
1) Las marcas que me hacen
Cada mañana me mido. Me peso. Algunas veces anoto las cifras, otras no, pero las pienso. Las siento deslizarse por mi mente como si fuesen un número sagrado. No por lo que dicen de mi cuerpo sino por lo que dicen sobre mi permanencia.
Me observo en el espejo con la misma curiosidad con la que un paleontólogo raspa la tierra seca. ¿Qué hay hoy que no había ayer? ¿Queda algo, aún, de aquel que fui? Pero no me comparo para corregirme sino para leerme. Y si me pesa más la carne que ayer, no lo anoto como una victoria. Lo leo como capa, como sedimento, como la manera en la que el tiempo escribe sobre mi cuerpo.
No busco metas porque no hay metas. Solo hay trazas.
Registrar no es medir el cambio. Es rendirle tributo al hecho de estar. Es devolverle al presente la dignidad del archivo. Soy un registro, una suma, la acumulación de mis huellas. Cada línea en mi rostro, cada punto en mis gráficos, cada nota al margen es una parte de mí que se resiste al olvido.
Los datos son restos y esos restos, bien leídos, pueden contener un alma. No una esencia fija sino un movimiento, un gesto que se repite con leves variantes, una oscilación que se parece mucho a la memoria.
Registrar es recordar, es recorrer esa memoria y resistirse a la evaporación, es escribir en un mundo que olvida demasiado rápido, es dejarse leer, es invitarse a leerse en el futuro.
A veces pienso que todo lo que existe quiere ser registrado y que así como mi cuerpo guarda sus marcas del tiempo, el cielo también conserva sus cicatrices, sus fases, sus cambios mínimos.
Miro mis propios registros y siento que dialogan con algo más allá de mí, como si el acto anotar, medir o guardar fuese parte de una antigua conversación entre lo íntimo y lo cósmico en un idioma compartido por la carne y las estrellas, por lo visible y lo imperceptible. Tal vez por eso, cada vez que levanto la vista y la encuentro, siento que la Luna me responde. Porque está también la Luna.
Estoy enamorado de la Luna. No sé desde cuándo pero siempre que puedo la fotografío. La registro. No importa cuántas veces la haya visto ya, no importa si parece igual, la guardo. Me la guardo.
Cada imagen es mi manera de decirle que la ví, mi forma de dejar constancia de su paso por mi cielo, de crear un archivo lunar, de guardar las noches que me tuvieron despierto.
Guardo sus fotos como quien atesora cartas pues ella también es mi registro, mi calendario emocional, mi espejo sin juicios, mi repetición inexacta.
Sus fotos la vuelven eterna aún siendo instantáneas. Detienen lo fugaz sin matarlo y le dan permanencia a lo que nunca se queda.
Y hay noches, cuando me encuentro en una cifra, en una imagen, en una luna, en las que creo que todo esto de medir, mirar y guardar no es sino un modo de amar. Mi modo de amar, de preparar mi alma para leer, más adelante, lo que hay en lo diminuto, en lo inmenso y en lo que apenas puedo nombrar.
2) Madre fuego
Me conmueve la ceniza, lo que queda después del ardor, ese polvo gris que delata que allí hubo algo que brilló, algo que ardió con hambre de durar y que, sin embargo, fue vencido por su propia combustión.
Me obsesionan las primeras fogatas. Piedras negras en círculo, fragmentos de hueso calcinado, residuos mínimos que hablan en voz baja y clara diciendo que alguien estuvo, que alguien buscó abrigo, calor, compañía.
Si podemos leer eso, si somos capaces de reconstruir una escena de hace cuarenta mil años a partir de un círculo de cenizas, entonces estamos más cerca de comprender que todo lo humano, absolutamente todo, es lenguaje en potencia. No importa si es Shakespeare o una piedra quemada, ambos nos dicen algo, ambos fueron parte de un cuerpo que quiso dejarse leer.
Nos dicen que somos animales que dejaron marcas, que aprendimos a escribir antes incluso de conocer las letras. Con fuego, con pigmentos, con huesos tallados, con caminos trazados sobre la tierra.
