
No se trata de nostalgia, no es que quiera volver al pasado pues no extraño el zumbido de los módems ni la estética dura de las primeras páginas web. Pero sí hay algo de aquellos años, de mucho antes, incluso, que echo de menos, o mejor dicho, que aún necesito.
Hubo una época, antes de que existieran los íconos, en la que escribir en una computadora significaba trabajar con comandos invisibles. En los viejos procesadores de texto de los años ochenta (WordStar, WordPerfect) no se seleccionaba una palabra para ponerla en negrita, se escribía un código especial antes y después. Lo mismo ocurría para las cursivas o el subrayado. Nada era inmediato pero todo era comprensible. El texto era texto, y lo que no era texto era instrucción. No existía la ilusión de que el contenido y la forma fueran una sola cosa. Había una estructura, y esa estructura estaba a la vista.
Más tarde, con la llegada del diseño web, esa lógica continuó. Crear un sitio para Internet significaba abrir un archivo en blanco y construir línea a línea, palabra por palabra. Si quería que algo estuviera en un color distinto, escribía el código para eso. Si deseaba que un título apareciese más grande, también lo definía. Nada sucedía sin que yo lo dijera. Y lo que decía, sucedía.
Ese orden explícito era -y es- profundamente reconfortante para mí. No porque yo sea amante del control por sí mismo sino porque necesito entender cómo están hechas las cosas para poder habitarlas sin ansiedad. Necesito ver la estructura para confiar en ella, necesito que lo que ocurre tenga una correspondencia directa con lo que lo produce.
Hoy, en cambio, la mayoría de las plataformas digitales me invitan a hacer las cosas de otro modo. Me ofrecen «facilidades»: botones, íconos, asistentes visuales que prometen «hacerlo todo por mí». Pero para mí, que necesito comprender los procesos internos, esa supuesta facilidad se transforma en confusión pues ya no veo qué ocurre cuando hago clic, ya no sé qué línea llama a qué acción, ya no puedo anticipar ni revisar lo que hay debajo.
Y lo más extraño, lo más doloroso, es que incluso los símbolos que deberían ser claros, como un ícono, vienen con un texto que explica qué significan. Como si el dibujo no alcanzara, como si la imagen fuese una promesa fallida. Eso me resulta profundamente incoherente. ¿Por qué usar un símbolo si hace falta traducirlo con palabras? ¿No era precisamente esa la función del símbolo, la de condensar un sentido sin palabras? Me desconcierta que una interfaz gráfica se construya sobre metáforas rotas porque ¿qué clase de lenguaje necesita traducción para sí mismo?
Para mí, que necesito que las formas y los sentidos se correspondan sin contradicciones, eso es como aceptar que el mundo está hecho de oxímorons, y mi mente no puede descansar en esa ambigüedad.
No estoy diciendo que todas las personas tengan que pensar como yo. Solo digo que, para algunas personas, trabajar desde cero no es una excentricidad ni un capricho sino una forma de sostener la coherencia, una manera de respirar hondo en un entorno legible, de construir no solo contenido sino sentido.
Quiero un presente donde quepamos también quienes necesitamos transparencia, paso a paso. Un presente donde entender no sea un lujo, sino una posibilidad. No pido volver atrás. Pido seguir adelante, pero sin que me tapen los ojos.
Deja un comentario