
…o cuando las dinámicas de las relaciones siguen patrones geométricos.
Desde hace mucho tiempo llevo, sin variación, una pequeña zirconia incrustada en la aleta izquierda de mi nariz. Una de esas decisiones estéticas que terminan integrándose tanto al rostro que ya no se distingue si son un adorno o una parte constitutiva del ser. El brillo es mínimo pero obstinado. No busca llamar la atención. Está ahí como una verdad modesta, persistente y suficiente.
Días atrás, un compañero de trabajo a quien aprecio mucho, alguien con quien comparto espacios que no necesitan cafés, silencios de pasillo y hasta alguna que otra conspiración menor contra la dinámica laboral preestablecida, me miró con extrañeza y preguntó si el piercing era nuevo.
Nuevo.
No -le dije-, lleva eones conmigo. Muchos.
Su asombro fue genuino. Como si de pronto descubriera la existencia de una luna que siempre estuvo en el cielo pero nunca se había detenido a mirar y el brillo lo hubiera elegido, justo ese día, para revelarse.
Automáticamente me puse a pensar. O mejor dicho, me puse a explicar -como suele suceder cuando el mundo me interpela con sorpresas que, desde mi perspectiva, no deberían serlo-. Le dije que probablemente se debía a que él siempre se sienta a mi derecha y que, desde ese ángulo, el piercing no existe, queda del otro lado del rostro, más allá del horizonte de lo visible, escondido por una geometría social no pactada pero constante.
Hasta allí llegó la anécdota. Pero yo no. Yo me quedé dándole vueltas a la idea. Porque si hay algo que hacemos con facilidad quienes vivimos con cerebros no del todo alineados con los protocolos dominantes de la percepción, es detectar patrones. Y lo que surgió de todo esto no fue una inocente observación sobre la visibilidad de los adornos faciales sino sobre la arquitectura de los vínculos que construimos en nuestra cotidianeidad, sobre las partes de nosotros que quedan del lado ciego del otro. Pero no por ocultamiento, por geometría.
Las personas no nos relacionamos en el vacío. Lo hacemos desde posiciones, desde ángulos que, aunque parezcan fortuitos, terminan determinando lo que se ve y lo que se presupone. Hay quienes nos miran siempre desde la derecha y por más que brillemos del lado izquierdo, nunca podrán saberlo. Y hay vínculos enteros construidos desde ese ángulo ciego.
Para el universo típico, esto suele pasar desapercibido porque sencillamente no tiene importancia, tal como si el campo de visión abarcase de manera automática todo lo esencial. Pero para quienes crecimos calibrando constantemente nuestras formas de estar en el mundo, interpretando señales contradictorias, buscando pistas en lo no dicho y en lo que apenas se insinúa, este fenómeno no es casualidad. Es estructura, es patrón, es forma. Y no solo forma física: también es simbólica.
Hay quienes siempre nos escuchan desde la urgencia y nunca desde la calma. Quienes nos leen desde el juicio y no desde el intento. Quienes solo se sientan a nuestra derecha, literal y metafóricamente. Y entonces el brillo -nuestro pequeño brillo obstinado- permanece invisible aunque lleve ahí más tiempo del registrable.
La relación no lo verá. No por maldad ni por desinterés sino porque la topografía del vínculo lo ubica fuera del campo de visión.
Uno podría, por supuesto, girar el rostro o cambiar de silla pero hacerlo significa interrumpir el ritmo tácito del intercambio, desafiar la comodidad ajena, poner en evidencia que el mapa desde donde el otro nos observa es incompleto. Y eso puede ser muchísimo más costoso que seguir brillando en silencio desde el lado oculto. Por eso, cada tanto, cuando alguien nota algo que siempre estuvo ahí, no sé si alegrarme por la revelación o preocuparme por lo que sigue sin ser visto.
Mientras tanto, el piercing sigue en mi nariz. No para ser notado sino para recordarme que la visibilidad no siempre depende del deseo de mostrarme ni de la voluntad del otro de ver, sino del ángulo desde el cual cada quién elige mirar. Y que eso, aunque parezca anecdótico, puede definir nuestras cartografías afectivas.
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