
1) Los que no están
En la plaza de mi barrio hay un banco que no da sombra. Está mal ubicado, o eso decimos todos. En verano le da de lleno el sol. En invierno el viento lo atraviesa como a un pasillo de hospital. Sin embargo, cada tarde, un hombre va y se sienta ahí, como si no existiese ningún otro lugar.
Cada tarde. No pide nada, no molesta. A veces lo veo, cuando paso de regreso del supermercado. Mira al frente, a un punto sin objetos. En alguna oportunidad lo vi sonriendo. En otras, hablando bajito. Nunca con énfasis, nunca con los ojos cerrados, como los locos. Habla como quien responde algo.
Cierta vez vi que sacaba dos caramelos de miel de su bolsillo. Desenvolvió uno, se lo llevó a la boca. Dejó el otro en el banco, a su izquierda, con el envoltorio apenas abierto, como si alguien lo fuese a tomar.
Volví a mirar cinco minutos después. El caramelo seguía ahí.
Una tarde pasé más cerca. Fingí atarme el cordón de un zapato para poder oír. Su voz era suave, lenta. Como si dictara algo desde muy lejos.
–No, hoy no llovió pero se ve que llovió en la noche. Las hojas estaban mojadas…
(Pausa larga)
–Sí, esa señora volvió a sacar la silla a la vereda. Siempre lo hace, a la misma hora…
(Otra pausa)
–¿Y vos? ¿Cómo dormiste?
Nada en su tono indicaba broma, locura, ni siquiera fe. Era una conversación, con pausas, con lógica.
Al rato, tomó el caramelo que estaba a su izquierda, lo envolvió de nuevo con delicadeza y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se levantó y se fue caminando, bien erguido.
Alguien me contó que una vez lo habían entrevistado para la radio barrial. No escuché el programa pero me mandaron una grabación casera:
-¿Por qué elige siempre ese banco?
-Porque no hay sombra.
-¿Le gusta el sol?
-No.
-¿Entonces?
-Era el único que no usábamos juntos. Los otros sí, pero este nunca. Así que es justo, es un territorio nuevo…
Después habló del silencio señalándolo como «un idioma que no lastima», de la necesidad de «cumplir con la parte que a uno le toca en las conversaciones que no terminaron» y de cómo las ausencias «pesan menos si se les da un lugar donde sentarse».
Terminó diciendo:
-Yo hago mi parte. Si viene, que no me encuentre rencoroso…
Una semana no estuvo. Tampoco la siguiente, ni la otra. Al cuarto lunes, el banco tenía un papel atado con cinta de embalar:
«Reservado para los que no están.»
Sacaron el cartel a los dos días y lo tiraron pero alguien, de noche, volvió a poner otro parecido. Esta vez más discreto, hecho a mano, en tinta negra. La cinta era buena.
No sé quién fue, nunca lo supe. Pero desde entonces el banco jamás está vacío. No porque alguien se siente sino porque ya nadie lo ocupa.
Yo todavía paso. Algunas tardes me siento en el banco de al lado. Un martes, en la rendija de entre las maderas, encontré un envoltorio arrugado de caramelo de miel. Apenas conservaba el brillo. No me atreví a tirarlo. Lo empujé con disimulo hacia el fondo.
Lo pienso seguido. Tal vez nunca fue para alguien más, tal vez era su forma de decirnos «aquí hay lugar».
2) Currículum de un ser humano
Cada persona debía actualizar su perfil de existencia, cada semana. No era obligatorio, claro, como votar, como pedir disculpas, como dormir, pero debían hacerlo.
Se llamaba «Currículum Vital«. Una interface pulida, amable, con colores pastel. Pedía cosas como logros concretos de esta semana, emociones registradas, una foto reciente, nuevas opiniones y la intención de vida actualizada.
Cada entrada construía una línea de tiempo que, al principio, parecía útil. Luego fue un requisito. Después fue medidor de valor y, finalmente, fue espejo. Un espejo que no podía apagarse sin que se encendieran las alarmas.
