S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Sobre la ilusión geométrica del control

Los dados, hexaédricos oráculos de los lógicos, se ofrecen a nuestra mirada no como objetos triviales sino como testimonio rotundo del extravío de la razón cuando ésta se obstina en transformar el caos en sistema. Porque no es azar lo que se celebra tras el lanzamiento sino el simulacro del dominio: una coreografía milimétrica donde el sujeto cree decidir, a través del impulso inicial, lo que no podría sino escapársele desde antes del contacto. Los dados caen, giran, se detienen, y el rostro visible de cada uno de ellos es interpretado como fruto del gesto, como producto del cálculo, como victoria o condena del brazo que los arrojó.

Pero es precisamente allí donde se revela la paradoja. Los dados no son un símbolo del azar sino del deseo de no dejar lugar al azar. Su existencia presume una forma cerrada, una combinatoria exhaustiva, una finitud de posibilidades. Seis rostros, y sólo seis, para cada uno, donde la naturaleza clausurada de su diseño es, precisamente, su mayor mentira. Porque allí donde el infinito nos resulta insoportable, cada dado propone un universo minúsculo en el que el ser humano puede proyectar su necesidad de certeza. Así, cada superficie numérica no nombra la contingencia sino que, muy por el contrario, la niega.

El acto de lanzar dados, repetido hasta el absurdo en casi toda cultura que haya intuido la fragilidad del sentido, no expresa una entrega a la fortuna sino una teatralización dramática de la voluntad. De hecho, no se juega para someterse al azar sino para domesticarlo. El jugador no invoca al destino, lo fuerza a manifestarse dentro de los márgenes de una regla, de una probabilidad, de una lógica pretendidamente neutral. Es la estética de lo indeterminado encorsetada en la arquitectura del control. Así, el dado no es emblema de la incertidumbre sino el ídolo geométrico de la ilusión de autonomía.

¿Y no es acaso esta misma estructura -cerrada, numérica, domesticada- la que utilizamos para concebir nuestras vidas? Cada decisión, cada cálculo, cada expectativa puesta sobre la línea del tiempo no es sino otro lanzamiento, enmascarado bajo las ropas del libre albedrío. Elegimos, proyectamos, prevemos, tal como si todo lo que somos no estuviese ya lanzado, como si la voluntad fuese suficiente para dictar el rostro final que mostrará el dado de nuestra historia. Pero, sépase, no hay borde lo bastante filoso que detenga el vértigo de cada cubo en su caída.

Sépase también que este texto, en su brevedad y densidad, no aspira a nada más allá de lo enunciado. No desea salvar al mundo ni descifrar sus mecanismos, ni siquiera oponer resistencia a la falsedad pasmosa que denuncia. No ofrece un camino, un diagnóstico o un consuelo. Su único propósito es que quien lo lea, en esta tirada textual sin garantía de éxito, pase un buen rato pensando en cosas interesantes sobre los dados. Y si así fue, entonces, ha tenido suerte.

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