
Soy músico y vivo de tocar a tiempo.
Esa frase, en apariencia tan sencilla, me atraviesa como un relámpago cada vez que la pienso. Vivo, literalmente, de seguir un tempo. De anticiparlo. De sostenerlo. De entrar y salir con precisión quirúrgica, en ese lugar exacto en el que el sonido se convierte en discurso, en lenguaje compartido, en forma viva.
El tiempo, para mí, no es una abstracción sino un cuerpo. Tiene peso. Tiene pulso. Tiene dirección. Es una cuadrícula invisible sobre la que se despliega mi vida. Sin embargo, por más íntima que sea mi relación con él, no logro entenderlo. Lo siento, lo domino, lo manipulo pero no lo comprendo.
Colecciono relojes. Los desarmo. Los comparo. Los analizo. Los vuelvo a armar. Me obsesiono con sus mecanismos, con su forma de contar -y de cantar- el paso de lo que no se puede detener. Tengo tatuadas en el cuerpo las ecuaciones de Lorentz. Puedo calcular la dilatación temporal con exactitud. Me fascina la relatividad. Me sumerjo en la física como si allí, en ese lenguaje, pudiera encontrar la clave, las palabras mágicas. Pero no. Lo único que obtengo es más vértigo. Más belleza, sí. Pero también más distancia.
Porque el tiempo se me escapa. Siempre.
Como persona que navega el mundo desde las divergencias, experimento el tiempo de maneras que, aparentemente, un neurotípico no parece registrar. No se trata solo de que haya momentos simples que se me alargan como si fueran siglos y otros que se condensan en un suspiro y desaparecen pues eso es compartido. Es algo mucho más profundo, más íntimo. Como me cuesta estimar duraciones, no me cuesta en lo más mínimo tener que esperar. Sí me cuesta, aunque parezca contradictorio, detenerme.
En la orquesta todo eso se ordena. Ahí el tiempo se vuelve tangible. Medible. Acotado. Está escrito. Predeterminado. Se ejecuta. Se repite. Se ensaya. Se ajusta. Hay un metrónomo interno en mi cabeza y un director externo fuera de ella. Y hay una partitura que siempre me dice cuándo.
El tiempo, en la música, tiene un marco y dentro de ese marco, yo respiro más cómodo.
Pero cuando termina el ensayo, cuando guardo el instrumento y salgo al mundo, el tiempo vuelve a desgranarse. Me doy cuenta de que no sé si estoy llegando tarde o temprano a algo, si pasaron dos minutos o veinte, si lo que hice hoy tiene alguna continuidad con lo que hice ayer. No recuerdo cuándo sucedió algo y me pierdo en los días aún sabiendo que puedo calcular al milímetro cuántos segundos dura un compás en 6/8 a 72 bpm.
Hay algo del tiempo que se me niega. Y lo que se niega sistemáticamente se convierte en obsesión. Entonces lo leo. Lo estudio. Anoto. Construyo teorías. Las rompo. Las vuelvo a pensar. Lo pongo en palabras. Es mi forma de acariciar lo inasible, aunque con una tristeza sorda e inmanente que siempre lo inunda todo. Una especie de duelo perpetuo por no poder aprehender aquello que me constituye.
Porque todo lo que amo -la música, el cuerpo, el lenguaje, el recuerdo, el mundo y hasta el mismo universo- está hecho de tiempo. Y yo, que vivo en él, que vivo de él, que lo estudio y lo sigo como un satélite enamorado, no puedo nunca habitarlo del todo.
Tal vez por eso siga tocando. Porque en la música el tiempo no se explica. Se hace. Y por un instante, unos compases apenas, puedo sentir que estoy ahí. Exactamente a tiempo. Sin entenderlo pero siéndolo.
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