S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Siempre llevo un reloj, sí. Pero no para consultar la hora porque esas cifras insignificantes, colmadas de digitaciones consensuadas, no me conciernen. Lo llevo como quien porta una herida visible, una fractura medible, una forma de decir que he comprendido que todo lo que soy está hecho de lo que no retengo.

Una forma de gritar que, absolutamente todo, está constituido de tiempo. Pero no de un tiempo pleno, domesticado, progresivo, no, sino de un tiempo sombra, un tiempo que se pliega, se repliega y que se escapa, que no se deja habitar sin pérdida.

Todo lo que amo, todo lo que temo, todo cuanto me confirma como un ser deseante y fragmentado, no es otra cosa que una metonimia del tiempo que no he vivido, la parte de ese todo que aún no me ha llegado, el gesto que reemplaza al sentido.

Y ahí mi reloj no mide. Marca la ausencia y lo uso como quien acepta el límite, como quien ha comprendido que no hay ser sin pérdida, sin identidad, sin retardo.

Cada mañana elijo uno, el que más se aproxime a la cadencia con la que se me deshacen los días. Porque tengo muchos, demasiados. Casi tantos como formas imaginables de vivir un instante. Y cada uno es un intento, mi intento, de atrapar lo inasible, la máscara del tiempo que me habita y que se me escapa.

En el fondo, el reloj no es en mí un objeto sino una condición, un artefacto con apariencia de precisión que declara lo imposible: la ilusión de que el tiempo puede contenerse, la creencia de que lo vivido puede nombrarse, el pensamiento mágico de que el deseo puede fragmentarse en intervalos regulares.

Pero el deseo no transcurre, hiende. No avanza, repite. No se alcanza, se encarna en la imposibilidad misma de ser colmado.

Por eso el reloj me acompaña. No como instrumento sino como testigo. No como medida, sino como resto, un resto que late, como una palabra que no encuentra lugar en la frase, como el amor que no fue o el que aún no ha sido, como un otro yo que nunca será del todo.

Tal vez por eso lo llevo. Porque no imagino forma más precisa de decir que estoy aquí que aceptar, desde la muñeca, que nunca llego del todo.

Posted in

Deja un comentario