S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

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El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.

Sobre signos, anonimato y poder en los espacios de trabajo 1

Hay gestos que no se gritan pero estallan. No hacen ruido pero ensucian. No dejan heridas visibles, pero algo, algo profundo, se desplaza de lugar en quien los recibe. Entre esos gestos, el escupitajo es uno de los más antiguos y significativos en la historia de la humillación. No porque tenga peso simbólico en sí mismo, sino porque concentra una carga visceral de desprecio: es lo que el cuerpo expulsa cuando algo le resulta intolerable. Y cuando esa expulsión se dirige a lo que el otro toca, habita, usa, cuida, lo que en realidad se está escupiendo es la existencia misma del otro.

No importa tanto si la saliva alcanza un objeto personal, una herramienta de trabajo, un asiento, un cuaderno o una taza, la carga simbólica es la misma.

Escupir es negar humanidad sin necesidad de hablar. Es un gesto de anulación. Pero lo que más inquieta de estos actos no es su tosquedad sino su elección del silencio. Se ejecutan a escondidas, en ausencia, con la garantía de no ser vistos. Y ese anonimato no es casual, es estructural. Porque estos gestos necesitan del anonimato para conservar su poder.

Solo en la oscuridad del acto se sostiene la asimetría. Quien escupe lo hace para que el otro sepa que fue escupido pero no pueda saber quién lo hizo. No se trata de un enfrentamiento. Es un mensaje sin firma. Un correo sin remitente. Una violencia sin sujeto.

Y, sin embargo, hay un emisor. Siempre lo hay. El escupitajo no brota del azar ni de la naturaleza. Es una decisión simbólica que requiere tiempo, oportunidad, cálculo. Es un signo destinado a producir una lectura perturbadora: «alguien te desprecia y no podés hacer nada al respecto».

Y ese signo produce un efecto: la inquietud. Una fractura en la percepción del entorno. Una sospecha que no tiene objeto claro pero que se propaga, como se propaga el olor rancio de lo oculto.

¿De dónde nace esta necesidad de dañar sin nombrarse? En muchos casos, de la imposibilidad de sostener una confrontación. Pero en otros (y esto es más grave), de la seguridad estructural que da el anonimato cuando se lo combina con cierta posición simbólica de poder. Quien escupe sin ser visto puede estar tan integrado al tejido del grupo que su violencia pasa por “broma”, “exageración”, “reacción” o directamente, por invisible. Y esa impunidad semiótica es lo que perpetúa el acto.

Lo que escupe no es solo un individuo. Escupe un sistema de sentidos que habilita a ciertas personas a usar su rabia como herramienta de jerarquía. Escupe una lógica de poder donde quien escupe puede hacerlo sin consecuencias, y quien es escupido sabe que denunciarlo le hará parecer un ser exagerado, paranoico, inestable.

Porque, en última instancia, el escupitajo no busca dañar el objeto sino corroer el lugar simbólico del otro. Cuestionar su derecho a estar ahí. Convertir su cuerpo y su presencia en algo que molesta. No con gritos, no con insultos: con secreciones.

Y eso también es política. Es política en su versión mínima, escondida, artera. Es poder sin discurso. Es violencia semántica sin palabras. Es una batalla por el sentido en la que el cuerpo del otro, o aquello que representa su estar en el mundo, se transforma en campo de disputa.

¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo se repara lo que no se puede señalar sin quedar expuesto a la burla, la minimización o el descrédito?

Tal vez la única respuesta posible esté en la relectura del signo. En la resignificación activa. En decir lo que no se quería que se dijera. En devolverle al gesto su carga política, negándole el privilegio de la invisibilidad. En rechazar la lógica del miedo sin entrar en la lógica del odio. En no devolver escupitajos sino espejos.

Porque quien escupe a escondidas no solo desprecia: también teme. Sabe que su gesto no resiste la luz. Que su poder es mínimo y su lugar, frágil. Que necesita agredir lo pequeño para no enfrentarse a lo grande: su propio vacío.

Y ahí, quizás, la asimetría se invierte. Ahí el escupitajo anónimo revela menos sobre la víctima que sobre quien lo emite. Lo que ensucia no es al otro, sino al que se oculta.

Por eso, frente a estos gestos bajos, no hay que agachar la cabeza. Hay que nombrarlos. Darles forma. Extraerlos del barro del anonimato y exponerlos como lo que son: signos torpes de una jerarquía fallida.

Y entonces sí, limpiarse. No porque duela el gesto, sino porque vale la pena el lugar que se ocupa. Y nada, ni la saliva de otro, ni su rabia sin rostro, puede hacerme más pequeño que eso.


  1. Este texto surge como respuesta casi visceral a una situación específica que viví en la Orquesta Filarmónica de Montevideo cuando un colega, un músico, un «artista», decidió escupir mis pertenencias porque -presumo- no supo encontrar mejor modo de comunicar sus ideas. ↩︎

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