S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Cuatro textos breves sobre naufragios íntimos y rutas no heroicas

1) Decir sin romperse: una gramática del sentimiento contenido

«Aun sabiendo que el mar lo arrastraría, eligió no caminar por el puente,
convencido de que la verdad no se cruza, se navega…»

Tengo facilidad para la palabra escrita, sí. Pero muchas veces siento que esa facilidad no es un don sino algo que construí a modo de escudo para evitar el tropiezo, el desborde. Porque escribo como alguien que camina con cuidado sobre una cornisa gramatical, midiendo cada paso, cada giro, tal como si del otro lado de la frase no hubiese un lector sino un precipicio.

Para mí, cada palabra tiene un peso específico, una densidad exacta. Como un elemento químico, como una nota afinada que no admite variaciones. Si digo que algo es improbable, no quiero que se lea que es imposible. Si digo que es posible, no estoy insinuando que sea deseado. Me obsesiona el alcance de cada término, y no porque pretenda exactitud por vanidad sino, más bien, por necesidad. Me duele que lo que quiero decir se tuerza, y me duele aún mucho más si lo que intento decir nace de una emoción.

Porque escribir sobre lo que pienso me resulta casi natural, pero escribir sobre lo que siento es algo muy diferente. Mis emociones no llegan en palabras, llegan como oleajes internos, como atmósferas, como brumas, como humedades. No tienen forma lingüística clara y debo traducirlas. Y en esa traducción siempre pierdo algo. Algo siempre traiciona.

Además, si el destinatario de lo que escribo no es una figura abstracta sino una persona concreta, alguien con presencia, con rostro, con importancia, entonces el acto se complica porque ya no estoy simplemente desplegando ideas. Estoy ofreciendo una parte de mí, y ese ofrecimiento no es inocuo. ¿Cómo decir algo sin que se lea como confesión? ¿Cómo ofrecer una palabra sin que se la interprete como señal de algo más? ¿Cómo distinguir lo que digo de lo que se supone que estoy insinuando?

Escribo con miedo. Miedo de que lo que digo se malinterprete. Y también de que se sobreinterprete, de que una expresión de cuidado sea leída como distancia o una frase prudente termine convertida en sospecha. Miedo de que el silencio, cuando es respeto, se tome por desinterés, tal como si todo lo que no esté dicho de forma explícita quedara automáticamente bajo sospecha.

Escribir lo que siento sin disfrazarlo, sin endulzarlo, sin complacer, es un ejercicio radical. No tanto por lo que muestro sino por lo que arriesgo. Porque en cada frase sincera hay un borde y en ese borde late el miedo a ser mal leído, a ser juzgado, a ser devuelto como algo distinto de lo que quise dar.

No busco confesarme. No busco provocar. Solo intento que la palabra no sea una muralla sino una forma de cuidado, una forma de estar presente sin quedarme atrapado, un modo de abrirme sin romperme, de hablar sin quedar fuera de escena. Un intento de decirme sin traicionarme.

A veces me señalan que debería escribir más sobre lo que siento pero no es tan simple. Mi lenguaje afectivo no es el mismo que el de los demás. No siempre sé cómo traducir lo que experimento y, cuando lo intento, siento que camino en un suelo ajeno. Me sugieren, entonces, que tienda puentes pero cuando pienso en ellos no los imagino como los imagina casi todo el mundo. No me tranquilizan. Me resultan amenazantes.

Un puente, para mí, no es una estructura confiable. Es una superficie angosta, suspendida, construida por otros, con materiales que no controlo, que no conozco. Los cruzo con desconfianza, temiendo que cedan, que se quiebren, que oscilen y me expongan a una caída. En cambio, encuentro consuelo en el mar.

No pienso el mar como abismo sino como ponto, como superficie extendida que une sin invadir, que conecta sin empujar, un medio que no fuerza el contacto entre las islas sino que lo permite, que lo habilita, lo facilita. Está ahí, entre una orilla y la otra, acariciándolas, extendiéndose como un idioma fluido donde el sentido puede navegar sin rigideces. Es en ese mar donde mi lenguaje emocional se siente menos en peligro. No desaparece el riesgo pero hay flotación. Hay amplitud.