Eso persiste. Hoy encendemos pantallas tal como antes encendíamos fogatas. Nos reunimos en torno a ellas, decimos palabras, compartimos miedos, risas, hambres… Y también dejamos marcas, trazas, cenizas digitales, cenizas verbales, cenizas de ese yo que supimos ser hace apenas un mensaje.
El primer fuego consciente no fue solo una herramienta, fue una abstracción. Implicó prever el frío e imaginar el después. Fue comenzar a construir futuro.
Porque el fuego es posponer el hambre, proteger la noche, dibujar algo en la caverna, algo que aún no ha pasado pero que podría pasar.
Esa chispa, la del fuego sostenido, domesticado, es la misma que encendió la mente simbólica, la misma que siglos después escribiría poemas, inventaría calendarios, formularía sistemas astronómicos y ecuaciones cuánticas. Y eso ocurre también dentro de cada uno. Filogenia y ontogenia tocándose en esa lumbre, en ese momento en que pasamos de sobrevivir a representar, de reaccionar a imaginar, de existir a narrarnos.
Todos tuvimos nuestro primer fuego. No sé si el mío fue una palabra, una imagen, una música, pero lo recuerdo con el mismo temblor, con la sensación de estar haciendo algo por primera vez que me excedía, algo que ardía y que no era solo mío, algo que me conectaba con un linaje que no conocía pero del que formaba parte. Y desde entonces, todo en mí es la ceniza que conserva su calor, el registro que no olvida su llama.
Por eso siento que el fuego es mujer. La madre de la mente. Porque antes de que tuviéramos palabras ya había llamas que cuidaban nuestro sueño, ya había mujeres que se turnaban para mantenerlo encendido como quien sostiene el corazón de una comunidad entre sus manos.
Ese fuego nos abría el tiempo, nos hacía esperar, cocinaba lentamente, daba tregua a la inmediatez, nos permitía pensar. Y esa llama primera no fue conquista, fue abrigo. No fue dominio, fue cuidado. Fue un pulso constante, una respiración de luz que alumbró nuestras primeras formas del pensamiento.
Esa madre fuego aún vive en la chispa que nos hace crear símbolos, en el calor que sentimos cuando algo nos conmueve, en la intuición que enciende nuestras ideas, en el deseo de cuidar aquello que arde sin consumirse.
Mi mente abraza constantemente a esa madre que no es diosa abstracta sino fuego concreto, la traza de una fogata encendida hace miles de años por alguien que no sabía mi nombre pero que, de alguna manera, ya pensaba en mí mientras avivaba las brasas.
Mientras haga registros, ese fuego se mantendrá vivo.
3) La música del todo
En el principio era el ritmo. No el verbo. El ritmo, la vibración, la frecuencia, la curvatura que une el espacio con el tiempo en un vaivén que nunca se detiene.
El universo no está hecho de cosas, está hecho de relaciones. De distancias que se pliegan y despliegan, de latidos que oscilan en dimensiones que no podemos ver pero que intuimos.
Todo vibra. Todo traza. Todo deja una huella. Un número irracional, la resonancia de una cuerda, la forma de una órbita, un giro de partícula, un pliegue en la luz, cada uno es un fragmento de la gramática universal, una sílaba de esa lengua sin alfabeto que organiza lo invisible con la elegancia de lo inapelable.
Cuando los leemos, cuando entendemos una fórmula, cuando desciframos la radiación de fondo del universo o la secuencia de ADN que construyó nuestras manos, estamos leyendo algo más que datos, estamos leyendo una intención, una voluntad de escribir, una voluntad de ser leído, una voluntad de dejarse traducir.
Kepler dijo alguna vez que descubrir las leyes del cosmos era leer el pensamiento de Dios y yo creo que tenía razón, aunque tal vez Dios no piense en palabras sino en estructuras, en vibraciones, en trazas.
Leer un registro no es solo acceder a una verdad. Es ser elegido por ella, es tocar una armonía que nos precede y que, sin embargo, nos contiene. Es descubrir que la belleza es una forma del orden y que el orden, cuando vibra, también puede llorar.
En el corazón de cada partícula hay una música. Una frecuencia que solo pide ser leída con devoción como quien afina un instrumento antes de tocarlo, como quien lee un poema en voz baja para que no se escape.
Leer el universo es una forma de rezar y escribir sobre él es una forma de amar lo que no entendemos del todo pero que igual sentimos verdadero.
