
Palabras vacías, violencias llenas
La misoginia no siempre grita. La mayor parte de las veces se disfraza de consejo, de motivación, de tradición. Como en el caso reciente de Javier «Chicharito» Hernández, donde pudimos ver cómo se cuela en discursos aparentemente inofensivos sobre «energía masculina» , «liderazgo masculino» o «el lugar natural de la mujer en el hogar».
No es algo nuevo ni nos sorprende: la violencia más peligrosa es aquella que logra vestirse de sentido común, de naturalización. Y eso es, precisamente, lo que vuelve urgente desenmascararla.
Chicharito, un ídolo futbolístico mexicano, hizo declaraciones en redes sociales que no pueden tildarse de «polémicas» o «controversiales» sin que esa suavización sea, a su vez, cómplice. De hecho, fueron comentarios profundamente misóginos. Al afirmar que «las mujeres están fracasando» y que deberían «dejarse liderar» por hombres, reproduce una lógica de poder que no solamente subordina sino que también legitima la desigualdad. En efecto, el suyo es un pensamiento que no nace en el vacío ni se reduce a una simple opinión personal. Es mucho más. Es un síntoma.
El síntoma de un sistema
Si no el que más, México es uno de los países con mayores índices de violencia sexual en América Latina. Cada día cientos de mujeres son víctimas de abuso, violación o feminicidio, y no es casual. Esas cifras no son errores del sistema sino expresiones sistemáticas de una cultura que naturaliza la desigualdad, glorifica la dominación masculina e infantiliza y subordina a las mujeres.
Las ideas de Chicharito, y toda otra idea similar, no son anecdóticas. Forman parte del entramado simbólico que sostiene esa violencia. Decir que «las mujeres deben encarnar su energía femenina» no es simplemente una opinión romántica, es un mandato de género que limita, define y que encierra. Es el mismo tipo de pensamiento que ubica en la víctima la causa del crimen al señalar que una mujer que no se «deja guiar» es la responsable y provoca el caos social.
La falsa autenticidad
Quienes emiten este tipo de discursos suelen refugiarse en la idea de que «son así», que «están siendo sinceros», que «no tienen miedo de decir lo que piensan». Pero la sinceridad no es una virtud intrínseca y es fácil verlo cuando lo que se expresa atenta contra la dignidad de otras personas. Ser fiel a una forma de pensar violenta, ser sincero, no es honestidad sino obstinación peligrosa. Y la autenticidad jamás justifica el daño.
Más aún, esa supuesta «forma de ser» que se asume como identidad masculina natural y firme es, en realidad, una construcción frágil, defensiva, basada en el miedo a perder poder. Porque cuando un hombre dice que se siente atacado por el avance de los derechos de las mujeres, no está describiendo una realidad sino revelando una culpa mal elaborada, está explicitando el miedo de quien intuye, aunque no lo confiese, que su lugar fue siempre privilegiado.
El eco de lo irrelevante
Después del escándalo llegó, obviamente, la disculpa. Un comunicado prolijo, redactado al estilo de gacetilla de prensa, palabras suaves, bien medidas, pidiendo perdón por haber «causado molestias» y prometiendo «reflexionar». Pero aquí radica otro punto clave: pedir disculpas no es lo mismo que reparar. El perdón sin acción es tan vacío como violento el discurso original.
En un país donde las mujeres no reciben justicia, ¿de qué sirve que un hombre poderoso diga que «lamenta lo dicho» si no pone su influencia al servicio de una causa justa? ¿De qué sirve hablar de «mejorar como padre y como hombre» si no se reconoce que el primer paso para hacerlo es desmontar públicamente el sistema que uno mismo sostuvo?
No basta con callarse
Porque el problema no es que Chicharito haya hablado, el problema es que lo que dijo ya se había dicho miles de veces antes, en millones de casas, escuelas, iglesias y estadios, el problema es que hay niños y adolescentes que lo tienen como modelo y que, al escucharlo, creen que ese modo de ser hombre -dominante, superior, paternalista- es el correcto Y es urgente mostrar que no lo es.
El silencio no basta, entonces, como castigo. Tampoco la sanción económica. La transformación real llega cuando se pasa del enunciado a la práctica, cuando las figuras públicas se comprometen, pero no con campañas de marketing sino con procesos reales de desaprendizaje, con escuchas activas a los movimientos de mujeres, con apoyo material e institucional a las causas que luchan contra la violencia de género. No es solo cuestión de «educarse», es dejarse incomodar, cuestionar y deconstruir.
Un espejo
Porque este no fue un caso excepcional, es un espejo en el que muchos hombres vemos reflejadas nuestras ideas, dichas quizás con más cuidado pero no menos peligrosas. Y es en ese reflejo donde debe producirse el corte.
Porque desmontar la misoginia no es solo defender a las mujeres, es liberarse de una forma de esa masculinidad que también oprime a los propios hombres, que nos obliga a liderar, a no dudar, a no llorar, a dominar o desaparecer. Y esa libertad no llega pidiendo disculpas. Llega asumiendo nuestras responsabilidades.
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