Cuando escribo, intento no tender puentes de cemento sino desplegar mares. Unir sin imponer. Que las palabras sean agua entre archipiélagos en vez de corredores estrechos, extensiones donde el encuentro sea posible, aunque no obligatorio.

Como los marinos de Ítaca, no temo perderme en el mar. Temo que me conduzcan por donde no deseo ir.


2) El mar entre las palabras: cuando el destinatario importa demasiado

«…porque el mar no une certezas, abraza distancias…»

Hay algo que cambia radicalmente cuando escribo con una persona en mente. No una figura general, no un lector hipotético. Alguien concreto, una presencia con nombre, con temperatura, con recuerdos, con historia. Alguien cuya mirada podría cruzarse -o no- con la mía pero que, en cualquier caso, me importa. En ese momento, la simple elección de cada palabra se vuelve una decisión peligrosa.

Ya no estoy escribiendo en libertad sino en tensión. La tensión de alguien que quiere ser sincero sin ser invasivo. De alguien que desea compartir sin interferir. Porque hay algo profundamente delicado en hablarle a una persona que no espera ser hablada. O, peor aún, que sí lo espera.

Cuando escribo para esa persona concreta, lo hago como quien traza una carta náutica: con temor a encallar, con respeto por las corrientes y con la conciencia constante de que un error de navegación podría hundirme. Pero no porque tema al rechazo sino porque temo a la tergiversación. Me asusta que lo que diga se lea como otra cosa, que el gesto se transforme en símbolo, que el cuidado se confunda con frialdad o el afecto, con intromisión.

No es un pudor social. Es una ética del vínculo.

No sé si esto le ocurre a todo el mundo, pero en mí es así: cuanto más significativa es una persona, más difícil se me hace escribirle. No porque no tenga qué decir sino porque todo lo que quiero decir se vuelve tan frágil que temo que las palabras lo deformen.

Y no me refiero solo al contenido emocional. Me refiero al lenguaje mismo. A su arquitectura movediza, a su tendencia a cargarse de sentido incluso cuando no se lo desea. A esa sospecha permanente que flota en cualquier intercambio afectivo acerca de que se dice más de lo que se cree y menos de lo que siente.

Mi relación con las palabras es de precisión obsesiva. No por capricho, por necesidad. Cada término que elijo es un equilibrio entre lo que quiero expresar y lo que sé que puede ser leído. Porque lo que yo escribo no es solo lo que digo, también es lo que el otro puede o quiere escuchar. Esa conciencia me paraliza. Me vuelve torpe. Me vuelve silencioso.

Pienso, entonces, en todo lo que significa escribirle a alguien que me importa. Es como intentar lanzarle un mensaje dentro de una botella sabiendo que el mar es impredecible y que, tal vez, la corriente lo lleve a buen puerto, o tal vez no. Que lo abra, lo lea, lo entienda ¡o lo malentienda! Y que yo no puedo hacer nada más que esperar.

Ese mar, sin embargo, no es el enemigo. Al contrario. Es el único medio que tolero. Si algo me angustia más que escribir a ciegas es cruzar un puente forzado, una estructura interpersonal construida sobre la obligación, la necesidad, la expectativa y la presión.

Los puentes de concreto me asustan: son rígidos, binarios, inapelables. Me obligan a caminar por un único carril. En cambio, el mar, como lenguaje entre islas, me ofrece otra clase de vínculo. Uno fluido, posible, abierto. Un vínculo donde la conexión no es impuesta sino flotante, donde el silencio también es válido. Donde decir no es exigir ni callar es rechazar.

Cuando escribo con alguien en mente no estoy buscando impacto. Estoy buscando cuidado. Que la palabra sea un modo de estar sin invadir, una manera de mirar sin exigir respuesta, una forma de acompañar sin necesidad de llegar a destino.

Tal vez eso sea lo más difícil: aceptar que a veces solo podemos lanzar palabras al mar y confiar en que, si llegan, no dañen, que si no llegan, no se pierdan y que, si se malinterpretan, al menos sean suaves. Como las olas. Como el gesto de quien se acerca no para cruzar sino para estar cerca. Sin hacer ruidos molestos, sin levantar muros, sin construir puentes que me obliguen a cruzarlos.

