
1) Elektra y yo
Elektra es colorada, con la crin negra y una mancha blanca en la pata derecha, como si en ella llevara el recuerdo de una nube que quiso quedarse allí. En la cara, una franja también blanca, ancha y relampagueante, le cae desde el testuz hasta el belfo como un reguero de luna.
Tiene los ojos grandes, de sombra líquida, y una desconfianza tan antigua que parece heredada del bosque.
No sabe su tamaño. Anda como si no pesara, como si los pastos no crujieran bajo sus cascos ni el mundo debiera hacerle lugar. Si la miro desde lejos parece un cuervo rojo gigante danzando con el viento. Si la monto, sé que llevo un pedazo de tormenta con bridas de humo.
Elektra es dulce, sí, pero en ese modo escurridizo que tienen las cosas que nunca se entregan del todo. Hay días que se acerca sola, rozándome apenas con el hocico, como quien pide algo sin saber nombrarlo. Otros, me mira de lejos, rígida, y entonces siento que algo en mí la ha traicionado sin querer.
Montarla es jugar con la suerte. A veces somos un mismo cuerpo, una centella. Otras, me lanza al cielo sin aviso y me encuentro de pronto nadando entre los patos del tajamar, mientras ella me observa, inmóvil, como si yo fuera la extraña.
Elektra es así.
2) La sombra mala
Cuando Elektra anda el mundo se aparta. No por mandato suyo sino porque su cuerpo, sin quererlo, se impone como una marea rojiza que todo lo cubre. Y, sin embargo, la he visto detenerse de golpe, temblar toda, con los ojos abiertos como dos lunas asustadas por el leve crujir de una hoja o el paso fugaz de una nube sobre el suelo.
Aquel día, el sol bajo de la tarde proyectó su figura larga y oscilante sobre el campo. Elektra avanzaba con ritmo parejo, distraída, hasta que la vio: ¡su sombra! Extendida, gigantesca, crin al viento como ella, pero muda, sin olor ni sonido.
Se detuvo de inmediato, clavó las patas en la tierra y resopló con fuerza. Sus orejas giraban como veletas nerviosas. Miraba la sombra como si fuera otro animal, una bestia extranjera que la seguía de cerca, demasiado cerca.
Intenté calmarla: -Es solo tu forma en la luz, Elektra. Sos vos, ¿ves? Sos vos en secreto.
Pero no. Porque ella no se piensa como yo la pienso. No se sabe como yo la sé. No tiene mapa y cuando ve algo que la copia, se asusta.
Dio media vuelta de un salto y, con esa torpeza suya que no es torpeza sino fragilidad de mariposa metida en cuerpo de tractor, casi me lleva por delante.
Corrimos juntas un trecho. Yo detrás, ella huyendo de sí misma hasta que el sol se escondió tras los ceibales y su sombra, por fin, la dejó en paz.
3) Sed de mundo
Cuando Elektra se acerca al tajamar, lo hace despacio, como quien va a preguntarle algo al agua. Baja la cabeza con esa prudencia suya que no es obediencia ni mansedumbre, sino un modo antiguo de cuidar lo que no entiende. Huele primero, estira el cuello, suspira.
Y justo antes de lamer la superficie (porque ella no bebe, lame el agua, como si fuera miel o un secreto) baja las orejas. Siempre.
Las baja con lentitud, como si eso le diera permiso al mundo. Como si, por un instante, necesitara hacerse menos, achicarse un poco, rendirse ante la vastedad líquida que la espera. Y entonces, pero solo entonces, sorbe, con movimientos pausados que hacen cosquillas en el espejo del tajamar.
Yo la miro, siempre sin moverme, desde algún tronco o desde el pasto. Porque sé que si me acerco, si tan solo piso mal una rama, todo se rompe. No el agua. No el silencio. Ella. La magia.
Porque Elektra, que tiene más fuerza que una topadora (y más peso también, aunque no lo sepa) cree que debe pedirle permiso al mundo para existir.
Y cuando bebe, lo pide con las orejas.
4) La escarcha y los pájaros
Esta mañana el campo era todo un susurro helado. El sol apenas se insinuaba, y la escarcha traviesa, minucios, había bordado su manta con hilos brillantes. No sobre la tela lisa, no. Se prendía justo en las costuras, en esos relieves mínimos donde el agua se aferra a lo que no es plano, como si buscara un lugar secreto para hacerse joya.