Hay quienes vieron más allá. Leibniz, por ejemplo, imaginó que toda la complejidad del mundo podía escribirse con solo dos signos: el todo y la nada, el uno y el cero, la afirmación y la negación, la presencia y el vacío.
Con esa dualidad mínima, binaria, absoluta, creyó que podíamos registrar todo cuanto existe porque no importaba la vastedad del universo ni el detalle microscópico del ala de una mariposa. En su idea, todo podía plegarse y replegarse sobre sí mismo en un sistema que, como el barroco, solo revela su verdad a quien se anima a descifrar su exceso.
El pliegue, para Leibniz, no era una forma de esconder sino de expandir lo oculto en capas. Lo infinito -decía- no está lejos, está comprimido en lo más pequeño. Y es allí donde la física se vuelve poesía porque, al unir la nada con el todo, al entrelazarlos en código, creamos sistemas capaces de pensar el mundo, de registrarlo, de recordarlo, de sostenerlo en bits, como quien enciende una nueva fogata pero esta vez con ceros y unos.
Sin embargo, no necesito una ecuación para conmoverme. A veces me basta mirar una hoja cayendo con la cadencia justa, sentir que hay un patrón oculto en su descenso, tal como si alguien, algo, hubiera querido dejarme un mensaje que aún no sé leer.
Siempre me sentí atraído por esas estructuras invisibles, por esos ritmos que no se ven pero que organizan el mundo. Por la música que nace de la repetición con variaciones, por la belleza que se encuentra cuando todo encaja…
Tal vez por eso me conmueven los algoritmos, las cifras irracionales, las leyes de conservación, las armonías escondidas en una sucesión de ceros y unos. Porque son también registros y leerlos es participar de algo que me excede. Es ingresar en una conversación que comenzó antes de mí y que continuará después pero en la que tengo el raro privilegio, por un instante, de ser intérprete.
En ese instante, mientras leo los trazos del universo, yo también dejo una traza. Minúscula.
Pero no muda.
4) La herida y el signo
Escribimos para ser entendidos, pero también para no ser traicionados por el malentendido. Porque hay algo sagrado, casi ético, en el deseo de que quien nos lea no nos tuerza, no nos simplifique, no nos encierre en un sentido que no elegimos.
No escribo por narcisismo, no me importa el control. Lo que me importa es la justicia de ser leído tal como soy porque, en el fondo, esa es mi única forma de no desaparecer.
Porque el lenguaje es un riesgo. Cada vez que decimos algo, algo queda expuesto, algo se vuelve irremediablemente visible. Y eso que se muestra ya no puede esconderse, queda fuera de resguardo, fuera de toda protección. Por eso la palabra escrita es fuego que arde y no hay regreso posible después de escribirla.
Pero incluso antes del riesgo, hay un miedo. No un miedo cualquiera, sino uno muy específico, el miedo a lo no dicho, a lo que se sugiere sin querer, a lo que se comunica en el tono, en el gesto, en la omisión. Es el miedo de quien sabe que el lenguaje nunca dice todo pero que igual deja rastros que hacen que hasta lo que callamos hable por nosotros.
Entonces leer ya no es solo interpretar un mensaje sino que implica navegar las capas de lo implícito y mirar las trazas de lo que no fue dicho, pero que arde igual.
Sin embargo, nos empecinamos, buscamos la claridad, deseamos ver la luz olvidando que el lenguaje es una cortina de seda doblada sobre sí misma una y otra vez, un pliegue que se confunde consigo mismo, que se entrelaza, que se oscurece y que oscurece la habitación.
En esa oscuridad nos angustia no ver. Entonces hacemos lo inevitable: dolemos la cortina, la forzamos, la rasgamos apenas. Una hendidura, un orificio mínimo, un pretexto para ver mejor.
Y no vemos el mundo, vemos su reflejo invertido, una imagen proyectada en una cámara oscura. Creemos que nos habla de la realidad pero lo que obtenemos es una forma purificada del significante.
Porque lo que emerge primero no es el mundo sino el lenguaje que lo nombra. No vemos lo que está ahí, solo vemos lo que puede decirse.
