
Desde que tengo memoria hablo solo. No como quien se entretiene con un juego o un personaje imaginario sino como quien necesita, literalmente, oír su propio pensamiento para poder organizarlo. Como si mis procesos mentales no se completaran en silencio sino solo hasta ser rubicados por el sonido.
Necesito decir lo que pienso para poder pensarlo del todo. Como si cada paso lógico, cada idea, necesitara materializarse primero en la vibración del aire antes de consolidarse dentro de mí.
A veces pienso que no hablo solo: hablo conmigo, en el sentido más literal que pueda dársele a la idea.
Cuando cocino, cuando intento resolver un problema complejo o simplemente cuando deseo organizar las tareas del día, necesito verbalizar cada parte, cada fracción, cada peldaño. Me digo lo que hago, lo que falta, lo que podría pasar. Me corrijo en voz alta, me contradigo, me respondo. Me critico. Me cuento chistes, me río solo.
Lo mismo, aunque en menor medida, sucede cuando escribo pero la diferencia es de grado. El papel (o la pantalla) me permite una conversación fluida conmigo mismo en la que puedo vincular ideas remotas -como el sistema respiratorio de una ballena y los modos en que una ciudad combate su polución sonora- sin que nadie me apure ni me interrumpa. En esos momentos, todo tiene sentido. Puedo pensar en capas, en redes, en campos de relaciones abstractas…
Pero basta que alguien entre en la escena, que aparezca un otro existente para que todo ese engranaje se atasque. La interacción me obliga a reaccionar en tiempo real a estímulos que no controlo, a leer gestos y tonos de voz, a suponer intenciones y expectativas que no comprendo del todo. El diálogo, eso que los demás consideran el arte natural de la convivencia, se me convierte en un laberinto. Se anula mi capacidad de hablar, incluso, de pensar con claridad. Me pierdo, me esfuerzo por simular normalidad, y casi siempre fracaso.
Lo que más me asombra y confunde es la paradoja cotidiana en la que me encuentro: he publicado más de seiscientos artículos de divulgación científica y tecnológica en más de cuarenta medios de prensa, he podido explicar (y explicarme) los principios de la física cuántica, los pulsos gravitacionales de los agujeros negros o las razones por las que los atardeceres son rojos y no azules. Sin embargo, en una conversación casual, no logro sostener cinco minutos de interacción sin recurrir a lugares comunes como el clima o el resultado de un partido de fútbol.
Hay una suerte de otredad que no está hecha de diferencias externas sino de contrastes internos. Conviven en mí dos personas: una capaz de construir enlaces conceptuales entre disciplinas alejadas y otra que tropieza y se desmorona con el saludo de cortesía en un ascensor, como si fuese un traductor atrapado entre lenguas que no se comprenden entre sí: mi mundo interior y el mundo social. No es que no tenga palabras. Es que las que tengo no suelen ser las que se esperan. O no llegan a tiempo. O llegan todas juntas, en desorden, como torbellinos.
Sin embargo, la sociedad insiste en que el diálogo interpersonal es el verdadero termómetro de la comunicación. Se valora la espontaneidad conversacional, la agilidad para responder, la capacidad de leer entre líneas. Mientras la comunicación profunda que muchas personas divergentes logramos construir con nosotros mismos (y que, a veces, podemos traducir en textos, ideas o soluciones complejas) es vista como una rareza. Como un consuelo menor.
Pero no es menor. Hablar conmigo mismo me ha permitido pensar, crear, sobrevivir. No es un síntoma, es una estrategia. No es una carencia sino una forma de ser. Tal vez (y tal vez no tanto) el problema no esté en mi dificultad para dialogar con personas «normales» sino en el modo en que lo normal es definido y exigido como medida obligatoria de todo vínculo.
Hay quienes escuchan voces. Yo escucho la mía. Y en ella encuentro la forma más nítida de mi pensamiento. Entonces me pregunto: si alguien puede escribir con precisión sobre el entrelazamiento cuántico, ¿por qué no puede hablar con naturalidad sobre cómo estuvo el fin de semana? ¿Qué clase de normalidad es esa que valora más una frase oportuna que una idea reveladora?
Y lo que es más perturbador: ¿Cuánto nos estamos perdiendo, como sociedad, al no saber o no poder escuchar todas las voces silenciosas de quienes solamente pueden hablar cuando están solas?
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