Clara dejó de completar el formulario un viernes por la mañana. No fue por rebeldía ni por olvido. Simplemente sintió que no tenía nada nuevo que decir. No es que esa semana hubiese cambiado de idea, simplemente no había sentido cosas interesantes ni se había visto distinta. Todo cuanto había hecho estaba lleno de repetición y no quiso mentir.
Cerró la pestaña, se levantó y puso a hervir agua. El lunes le llegó una alerta:
«Tu existencia comienza a desvanecerse para tus vínculos activos.»
No era una amenaza, era literal. La gente empezaba a no reconocerla, su voz se volvía ligeramente ajena, las fotos en las que aparecía comenzaban a pixelarse.
Pensó en actualizar el sistema con algo genérico pero no pudo. Cualquier cosa que escribiera le parecía una traición al silencio que la inundaba.
Cada noche Clara escribía una frase en una hoja. Una sola frase. No la compartía, no la subía, no la analizaba. Solo la escribía:
-Hoy temí desaparecer.
-Hoy recordé el olor de un salon vacío.
-Hoy extrañé mi forma de los ocho años.
-Hoy pensé que si moría nadie me reconocería como yo.
-Hoy le sonreí a un perro como si fuese mi padre.
Guardaba los papeles doblados en una caja. No los leía dos veces. Solo los escribía para no dejarse ir del todo. Ese fue su gesto mínimo.
Un agente del sistema -alto, prolijo, amable- vino a su casa, pero no como amenaza sino como gesto de cuidado, y le ofreció un shortcut:
-Podés cerrar el ciclo, Clara, y registrar una identidad definitiva, una versión estable de vos misma. Será inmutable y ya no tendrás que actualizar nada. Serás alguien para siempre.
Clara dudó. Tocó la caja de los papeles y preguntó:
-¿qué pasa si me convierto en otra, después?
-No podrás, pero nadie te juzgará. Estarás registrada como una persona auténtica.
-¿Y si ya no me gusta lo que fui?
-Tampoco importará, porque habrás sido alguien.
Clara pidió pensarlo y el agente asintió, sin prisa.
Esa noche escribió una frase más. La guardó en la caja, sin leerla dos veces, y cerró la tapa.
No supimos si eligió un rostro definitivo. Tampoco supimos si siguió desvaneciéndose. Solo sabemos que la caja apareció, mucho tiempo después, en un mercado de cosas viejas.
Dentro, una sola frase tenía el papel abierto:
«No tener nombre me dio espacio para respirar»
3) Huellas digitales
Un día, sin decirlo, Elías empezó a borrarse.
El primero en notarlo fue su jefe, cuando sus correos desaparecieron de la bandeja de entrada. Después, su grupo de lectura. Su nombre ya no figuraba en los encuentros pasados ni en las fotos, ni en los comentarios. Era como si nunca hubiese leído Crónica de una muerte anunciada ni discutido sobre la estructura circular de Pedro Páramo.
Incluso su nombre, al googlearse, daba como resultado una pregunta:
«¿Quisiste decir Elías Moraes, futbolista?«
Pero no era futbolista. Ni famoso. Ni prófugo. Solo quería no estar. Estar sin morir.
Elías renunció a las redes pero también a las anécdotas. Cuando alguien decía «¿te acordás cuando Elías…?», él los interrumpía con un gesto leve, apenas una mueca, tal como si dijera: «ese no fui yo, fue otro».
Visitó a sus amigos uno por uno pero no para saludar ni para despedirse, lo hizo para vaciar el contenido de sus vínculos. Les pedía que olvidaran cosas mínimas.
-¿Podés borrar esa foto donde estoy al fondo?
-¿Me harías el favor de eliminar el mail que te mandé cuando se murió mi perro?
-¿Te importaría decir que fue otro quien te acompañó al hospital?
No todos aceptaban, pero él nunca insistía.
Solamente tomaba nota.
