
anatomía simbólica de una discordia cotidiana
Hay ciertos objetos cotidianos que, por su banalidad, pasan desapercibidos… pero solo hasta que dejan de hacerlo. La tapa del inodoro es uno de ellos. No suele ocupar titulares, ni debates parlamentarios, ni mesas redondas académicas (aunque bien podría). Sin embargo, basta convivir con alguien por un tiempo para que este objeto funcional, inofensivo y repetitivo se cargue de una tensión inesperada. ¿Debe dejarse levantada o abajo? ¿Quién la mueve? ¿y por qué? ¿Es un gesto de indiferencia o una forma de imposición? ¿Por qué, incluso entre personas razonables, puede convertirse en un motivo de discusión?
Podría parecer un asunto menor pero, sin embargo, en su misma pequeñez radica lo revelador. Lo que está en juego no es la tapa -es decir, no SOLO la tapa- sino lo que representa. La tapa del inodoro es un símbolo y, como todo símbolo, actúa en un plano invisible, pero con consecuencias muy tangibles: el malestar, la incomodidad, el resentimiento mudo, la sensación de estar asumiendo siempre una carga más, aunque sea pequeña, aunque sea ínfima. Lo doméstico, en su aparente neutralidad, es uno de los territorios más fértiles para que las relaciones de poder se naturalicen sin alzar la voz.
Desde una lógica puramente instrumental, levantar o bajar una tapa no implica gran cosa. Cada quien la acomoda según sus necesidades y listo. Así lo plantean quienes abordan el asunto desde el pragmatismo funcionalista, como encender una luz o cerrar una puerta. Pero el problema aparece cuando esa acción, supuestamente neutra, se repite siempre en la misma dirección, a favor de una parte y en detrimento de otra. Es allí donde lo que parecía un simple hábito deviene signo de desigualdad persistente.
Muchas mujeres -y también personas que ocupan históricamente posiciones subalternas dentro del ámbito doméstico- reconocen en esa tapa levantada un patrón conocido: la distribución asimétrica de las tareas de cuidado. Porque el cuidado no es solo cocinar o limpiar. Es también anticiparse a las necesidades del otro, hacerse cargo del después, reparar los detalles que los demás pasan por alto. Y en ese marco, dejar la tapa levantada no es solo un descuido, es un mensaje. Tal vez no intencionado, pero sí elocuente. Dice: «yo me sirvo, que el resto se acomode».
La pregunta entonces no es quién debe bajarla, sino quién se ve obligado a hacerlo sistemáticamente. Si siempre recae en la misma persona -como tantas otras tareas pequeñas, pero constantes- el problema no es la tapa, sino la estructura que sostiene esa repetición. Porque esas pequeñas asimetrías diarias no son anecdóticas: son la base de un desequilibrio mayor. Una forma solapada de poder que se ejerce sin necesidad de palabras.
Es ahí donde se vuelve útil pensar la tapa del inodoro no como objeto sino como umbral simbólico. Es, en cierta forma, una prueba diaria de convivencia: cómo nos relacionamos con el espacio común, cuánto reconocemos al otro en nuestras acciones automáticas, en qué medida nuestros gestos tienen en cuenta que no vivimos en soledad. En ese sentido, bajarla puede entenderse como un pequeño acto de empatía, una forma de decir «te pensé, incluso en esto». Puede no parecer mucho, pero en un mundo saturado de egocentrismo y automatismo, ese gesto mínimo es ya una forma de resistencia.
Lo fascinante del asunto es que este tipo de discusiones revelan que los grandes sistemas de poder -el patriarcado, la desigualdad, la opresión estructural- no viven solo en las leyes o en los discursos públicos. Habitan también en los baños, en las cocinas, en los turnos de limpieza, en los silencios acumulados. Y que para desmontarlos no siempre hace falta una revolución. A veces basta con observar con atención dónde y cómo se abren las grietas. Porque, como todo símbolo, la tapa del inodoro no se impone: se interpreta. Y en esa interpretación se juega mucho más que una preferencia estética o un hábito higiénico. Se juega la posibilidad de imaginar una convivencia más justa, menos centrada en la comodidad del yo y más atenta a la presencia del otro.
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