Solo mar entre nosotros. Y una botella con palabras adentro.


3) Naufragar en lo elegido: el mar también es angustia

«… el puente pertenece a los héroes que buscan retorno
-le dijo con los ojos bañados en lágrimas-. El mar no exige destinos…»


He hablado del mar como consuelo. Como superficie vasta, blanda, infinita. Como ese espacio donde las palabras flotan sin ser forzadas. Un mar que conecta sin invadir, que permite, que acompaña. Que no exige puentes ni estructuras impuestas.

Sin embargo, como todo mar, ese mar también puede volverse amenazante. Pues una cosa es imaginar el mar desde la orilla y otra muy distinta es adentrarse en él.

En algún momento, sin saber cómo, dejo de pisar arena. Ya no hay fondo reconocible. Ya no hay contacto firme bajo los pies. Solo agua. Solo suspensión. Las palabras ya no flotan, me flotan. Me rodean. Me desorientan. La confianza que tenía en este medio empieza a temblar, no porque haya dejado de ser mar sino porque yo ya no sé nadar como creía. Y empieza el miedo.

Este miedo no es banal, no nace del simple deseo de controlar el mensaje o de evitar el juicio ajeno. Es más hondo, más ético. Lo que me angustia ya no es que me lean con dureza sino que me lean como alguien que no soy. Que lo que digo, con todo mi esmero, se traduzca en otra cosa. Que se tuerza.

Eso no es solo frustración, es injusticia.

Cada palabra que escribo desde el afecto está tejida con hilos de honestidad. No busco manipular ni disfrazar, ni sugerir lo que no quiero decir. Entonces, cuando lo que llega a destino no se parece a lo que envié, siento una gigantesca violencia íntima. Como si se profanara algo que quise proteger, como si me vistieran con ropas ajenas y luego me juzgaran por su forma.

No quiero ser malinterpretado no porque tema el error sino porque me duele la tergiversación. Me duele ser convertido en otro, en una intención que no existió, en un deseo que no expresé, en una imagen que me falsifica.

Siempre hay criaturas bajo el agua. Invisibles, silenciosas. A veces no sé si son memorias, juicios o viejos silencios. Hay corrientes que me arrastran lejos de lo que quería decir. La palabra se me va de las manos. Digo algo pero no reconozco lo que vuelve. Hablo, pero el eco no es mío.

¿Y si me perdí en mi propio mar? ¿Y si lo que ofrecí con cuidado se volvió incomprensible por exceso de suavidad? ¿Y si el silencio, que quería que fuera una pausa respetuosa, fue tomado por indiferencia? ¿Y si las metáforas no eran puente, ni mar, ni botella, sino una forma elegante de naufragar?

En medio de la noche, algunas veces, se levanta esa tormenta. Las palabras, que eran mi refugio, ahora me golpean como olas. Quiero aclarar pero ya es tarde. Lo dicho se ha dispersado. Lo que quise evitar -invadir, lastimar, imponer- se vuelve inevitable por omisión. Me pensé cuidadoso pero fui ambiguo. Me imaginé prudente pero fui opaco. Entonces surge la pregunta más brutal: ¿no habría sido mejor haber construido un puente, el mismo puente al que tanto temía, ese que sabía demasiado rígido, demasiado angosto, demasiado ajeno? Era firme. Era visible. Era predecible.

El mar es libertad, sí, pero también incertidumbre. Y la incertidumbre es difícil cuando uno no quiere dominar sino ser comprendido con justicia. Cuando no busca persuadir sino solo mostrar sin ser mal visto.

El miedo no es solo al juicio. Es a lo no dicho. A todo lo que insinúa el silencio, a lo que puede surgir de una pausa no explicada, a lo que el otro podría proyectar allí donde yo solo dejé espacio. Porque, por más que lo intente, el lenguaje nunca es puro. Lo que se calla también habla. Lo que se atenúa también vibra. Lo que se dice, incluso con la mayor precisión, siempre puede ser leído como otra cosa.

Tal vez yo no sea Odiseo, como creí, sino uno de sus marinos. Tal vez solo sea un náufrago que escribe para no hundirse del todo, o alguien que confunde la deriva con el viaje. Pero incluso así, con miedo, con torpeza, con cansancio, sigo lanzando palabras al agua.

