
Vivo con una gata negra. Mamba. Pequeña, suave, elegante y absolutamente incorpórea, si así lo decide.
No importa dónde esté ni cuánto la distraiga: cada vez que abro una puerta, cualquier puerta, ella aparece y la cruza antes que yo. Puede ser la del baño, la de la cocina, la de un dormitorio o la de la misma casa. Da igual. Ella está ahí, siempre.
Al principio pensé que sería una simple coincidencia. Luego, que me estaba volviendo demente. Pero hay algo en su velocidad, en la precisión quirúrgica con la que se adelanta a mi paso, que no es normal. Una vez abrí un ropero y allí estaba, durmiendo sobre las toallas. Hubiese sido normal si no fuese por el hecho de que apenas diez segundos antes estaba jugando con un ratón de lana en el dormitorio. Lo juro.
Fue entonces cuando comencé a elaborar una teoría explicativa: la Hipótesis Mambística de Transposición Umbral.
Es simple. O más o menos simple. Según esta hipótesis, convenientemente anotada en la libreta imantada que tengo en la puerta de la heladera y bajo el título «cosas que no puedo explicarle a nadie», Mamba no se desplaza, no corre, no salta.
Se teletransporta, pero solo entre umbrales. Cada vez que se abre una puerta (no funciona con una ventana o una tapa de frasco, solamente puertas) se activa un microevento cuántico ineludible y se genera una diferencia de potencial entre dos espacios, una leve y casi imperceptible turbulencia del aire y, lo más importante, mi intención de cruzar.
Eso ya es suficiente para que la función de onda de Mamba colapse, justo ahí, en la intersección, apareciendo o desapareciendo en el preciso instante dela apertura. No hay proceso clásico, no hay trayectoria, no hay geodésica. Solo un ¡plop! elegante y silencioso. Tal como si nunca hubiese estado en otra parte.
Es tan fascinante como peligroso pues no depende de mi control. A veces entra a un cuarto y no vuelve a salir en horas. La llamo, la busco, muevo los sillones, revuelvo el ropero y nada. Pero cuando ya la doy por desaparecida del plano existencial aparece con aire desconcertado al otro lado de la puerta del baño, mirándome como si todo fuese, siempre, culpa mía.
Evidentemente, intento anticiparme. Abro las puertas con sumo cuidado, murmuro advertencias, reviso todos los bordes y ángulos con la mirada, elimino los puntos ciegos, pero nada sirve. Mamba siempre cruza primero. Me gana al umbral, me lo roba. Yo soy quien gira el picaporte, sí, pero es ella quien lo habita.
Una parte de mí cree que está jugando con el entrelazamiento cuántico mientras otra, más sensata, sospecha que Mamba simplemente se divierte conmigo. A veces me mira como diciendo: «soy partícula y soy onda, y vos seguís peleando con la cerradura». Ya no con sarcasmo, sino cinismo.
En casa ya no hay puertas inocentes. Les puse cartelitos: «¡Cuidado al abrir! Puede haber una gata en todas las posiciones posibles del espaciotiempo», aunque no sirvan de nada.
De todas formas mi teoría no termina de convencerme. Porque si algo empiezo a sospechar ahora es que Mamba no cruza umbrales. Mamba es los umbrales.
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