S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

¡Oh! pan, nacido del fuego y la espera, del grano que muere para multiplicarse, del agua que abraza, de la levadura que alienta lo invisible, milagro cotidiano y altar de la ternura.

En tus costras doradas se esconde el sol del mediodía, en tu miga la espuma del mundo, el suspiro del trigo triturado, la caricia tibia de las manos que amasan con la fe de quien cree que el hambre puede ser derrotada.

Tú, pan, que has cruzado imperios y aldeas, que has nutrido a reyes en platos de oro y a presos en soledades sin ventanas, que has sostenido al soldado herido y al niño descalzo, has sido último recurso, última moneda y última esperanza.

En ti se conjuga la vida, la semilla que cayó en la tierra, la lluvia que no faltó, el molino que giró con viento, el horno que ardió con ramas. Eres alianza con lo vivo, memoria del cuerpo y registro del alma.

Tu textura, un tratado de las formas del deseo, cruje cual abrazo que se rompe al llegar y se deshace como secreto que se grita sin querer.

Hermano de la manteca, del queso y del ajo, cómplice de la sopa y del vino, cofre de los sabores del mundo, eres rito, paz y canto, primera entrega del amor y consuelo último del moribundo, pan partido, compartido, pan llorado y pan reído.

Tan único eres y tan colmado de humanidad que el hijo de un dios, para ser recordado, no eligió espada ni trueno sino a ti. Y te tomó entre sus manos y dijo «Esto es mi cuerpo», y al multiplicarte entre la gente hambrienta selló así su divina promesa de eternidad.

Desde entonces más qué alimentas,
santificas, ¡Oh! pan, noble en tu humildad, más vasto que cualquier banquete. Te alzas como estandarte de lo humano, hecho de tierra, sudor y milagro. Promesa de lo posible, hogar donde no hay casa, abrazo donde no hay abrigo y esperanza donde ya no hay palabras.

Aun así no presumes. Solo estás como un dios antiguo que no pide templo sino boca. Por eso y más te celebro, pan celestial, por humilde y por vasto, por hablar los idiomas y calmar las hambres todas. Tú, que no temes repetirte porque cada día eres distinto, porque cada día nos vuelves a lo más esencial.

¡Oh! Pan, fundamento del mundo, ante ti me rindo.

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