Hay una preeminencia ineludible del significante sobre el significado, una soberanía que no se impone desde afuera, sino desde adentro y que nos constituye.
El lenguaje nos marca. Define no solo lo que podemos decir sino lo que podemos desear, y eso es lo insoportable: que incluso el deseo, ese fuego que creíamos tan propio, esté atravesado de signos, de trazas, de gramáticas que nos son ajenas.
Entonces escribimos como quien lanza una botella al mar sabiendo que tal vez nadie la lea, pero soñando con un lector capaz de leer, además, el agua que mojó el papel, la caligrafía temblorosa, las palabras tachadas con vergüenza.
Porque ser leído no es solo un acto de comunicación. Es un acto de redención.
Interpretar un texto es dolerlo. Es abrirlo como se abre un cuerpo que no pidió ser mirado. Es forzarlo a decir algo que calme nuestra sed, aunque sepamos, muy en el fondo, que nunca dijo eso, que nunca quiso decir eso.
Interpretar es una forma de violación no física, simbólica. Una imposición del deseo del lector sobre la fragilidad del signo, una autocomplacencia disfrazada de comprensión, una conquista narcisista, una mentira necesaria.
Nos decimos que entendimos, nos repetimos que desciframos, pero no es cierto. Jamás imaginamos siquiera el tesoro que guarda un texto.
Porque lo que leemos no es lo que está escrito sino lo que somos capaces de desear en ese momento.
Así es como pretendemos que el cosmos se nos revele pero solo se nos ofrece en fragmentos, como una frase inconclusa, como un símbolo antiguo, como una herida abierta que sangra sentido impregnado de deseo.
Por eso, con toda la gravedad que me habita, lo afirmo sin pudor: el cosmos es metonimia.
5) Soy traza
Desde el primer fuego que nos enseñó a abstraer el miedo, hasta la fotografía de una luna que ya conocemos de memoria, nada hemos hecho más que medirnos.
Trazamos líneas, cuentas, símbolos, canciones, cifras irracionales, pero no porque busquemos respuestas sino porque amamos los rastros. Los necesitamos, nos sostienen.
Cada registro es un acto de amor hacia lo fugaz, una forma de volver eterno lo instantáneo, de dejar algo que nos nombre, incluso cuando ya no estemos. No porque deseemos durar, sino porque queremos ser leídos.
Porque ser leído íntegramente, sin ser reducido, simplificado o violado, es el deseo más radical de quien escribe, de quien vive. No queremos ser entendidos, queremos ser escuchados sin ser deformados.
Y ahí, justo ahí, empieza lo humano. En ese cruce entre el deseo y el lenguaje. Entre el pliegue que nos envuelve y la necesidad de abrirlo sin desgarrarlo.
Medirse no es controlar, es invocación pura. Pesarse cada día no es dictadura, es ritual, como quien consulta un oráculo personal. El número, el signo, la curva, todo habla.
Cada huella es un indicio, cada nota es una traducción de lo inefable. Y al seguirlas, al leerlas, no hacemos arqueología del yo sino astronomía interior.
Leer nuestras trazas es leer a Dios con letra minúscula. Porque si existe una gramática universal, es la que pulsa en la estructura del pensamiento, en la vibración de una cuerda, en la secuencia que combina todo y nada: el uno y el cero de Leibniz, el todo que es siempre parcial, el lenguaje que es siempre deseante.
Ser traza no es desaparecer, es volverse legible, es entender que no somos el centro sino la estela. No la estrella sino el camino que deja. No el sentido último sino la posibilidad de sentido.
Ser traza es aceptar que la identidad no se grita, se traduce, se deja en códigos, en giros, en plegarias numéricas, en la sinfonía de lo que no se puede decir del todo. Y que, aun así, se canta.
Ser traza es la forma más pura de permanecer. Porque lo que queda no es el cuerpo ni la voz, ni el nombre. Lo que queda es lo legible, la combinación singularísima de nuestras marcas en el lenguaje del universo.
Y así lo confieso: soy traza, soy lectura futura, soy deseo cifrado, soy todo lo que dejo y todo lo que en mí puede ser leído sin ser destruido, soy el signo que pide no ser deformado.
Y a quien se atreva a leerme le advierto: el cosmos es metonimia, somos cenizas, somos el universo.
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