Sin embargo, cada día tomaba una hoja y escribía un dato trivial que nadie más pudiera saber: el número exacto de baldosas flojas entre su casa y el quiosco, la palabra con la que su madre lo calmaba cuando niño, la cantidad de veces que repitió un disco de Pescado Rabioso un verano entero…
Luego rompía esa hoja en pedazos, en silencio, y los arrojaba al inodoro.
Ese fue su gesto. Insignificante, privado, persistente. Cada papel, una hebra del hilo que lo ataba al mundo.
Pasó el tiempo. Ya nadie sabía si seguía vivo. Una antigua amiga lo recordó sin querer en un sueño y al despertar no pudo recordar su cara. Solo el nombre, pero le sonaba extraño.
Buscó en sus viejos mails. Nada.
En los álbumes. Nada.
Preguntó, unos pocos dijeron:
-Me suena, pero no sé de dónde.
En una reunión alguien intentó recordarlo:
-Era un tipo raro, callado. ¿O lo estoy confundiendo?
Nadie pudo confirmarlo y el silencio terminó imponiéndose como versión oficial.
Años después, un obrero que limpiaba una una cisterna encontró, atascado en un codo de las cañerías, un cúmulo de papel deshecho. Entre las fibras todavía visibles, pudo leer una frase aislada:
«Lo que no se recuerda no muere, flota.»
4) La voz que no era mía
Durante años supe adaptarme. En el trabajo hablaba con autoridad medida, las vocales justas, ni un solo acento emocional fuera de lugar. En casa, con mi madre, arrastraba las palabras como si tuviera cinco años y nada que explicar. Con los amigos mi acento era neutro, con dosis de ironía. En las fiestas risa fácil, frases cortas, entonación ascendente. En los hospitales monosílabos. En las entrevistas perífrasis, en la calle silencio.
Lo hacía sin pensarlo. Era como respirar, algo automático, vital, imperceptible. Hasta que un martes a las diez y cuarto de la mañana, al responder una llamada de teléfono, no supe con qué voz hablar.
Pensé que sería cansancio. O estrés. Pero al día siguiente, en la cafetería, al pedir un café, escuché salir de mi boca un tono que no reconocí. No era fingido, tampoco familiar. Simplemente no era mío.
Desde entonces, cada vez que hablaba, era otra. Cada palabra era como prestada, como si mi garganta fuese una casa ocupada por desconocidos.
Intenté grabarme pero no me reconocía.
Intenté imitarme pero, ¿imitar a quién?
Ya no tenía una voz sino un registro dañado.
Fue entonces que decidí hacer una prueba. Cada noche, al llegar a casa, sin luz, sin nadie, decidí hablarle a una planta. Siempre la misma planta, un potus medio seco que había heredado sin querer.
Le hablaba como me saliera, sin pensar en el tono, en el vocabulario, en la imagen. Solo le decía cosas como:
-No sé si estoy cansada o me estoy deshaciendo.
-Hoy pensé en no hablarle a nadie. Fue hermoso.
-Creo que me duelen los hombros del esfuerzo de sonar humana.
Lo hice cada noche durante semanas. Al principio me costaba, me corregía. Pero una noche la voz salió sola. Dudosa, ronca, sin estilo. Sospeché que era la mía.
El problema fue que al usar esa voz fuera de casa, nadie me entendía. Literalmente. No me escuchaban, o me respondían con incomodidad, me pedían que repitiera lo dicho, me corregían…
-¿Estás enferma?
-Hablás raro últimamente.
-¿Te pasó algo?
Un día mi madre no respondió. La voz que parecía ser mía era ininteligible para el mundo, y las otras ya no me salían. Ni el tono de mando, ni el cantito amable, ni la ironía. Solo esta voz, tibia, opaca, verdadera, inútil.
Pude haber vuelto a practicar, a fingir, a rearmar una de mis máscaras pero elegí seguir hablándole a la planta. Una sola frase cada noche, a veces susurrada, a veces como un ladrido, pero siempre mía.
Eso fue lo que me sostuvo. No me salvó, no me devolvió nada, no me dio un lugar en el mundo. Solo me dio una voz sin aplausos y sin eco.
Pero mía.
Deja un comentario