S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

La primera vez que lo vieron caminaba descalzo por el borde de la cantera seca, con un cántaro envuelto en trapos oscuros, tal como si llevara un cuerpo pequeño. No tenía nombre ni pasado, solo una cicatriz en la mejilla, que le cruzaba la cara como un surco hecho por la uña de algún dios dormido.

Nadie recordaba haberlo visto llegar pero sabían que estaba. Como el polvo en las grietas de la madera o la humedad detrás de las paredes, su presencia se intuía en lo que no decía.

En el pueblo jamás se hablaba de la cantera. Era el lugar donde, alguna vez, brotaba un agua densa, tibia y negra. Los ancianos juraban que curaba lo que no tenía nombre mientras otros decían que era sangre vieja, que subía desde la raíz de la montaña como una confesión atrapada. Pero un día se secó, como si alguien la hubiese bebido hasta lo último.

El hombre sin nombre se instaló en una cabaña con las ventanas tapiadas, justo al borde. De día recogía piedras lisas y las apilaba en formas que nadie comprendía. A veces enterraba pequeños objetos envueltos en tela: fragmentos de espejos, plumas, una cuchara doblada… Y por las noches salía con el cántaro a cuestas y caminaba en círculos alrededor del pueblo. Nunca decía una palabra. Solo miraba, con el rostro curtido por el fuego, o por el tiempo.

El cántaro estaba siempre húmedo. No chorreaba, pero exhalaba un vapor tenue, apenas perceptible, como si estuviese lleno de un líquido que no deseaba ser tocado. Nadie lo detenía. Nadie lo seguía. Los niños que osaban imitarlo por juego terminaban con fiebre o con sueños en lenguas muertas. Una noche, uno de ellos, el menor de los Ferrando, se acercó demasiado. Lo encontraron días después, en lo alto del campanario, con la ropa seca como yesca y el cabello blanco como la leche olvidada. Nunca volvió a hablar.

El cura, envalentonado por el miedo, fue un día a enfrentarlo. Entró en la cabaña con un crucifijo en una mano y un farol en la otra. Solo salió el farol, apagado, rodando como pelota de trapo. Después de eso muchos se fueron. Otros se encerraron. Pero el cántaro seguía su ronda, y con él el silencio.

Una sola vez habló. Fue una mujer, ciega desde niña, hija de un picapedrero y de una pastora, quien se atrevió a detenerlo. Le tomó la mano con suavidad, como quien toca una herida abierta.

¿Por qué hacés esto? -preguntó-. ¿Por qué seguís buscando?

Él no respondió enseguida. Le acarició el rostro con dedos que parecían cargados de tiempo y luego dijo, con una voz que no venía de su garganta sino de algún lugar donde el lenguaje se congela:

Podrás llenar el cántaro de tu arma mojada cuando se seque, pero jamás las marcas de tu cara.

Ella sonrió. Desde entonces, nunca más volvió a tropezar.

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