
No soy un punto fijo. No soy, tampoco, una línea recta. Mi identidad no se traza con regla ni con compás porque no es figura ni forma estable. Soy, más bien, una vibración, un estado de superposición, una frecuencia variable. Como un número complejo que, para poder ser ubicado, necesita al menos dos dimensiones simultáneas.
Hay días en los que me acerco al eje de lo masculino. Otros días gravito más cerca de lo femenino. A veces soy ambos a la vez, a veces ninguno en particular, pero nunca estoy quieto.
Eso no es confusión, es fluidez.
Viví muchos años en un sistema de coordenadas que no admitía más que ceros y unos. Crecí con la sospecha de que algo estaba mal y durante mucho tiempo creí que ese error era yo. Solo más tarde entendí que el problema no era la persona sino el plano, que la cuadrícula era demasiado pobre para contener mi espectro.
Me enseñaron que el género es un casillero pero nunca estuve guardado en una caja. Flotando entre esas cajas, estuve caminando por los márgenes, preguntándome si las demás personas también se sentían encerradas o si solo a mí me dolía pisar siempre, todo el tiempo, los bordes.
Descubrí con los años que no soy una persona binaria y que eso no me vuelve un ser confuso sino un individuo irreductible. No soy mitad y mitad, ni un punto medio. Soy una totalidad en constante desplazamiento.
Me pienso como un cuerpo en un sistema vectorial de múltiples dimensiones donde el género no es una esencia sino una dirección, una forma de orientarse. Y en ese existir fuera del molde, no soy refugio de ningún lado. Demasiado fluido para quienes necesitan fronteras claras, demasiado disidente para quienes exigen fidelidad al origen.
No pertenezco del todo ni a un borde ni al otro. Soy, para muchos, una traición, una grieta en sus certezas, una anomalía que no entra en ningún conjunto sin hacer saltar la lógica que lo sostiene. Y me lo recuerdan, todo el tiempo.
No me aman quienes defienden la norma pero tampoco me celebran quienes la enfrentan desde el espejo opuesto. Porque ser así, sensiblemente consciente de mis fluctuaciones y capaz de nombrar sin incomodidades las coordenadas de mis desplazamientos, es, en este mundo, casi un delito de lucidez.
Sin embargo estoy aquí, sin esperar ser comprendido y dejando constancia, como quien anota una variable que no encaja pero que insiste en existir.
Visto desde afuera, quizás parezca contradictorio pero para mí tiene una lógica interna irrefutable. Me identifico como transgénero, no porque haya cambiado algo en mí sino porque el género que habito hoy no es el que me fue asignado ni el que usurpé durante décadas porque me sirvió para moverme en el mundo. Trans no por destino sino por camino. No por tránsito hacia otro lugar sino por poder existir, hoy, fuera de los rieles.
Y desde esa ubicación quiero decir esto: nuestra identidad no necesita ser comprendida para ser legítima. No necesita ser aprobada para existir ni permiso para fluctuar.
Yo soy. Con ambigüedad, con matices, con desvíos. Con algoritmos propios y con coordenadas móviles. No una excepción, soy un testimonio, y como tal me ofrezco para abrir otros caminos.
Porque cualquier persona que se anime a vivir fuera de lo binario, a pensarse como posibilidad, a ser ecuación en vez de etiqueta, amplía el mundo para todos.
Deja un comentario