No por esperanza. Porque sigo sin saber callar del todo.


4) El arte de no ser obsceno: desde la orilla de lo no binario

«…El puente lleva, el mar sostiene…»

He aprendido, con el tiempo, a respetar los márgenes de la escena. No por pudor ni por miedo, mucho menos por reserva mal entendida sino por una intuición más honda: hay cosas que, por ser verdaderas, no necesitan mostrarse del todo.

En una época que valora la confesión como virtud y la exposición como prueba de autenticidad, parecería que solo es sincero aquello que se revela por completo, que la verdad debe gritarse, llorarse, desnudarse hasta el hueso para ser considerada legítima. Pero yo no puedo -ni quiero- adherir a esa idea.

Porque no hay nada más violento, a veces, que ser obligado a explicar lo que uno apenas alcanza a nombrar. Y porque tampoco es cierto que todo dolor necesite ser espectáculo para ser válido.

En mi mundo, los límites no son líneas rectas. Son márgenes porosos, umbrales difusos, orillas móviles. La experiencia de lo que siento no responde a binomios como dentro/fuera, claro/oscuro, oculto/visible, no hay un lado donde habite la verdad y otro donde se oculte el miedo. Todo está mezclado. Como el mar.

Y el mar, una vez más, me sirve para pensarme.

El puente, con su traza firme, con su lógica lineal, con su sentido impuesto de un punto a otro, me resulta ajeno. Puedo entenderlo, incluso valorarlo pero no puedo habitarlo sin que algo de mí se rompa. El puente separa, clasifica, delimita: este lado, aquel otro lado, aquí, allá, vos, yo.

El mar, en cambio, me permite ser sin segmentarme. En él, lo que duele y lo que consuela no están ubicados en extremos opuestos sino en suspensión. Como un contínuo. Como una deriva. Tal como mi forma de estar en el mundo.

No hay herida o dolor que pueda definirse en términos binarios. No hay tristeza pura ni alegría intacta. Como en el espectro, también en el sentir habito zonas intermedias, matices que no encuentran nombre fácil ni traducción inmediata. Lo que se manifiesta en mí como sensibilidad no es debilidad: es una forma más compleja, y las más de las veces más incómoda, de existencia.

Por eso, lo obsceno (en su sentido etimológico, lo que está «fuera de escena») se vuelve para mí una trampa. No por lo que calla sino por lo que impone: la idea de que todo debe ponerse en escena para ser reconocido. Que todo debe ser explícito, explicado. Que todo afecto sincero debe poder representarse con claridad, con linealidad, con pedagogía emocional.

Pero eso no es posible, ni justo, para quienes sentimos desde la divergencia: con zonas de eco, con intensidad variable, con umbrales propios. No todo puede ponerse en palabras. No todo debe ponerse en palabras.

El miedo a la malinterpretación, lo dije antes, no nace de la necesidad de control. Nace del deseo profundo de justicia. No quiero que me lean como algo que no soy, no deseo que traduzcan mi silencio como desinterés, mi mesura como frialdad, mi cuidado como distancia. Pero tampoco quiero tener que desnudarme por completo para ser leído con dignidad. Porque la verdad, como el mar, también tiene profundidad. Y no siempre es posible -ni deseable- mostrar su fondo.

Decir lo que se siente no es lo mismo que mostrarlo todo. A veces un borde basta. Un gesto, una figura, una corriente.

El abismo no es el opuesto del puente. El abismo es lo que el puente no puede sostener y yo escribo desde ahí, desde ese espacio donde el lenguaje no se estructura, desde donde se ondula. Donde las palabras no cruzan sino que flotan. Donde lo que duele no se exhibe pero tampoco se niega. Donde no hay un escenario pero sí un mar inmenso. Y mío.

No se trata de esconder. Se trata de honrar lo que no puede ni debe ser puesto entero frente a todos.

Porque no necesito que me vean entero para ser sincero. No debo exhibir mis heridas para que crean en mi dolor. No tengo que desnudarme para que la verdad se sostenga.

La verdad no necesita desnudarse para ser cierta.

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