gusta ir solo, que nadie me acompañe, porque nadie debería presenciar esta transformación. Este no soy el yo que están acostumbrados a ver. Este yo es el yo que me lleva.

Y al final, cuando veo el teatro, con sus explanadas, sus escalinatas y esas puertas, a las que conozco mejor que a muchas personas, algo en mí se reacomoda. He llegado. La primera parte de la obra está cumplida.

Ya dejé la moto. Ya me quité el casco y dejé atras mi burbuja de viento, de vibración, dejé la ruta trazada por mí y camino ahora dentro del edificio. Y, mientras camino, saludo.

Conserjes, técnicos, limpiadoras. Los veo. Siempre los veo. No son parte del decorado como lo son para tantos. Son personas que existen entre bastidores y pasillos, guardianes silenciosos de un mundo que se arma y desarma cada noche. Les sonrío, a veces les digo una palabra, a veces nada. Me caen bien, me siento cómodo con sus presencias, pero no me les acerco del todo. No por desprecio sino porque no sé cómo. Nunca sé. Hay una barrera invisible, hecha de códigos sociales y señales confusas que jamás aprendí a leer, mucho menos a escribir.

Salí de mi zona de confort. Ya no soy el que era sobre dos ruedas, con el mar a un costado, ahora soy alguien que debe habitar lo colectivo y desconozco cómo hacerlo sin desgastarme.

Entro por el subsuelo, por el piso menos dos. Siempre me intrigó esa nomenclatura: ¿por qué el escenario está en el piso cero? ¿Cero respecto a qué? ¿Respecto a qué fantasmal punto de origen se mide esta arquitectura? Jamás lo supe y siempre me importó saberlo, pero es una de esas preguntas que el mundo ve como tontas y no responde. Solo sé que debo subir al Nivel Cero.

No lo hago por la escalera ni por el ascensor que usan los demás, pues hay otro. Pequeño, más oculto, como si el teatro mismo quisiera concederme un pasadizo secreto. Lo descubrí un día que me encontré buscando salidas alternativas. Desde entonces es mío. Me obliga a caminar unos metros más, sí, a tomar un desvío. Pero ese pequeño costo me permite algo invaluable: unos segundos más de soledad.

Entro al ascensor escondido, aprieto el botón casi sin mirar y espero en silencio. El aire allí tiene un olor indefinido, mezcla de metal limpio, polvo viejo y goma caliente. Me tranquiliza. En ese espacio mínimo todavía soy quien fui en la moto, todavía hay margen para no estar del todo en el mundo.

Llego al piso cero. Las puertas se abren y lo primero que me recibe no es música, ni aplausos, ni belleza sino luces frías, paredes mudas, monitores apagados que transmiten silencio, puertas negras con picaportes metálicos. Parece un hospital. Y lo es, a su modo. Un hospital del alma, del cuerpo, del arte. Un lugar donde cada noche alguien se desangra, alguien sana, alguien finge estar bien. Y yo, que no finjo, me acomodo entre los que sí.

Dos puertas de seguridad me separan del corazón latente del teatro, dos cortafuegos. Pero lo que se abre tras ellas no es un escenario, al menos no el que el público conoce. No es ese plano frontal de luces, bambalinas y aplausos. Lo que se abre ante mí es su reverso, un escenario invertido, un guante dado vuelta, una cavidad oscura donde habita el engranaje desnudo del espectáculo.

Aquí no hay ornamentos. Hay función, cables, sogas, contrapesos. Herramientas en mesas rodantes, gente que se comunica sin mirarse, con tablets, walkie talkies, auriculares encajados como prótesis. Todo está en su lugar por un motivo que no se explica pero que es vital.

Es como abordar un submarino inmenso, ciego y ordenado que necesita que cada botón cumpla su tarea para que el casco no se resquebraje.

Es un lugar peligroso. No se dice, pero se sabe. Un paso en falso puede cortar una escena, una función, una vida. No es zona de confort y no lo será nunca. Sin embargo, mis colegas lo invaden. Instalan sillas, piden más luces, reclaman espacio. Quieren convertirlo en una sala anexa, una antesala del arte. No lo ven como lo que es, la zona de trabajo más riesgosa de todo el edificio. Quieren hablar. Quieren verse. Quieren estar cómodos. No entienden que aquí no se viene a eso.

