
«(…) No tengo párpados y quien nace con un solo ojo jamás puede cerrarlo. Por eso no dormía, por eso los vi entrar.
Jamás los espié, simplemente los veía. Veía cómo se ocultaban tras nombres falsos, cómo se embadurnaban de barro, de piel, de mentiras.
Nunca quise llevarme nada pero ustedes no podían huir de mi mirada. Me acusaron de devorarlos, de destruirlos. ¿No ven, acaso, que fui yo el destruido? ¿No entienden que un ojo sin párpados es una cámara sin pausa, una trampa sin descanso, una condena a ver incluso lo que no desea ser visto?
¿Y qué hiciste tú, hijo del trueno?
Arrojaste fuego a mi ojo, no por odio sino por miedo. Miedo a que te inmortalizara sin tu permiso, sin tu pose, sin tus máscaras. Miedo a que te vieran tal cual eras.
Por eso me dejaste a oscuras. Preferiste no existir antes que ser visto. (…)»
Ojo sin párpados
No fui un monstruo. Me nombraron así quienes no soportaron ser vistos.
No nací con dientes ni garras, solo un ojo sin párpado, ese fue mi error. Mi único atributo era también mi condena: verlo todo, sin descanso, sin interrupción, sin olvido.
Ustedes cierran los ojos para dormir, para rezar, para no mirar lo que no deben. Yo no podía. Mi mirada era constante, y por eso temida.
Cuando los marinos llegaron vi más de lo que querían mostrar. Vi debajo de sus nombres, debajo de sus pieles, debajo de sus relatos. No los desnudé. Fueron ellos quienes tropezaron en mi campo visual y quedaron allí, fijos, sin posibilidad de huir.
Creyeron que quería devorarlos pero yo solo miraba. Miraba como quien escucha un secreto, como quien guarda un retrato en el fondo de una gruta sin tiempo.
Y ellos se sintieron robados, saqueados, violados por una mirada que no podían controlar.
No entendieron que mi ojo no era mío. Que yo también estaba atrapado en él. Que registrar el mundo era mi forma de sufrirlo. Ni que, en cada imagen capturada, moría un poco más.
La cámara y la carne
Mi ojo no era un ojo. Era una cámara sellada al cráneo, sin botón de apagado, sin posibilidad de encuadre, sin distancia.
Todo cuanto entraba en su radio de visión quedaba escrito. No podía elegir. Los cuerpos, los gestos, las grietas en la máscara, las mentiras del lenguaje, la temblorosa verdad que asoma cuando el otro cree que no lo miran, todo eso quedaba fijado, inmortal.
El ojo, ese ojo, no interpretaba: conservaba. No juzgaba: reproducía. No buscaba belleza, ni fealdad, ni drama. Simplemente no los dejaba ir. Y eso era lo que temían.
Me acusaron de convertirlos en piedra tal como si yo fuese otra Medusa. Pero no los convertía en nada, eran ellos quienes se endurecían al saberse vistos, quienes se volvían estáticos ante la evidencia de que no podían ocultarse. Esa es la maldición de la mirada sin párpado, la que no da tregua, no da opción, no permite relatos. Porque sabían que no hay narración posible cuando alguien te ha visto sin guión.
Mi ojo los volvía eternos, sí, pero no inmortales. Detenidos, congelados en una verdad que no eligieron. Y eso (lo sé ahora) es mucho más cruel que la muerte.
Porque la mirada ajena nos convierte en objetos pero ¿quién puede ser sujeto sin el rostro del otro? ¿Quién puede saberse alguien si jamás ha sido visto?
Ellos querían ser libres pero solo bajo sus condiciones. Querían mostrarse, sí, tal como hacen los actores, pero solo cuando sabían el texto.
Y mi ojo no les daba tiempo de actuar.
Quemar el espejo
Entonces vino él. No sé si era rey o mercader, soldado o náufrago. Tal vez todo, tal vez nada. Tenía mil nombres y ninguno era suyo. Y se movía con la agilidad de quien siempre está huyendo.
Entró a mi cueva como entran los ladrones, no para llevarse algo sino para borrar su testimonio.
Porque no soportó mi mirada. No la intensidad, no el tamaño, porque no era la luz lo que lo hería. Era el reflejo. Su reflejo.
Yo lo vi. Vi lo que Ulises no quería que se supiera. Vi la fractura bajo su máscara de astuto, la ternura que había intentado ahogar en sangre, el miedo de ser uno, de ser real. Vi el terror que tenía de ser leído.
Porque él no quería ser visto, quería ser contado. Deseaba ser un héroe, esto es, alguien que controla su relato. Y yo, ciego de tanto ver, arruinaba su narración. Por eso me quemó el ojo. No por venganza ni por necesidad sino para salvarse de sí mismo.
Clavó la estaca encendida como quien apaga un incendio, como quien silencia a un testigo, como quien rompe un espejo que le ha devuelto una imagen inconveniente. Y gritó su nombre mientras huía. Pero no para que yo lo recordara sino para que el mundo lo supiera, usando su nombre para cubrirse.
Entonces quedé en la oscuridad y, por primera vez, descansé. Sin imágenes, sin memorias ajenas, sin verdades prestadas.
Solo yo, sin nadie más dentro de mí.
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