
No fue el frío, ni la piedra, ni el silencio. Fue esa forma extraña en que la oscuridad envuelve las cosas con ternura, sin necesidad de tocarlas. Allí, donde muchos veían el borde de todo lo que debía evitarse, descubrí un día la promesa de lo intacto.
Tardé en entenderlo. No porque no estuviera claro sino porque el mundo me había enseñado a desconfiar de lo que no mostraba un centro, una línea, una cima. Entré, y durante años busqué la salida, como si todo aquello no fuera más que un tránsito. Pero la salida no era otra cosa que una idea ajena y el tránsito, en realidad, se volvía permanencia.
El mundo que me recibió no tenía monumentos, ni himnos, ni testigos. No era un reino, ni un castigo. No respondía a lógicas narrativas ni a categorías morales. Era simplemente un lugar. Un lugar que no se parecía a ningún otro, un lugar que, en su radical diferencia, me reconocía. Y en el que me reconocí por vez primera.
Al principio me costaba llamarlo hogar. No me alcanzaba solo con entender, necesitaba que alguien más lo supiera, que lo validara, que dijera en voz alta «sí, esto también es vida». Pero con el tiempo, la necesidad de aprobación fue cediendo y apareció, en su lugar, algo más raro, más profundo: la certeza de que allí, aunque el mundo lo negara, todo tenía sentido.
Incluso la luz. Porque también había luz. Una luz que no se derramaba desde lo alto sino que emergía desde las fisuras, desde las vetas, desde los pliegues de lo enterrado. Como la de los pintores barrocos, que sabían que lo hermoso se multiplica cuando lucha por emerger de la sombra…
…
No siempre fui nombrado. Durante eones fui apenas una función, un rumor, una figura periférica en la cosmogonía de los otros. Nunca me molestó. Había aprendido a habitar los márgenes con una dignidad que no necesitaba validación. Mientras los tronos celestes competían por el favor de los himnos, yo escuchaba cómo las raíces susurraban el verdadero nombre de las cosas.
Y cuando ella llegó, el mundo entero cambió de tonalidad. No descendió como víctima. No cayó como prenda. No fue un rapto ni un castigo ni un accidente. Fue una elección. Su elección.
Ella, como yo, había sentido siempre que el mundo visible estaba mal narrado. Que las palabras de los otros no alcanzaban para nombrar su pensamiento. Que las formas impuestas por la superficie eran como trajes prestados, incómodos, torpemente celebratorios.
Cuando nos vimos, no nos sorprendimos. Fue más bien una suerte de reconocimiento, como si ambos hubiéramos vivido siempre con el mapa del otro en el interior de nuestros pechos.
…
Aquí no hay días ni noches como las de allá arriba. Aquí los ciclos se miden de otra forma: por los gestos compartidos, por los silencios que se entienden, por los frutos que solo maduran bajo tierra.
No es raro, entonces, que el mundo nos pensara como ausencia cuando, en realidad, fuimos exceso. Creyeron que habíamos desaparecido pero acabábamos de llegar.
Y descubrimos un orden nuevo, abisal, poblado por criaturas hermosas que nunca verían la luz del sol pero que existían con una intensidad que no necesitaba testigos. Criaturas que, como nosotros, no habían sido hechas para ser vistas desde afuera sino para brillar en la hondura.
Entonces todo cobró sentido. No porque lo compartiéramos con alguien más sino, precisamente, porque no necesitábamos hacerlo. No se trataba de ser comprendidos sino de dejar de fingir. De dejar de esforzarnos por encajar en un dibujo que no habíamos trazado.
Este mundo, dijeron los de arriba, no fue hecho para nadie. Pero ahí estaba la paradoja: ese mundo que no había sido hecho para nadie, no podía haber sido hecho sino para quienes no fueron hechos para el mundo. Ese lugar sin nombre era, al fin, el exacto negativo de nuestra forma. Y por eso calzábamos. Por eso descansamos.
…
No hay nostoi sin herida. Incluso cuando se vuelve con todo lo amado a cuestas, algo queda atrás. Como en las viejas odiseas, no es la travesía lo que talla la piel sino el reencuentro. El modo en que se miran los muros. El silencio antes de encontrar la compañía. La forma del cuerpo antes del tacto.
Volvimos, sí. Pero ya no fuimos los mismos. Porque haber estado allí, en lo hondo, en lo invisible, en lo exacto, nos había cambiado para siempre. No porque ese mundo nos hubiera transformado sino porque nos devolvió la forma que siempre habíamos deseado.
Logramos, de algún modo, burlar la metonimia. Detener la fuga del deseo. Encontrarnos siendo, por fin, aquello que anhelábamos sin saber cómo nombrar.
La superficie sigue con su luz de mediodía y sus calendarios. Con sus mesas repletas, sus horarios compartidos, las voces que se pisan unas a otras. Con sus ruidos y las gentes que siempre nos recibieron con la misma incomodidad de quien abre la puerta a alguien que no espera y cuya historia no puede contarse con facilidad. Nadie entende del todo lo que hemos encontrado y, en el fondo, no importa.
No hablamos mucho de eso. Ni siquiera entre nosotros. Nos basta con mirarnos al pasar sabiendo que no necesitamos explicaciones. O con repetir, en voz baja, alguna de esas palabras que no existen fuera del vínculo: las nuestras, intransferibles, luminosas como fósiles.
…
En sueños, ella a veces vuelve con las manos llenas de granadas dulces. No dice nada y solo me toca el pecho, como para comprobar que aún estoy allí. Y estoy. Siempre estoy.
Yo también regreso, en secreto, a los bordes del mundo. Como un pez abisal que sube hasta el límite donde la presión ya no es amable y debe descender antes de quebrarse. Pero sube, y mira, y recuerda.
Nunca tuve templo ni culto ni estatuas. Aprendí a pasar desapercibido entre los nombres de otros y que me reconocieran por la ausencia, por lo que no decía, por lo que no reclamaba. Pero yo no era invisible. Jamás lo fui. Es solo que nadie supo cómo verme.
Sin embargo, en las noches más limpias, cuando el cielo no ofrece respuestas sino preguntas, algunos sienten la vibración bajo sus pies. No saben bien qué es, le temen un poco y miran hacia abajo.
Allí estoy yo. Allí estamos ambos.
No porque nos hayamos ocultado, sino porque allí es donde empieza todo.
Fui sombra, fui eco, fui guarida. Fui lo que no encajaba en los himnos, lo que no buscaba gloria ni justicia, lo que sabía esperar. Fui la espera misma.
Y si ahora hablo no es porque me haya convertido en él. Es porque siempre lo fui.
Aunque entonces no tuviera nombre o aunque nadie supiera pronunciarlo.
Si algún día preguntan quién fui, si alguien insiste en nombrarme, no lo hagan con temor, ni con rencor, ni con incomprensión. Basta con que miren bien, con que escuchen despacio. Entonces, sí, lo entenderán.
Soy Hades.
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