A mí, en cambio, me atrae. No por temerario, sino por algo muchísimo más sutil: en esta penumbra todos somos iguales. Aquí, donde no nos vemos bien, donde no podemos hablarnos si no es entre susurros o con malentendidos, donde el suelo no es confiable y la luz no es aliada, los hábiles pierden su ventaja. Nadie brilla en la oscuridad y eso, de alguna forma, me serena. Aquí no necesito fingir adaptación, no necesito traducirme. En la oscuridad, cada quien se cuida a sí mismo y eso, aunque no lo digan, es lo más honesto que podemos hacer.

Antes de entrar en escena, debo vestirme.
Pero no se trata simplemente de ponerme ropa. Debo quitarme el disfraz, mi disfraz, el de quien vino en moto, el de quien esquivó autos y ómnibus, saludó en pasillos y caminó entre cables como un equilibrista, para colocarme otro. Debo calzarme un traje, un uniforme, una máscara sin rostro. Debo vestirme de músico.

Las luces frías me esperan como cada noche, constantes, verticales, quirúrgicas.
El camarín no es un refugio. Es un taller de precisión. Allí, los espejos rodeados de pequeñas bombillas fingen glamour pero, en realidad, reflejan otra cosa. Nos muestran cuerpos en construcción entre varales, perchas, camisas colgadas como pieles limpias. Aquí, cada quien se ensambla como puede, algunos a las risas, otros al apuro. Yo, en cambio, me construyo en silencio.

Nadie lo notará, soy consciente de ello. Sin embargo, me exijo el brillo de los zapatos, que las medias estén íntegras, sin hilos sueltos, que el cinturón y el reloj hablen el mismo idioma, cuero con cuero, metal con metal. Que las hebillas no griten, que los lentes no contradigan, que el nudo de la corbata sea un triángulo isósceles, perfecto. Que no haya nada chirriante, nada azaroso. No por vanidad sino por armonía interna. Porque mi exterior debe estar en consonancia con algo que sólo yo escucho.

Me detengo un instante frente al espejo y dudo. ¿Recojo mi pelo o lo dejo caer? El pelo dice cosas, no es neutro. Los botones están abrochados, pero vuelvo a mirarlos. Los puños están derechos, pero vuelvo a tocarlos. No hablo. No busco charla.

Hay otros alrededor, pero no los escucho.
No es aislamiento, es ceremonia, es un rito íntimo de afirmación, un acto silencioso de autoconstrucción. Frente al espejo no ensayo una imagen para el público. Allí constato que soy.

Ahora la espera. No hay apuro, no hay retraso, solo espera. Quien nos dará la orden de ingresar no manda, no ordena. Tampoco guía. Apenas es otro engranaje de este gigante reloj de precisión, alguien que también recibe una señal, una orden, una luz verde desde un punto que nunca vemos. Y nos dice que ya es tiempo.

No lo anuncia con pompa ni con autoridad.
Simplemente lo nombra: «Vayan entrando». Y eso basta. Cruzamos entonces el umbral que separa lo invisible de lo visible. El escenario deja de ser un campo minado de cables y una trastienda industrial para transformarse en un mundo nuevo, exacto, pulido. El submarino ha emergido.

Flotamos ahora en un yate decorado, en un salón tallado en oro y madera, rodeado por una herradura humana que espera en silencio. Pero no nos esperan a nosotros, esperan a través de nosotros. Nos desean solo en tanto que médiums, intérpretes de otra cosa. El interés no está en nuestras manos ni en nuestros rostros, ni siquiera en nuestras historias, lo que vinieron a escuchar ya fue escrito y nosotros solo lo encarnamos. Apenas lo revivimos, como sacerdotes sin nombre, como piezas intercambiables que garantizan el rito.

En mi atril, la partitura espera como un pacto. El arco tiene resina, está dispuesto, preparado para. morder la cuerda. La luz baña lo esencial y deja en sombra todo lo demás.

Entra el director, da unas indicaciones breves, casi murmuradas, imperceptibles. Los instrumentos emiten pequeños sonidos, ajustes, preguntas, ecos sin respuesta, todo se calibra, todo se alinea, un guiño invisible confirma que ya todo está dispuesto. Y entonces, un gesto. Uno solo, mínimo, seco, preciso. Uno es suficiente. La música comienza.

En ese instante exacto, cuando la primera nota se expande por el aire como una palabra antigua, dejo de ser yo, dejo de ser una persona, dejo de ser un músico.

Soy un dominó en la fila.

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