S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Su Señoría, honorables miembros del jurado, sí, soy culpable. A los ojos del sistema que me juzga, soy culpable, desde antes siquiera de saber pronunciar mi nombre.

Soy culpable porque nací mujer en un mundo hecho por hombres, culpable por no conformarme con el lugar que se me asignó antes de que pudiera elegir, culpable por pensar, por esperar, por resistir.

Se me acusa de rebelión, sí, pero pregunto ¿qué nombre le dan ustedes a la obstinación de no doblegarme? ¿Es rebelión defender mi cuerpo mientras otros, los pretendientes, lo saquean? ¿Es rebelión rechazar el papel de premio que se sortea entre espadas y cervezas? ¿Es rebelión callar mis deseos para no ser lapidada por decirlos?

Me acusan porque destejí un telar. Sí, tejí planes cada día porque aún en el silencio fui amenaza, y cada noche los deshice, porque debí ocultar hasta mi esperanza.

Pero no fue por cobardía. Fue porque también aprendí a esperar mi momento, aprendí que no todos los combates se libran con lanzas, que algunas batallas se ganan a hilo y a aguja y que algunas derrotas se postergan con ingenio más que violencia.

Soy culpable, dicen, de ver cómo mi esposo se marchó hacia una guerra que no era suya, detrás de otra mujer robada por hombres y, en el camino, buscó otras camas, otros cuerpos, otras historias. Y de seguir aquí, intacta, mientras su ausencia se alarga como una condena sin juicio.

Soy culpable de ser madre de un hijo que aprendió muy pronto que los hombres deben marcharse y que las mujeres deben quedarse a sostener lo que ellos abandonan.

Soy culpable de saber que la única forma de desalojar a los hombres que invaden mi hogar es que regrese otro hombre, esa es mi verdadera cárcel. No estas paredes, no este tribunal, mi prisión es la estructura que hace del hombre un héroe y de la mujer un trofeo, del viajero un mito y de la que espera apenas una nota al pie.

Me tildan soberbia por no elegir entre los pretendientes pero no vine a ser elegida, vine a ser escuchada. Y aun aquí, ante ustedes, todo cuanto diga será interpretado como desafío. Porque en este tribunal, en este mundo, cuando una mujer habla ya está cometiendo un crimen.

No fui criada para reinar, fui criada para acompañar, pero goberné. Con hilo, con astucia, con dignidad. Y eso, Su Señoría, eso es algo que no me perdonan.

Soy culpable de desear. Y ese deseo, tan humano como el de cualquiera aquí presente, es más peligroso para el orden establecido que cualquier espada desenvainada.

Condénenme, porque ya estoy condenada, pero no olviden que cada vez que una mujer resiste sin ser escuchada, la historia se tiñe de silencio. Y ese silencio, tarde o temprano, también se vuelve rebelión.

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