Elektra estaba quieta, inmóvil como una estatua tibia. Pero apenas el frío le mordió la piel por entre los dobleces, un escalofrío le recorrió el cuerpo, desde la cruz hasta las nalgas, como una caricia que nunca pidió. Breve, casi invisible. Apenas una ondulación sorda que bajó por su espina como una ola tímida.
Yo no lo habría notado -yo, que a veces la miro sin verla- si no hubiera sido por los pajaritos.
Siempre hay pajaritos en su lomo. Un par. A veces tres. Pequeños, confiados, dormidos sobre su calor como quien duerme en la rama más viva del mundo. Pero esa vez, el temblor los sobresaltó. Dieron un salto mudo y con un aleteo blando se fueron a otro lugar. Tal vez a la viga del galpón, tal vez al lomo de alguna vaca menos sincera.
Elektra los miró irse sin moverse. Quizá ni se enteró. Quizá para ella, los pájaros sean parte del paisaje, como el aire, como el pasto que le roza el belfo al caminar.
Pero yo vi el temblor. Y vi a los pájaros. Y vi cómo el frío puede atravesar incluso la piel de un animal enorme, valiente, una bestia que se cree mariposa.
5) La vieja herida
Hoy Elektra cojea. No es que se haya golpeado ni que el suelo esté más duro que de costumbre. Es esa vieja herida, la de su juventud impaciente, la que a veces regresa sin llamar, como el eco de un susto mal curado.
Su andar se aploma, se vuelve tierra. Cada paso es un pacto con el dolor. No lo dice, no se queja pero lo sé. Porque la leo. Porque baja la cabeza como si la dolencia fuera de toda ella, y acompaña con el cuello ese gesto exagerado, ese vaivén que le da dignidad al tambaleo.
A cada paso su mano duele. Duele al apoyar, duele al levantar. Sin embargo, no se detiene. Porque Elektra, aunque sepa detenerse por miedo, nunca se detiene por pena.
Yo la sigo con los ojos. La acompaño en silencio, sin hacer ruido. No quiero ofrecerle lástima. Solo respeto. Esa forma suya de seguir andando aunque duela, aunque el cuerpo le diga basta, me conmueve más que cualquier galope.
No se queja, no, pero el campo llora. Las hormigas detienen su fila, las calandrias callan. El viento, incluso el viento, sopla más despacio. Como si todos supiéramos que algo en ella, algo antiguo, algo sagrado, hoy duele.
6) El sol entre sus crines
Hoy Elektra es toda sol. No lo digo por el cielo limpio ni por el calor en el lomo, lo digo por ella. Porque el sol, hoy, brilla entre sus crines y las pinta de azul. Azul profundo, como el de las alas de algunos insectos sagrados, como el de las flores que solo nacen donde nadie pisa.
La sangre le corre el cuerpo con brío. Lo sé porque relincha, fuerte, con esa vibración alegre que me llena el pecho de campanas. Me ha escuchado agitar el balde, ese sonido de promesa, y viene. Viene como puede, como quiere, como se le da la gana. Saltando, volando, coceando el aire.
No sabe cómo decirme que está feliz y decide decirlo con todo el cuerpo. Con cada músculo que le estalla en danza, con cada fibra que no cabe en sí misma. Me atropella su emoción. Me llena de patas y de viento y de ojos brillantes que no pueden esconder lo que sienten.
Y el mundo la mira, asombrado.
Porque ella, Elektra, se lo recuerda al campo, a los pájaros, a las vacas distraídas, a mí: ¡Soy yegua de salto! ¡Soy imponente! ¡Y aunque el tiempo me haya dibujado sus marcas, no me quitó el don!
Hoy el día es ella. Y yo soy el balde.
7) Elektra duerme
Elektra duerme gigante, pero pequeña. Un pliegue del mundo arropado de luna. Recostada en el piso, con las patas dobladas como un ciervo que sueña con correr antes de haber nacido. Su crin desordenada cae como un río lento sobre la tierra. Y ronca. Ronca como roncan los ángeles, con ese murmullo leve que parece decirle al universo «estoy bien, no me mires, estoy bien».
Y lo está. Nada hay más hermoso en el cosmos que una yegua tan inmensa, tan poderosa, durmiendo así, rendida, confiada, despreocupada, sabiéndose fuera de peligro. Sabiendo, sin pensarlo, que no es presa, que es feliz.
Y yo también, porque la veo dormir.
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