S. Basaldúa

Miradas desde las divergencias

Tabla de contenidos

El revés de la trama

(sobre cosmos y cenizas)

Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.



Sobre mí


  • No puedo recordar con exactitud -imagino que nadie podría- cuándo nació mi fascinación por la astrofísica. Es muy probable que haya comenzado antes de que yo siquiera tuviese las palabras suficientes para nombrarla, antes incluso de comprender qué era una estrella, una galaxia o el mismo tiempo. Tal vez empezó una noche cualquiera, en una casa de altos en Piedras Blancas, mirando cómo desaparecía lentamente el puntito blanco de un televisor antes de que alguien nos lo intentara robar.

    Mis padres nos mandaban a dormir, naturalmente, y nosotros obedecíamos con esa obediencia negociada que caracteriza a la infancia Ya estábamos en el dormitorio, sí, pero antes de disponernos a terminar el día permanecíamos unos segundos (o, tal vez, minutos) frente al aparato apagado. Mis hermanas y yo esperábamos el ritual final, el instante último, la desaparición definitiva del pequeño puntito blanco en el centro de la pantalla.

    Nadie nos explicó jamás qué era aquello, pero tampoco nadie necesitó hacerlo. El televisor no parecía verdaderamente apagado mientras existiese todavía algo visible en su pantalla. Mientras quedase luz, quedaba presencia y el aparato seguía siendo una especie de puerta entreabierta hacia otro sitio. El puntito era un universo en retirada.

    Competíamos para ver quién lograba distinguirlo durante más tiempo, aún cuando no había forma de verificarlo. No existía medición posible, todo dependía de la confianza. Si alguien decía «todavía lo veo», los demás debíamos decidir si creerle o no.

    Hoy comprendo que aquel juego infantil no trataba sobre la agudeza visual sino sobre la edificación de los vínculos. Era una ceremonia diminuta de cohesión social, un pacto, una forma de permanecer juntos unos instantes más antes de dormir, y también entiendo ahora la enorme importancia de que nuestros padres nos permitieran hacerlo.

    Podrían habernos apurado, podrían haber impuesto la eficiencia adulta sobre aquella liturgia absurda y aparentemente inútil, pero no lo hicieron. Nos dejaban contemplar el final completo del fenómeno y demorarnos en el borde mismo de la desaparición. Eso, aunque entonces nadie pudiera saberlo, era una forma más de amor.

    Con los años aprendí que aquel puntito blanco no era magia ni agonía. Era fósforo persistente, el colapso del barrido electrónico de un CRT, un resto de energía que se concentraba en el centro de la pantalla antes de extinguirse definitivamente. Entendí los haces de electrones, las bobinas de deflexión, la persistencia fosfórica, los tiempos de descarga. Aprendí sobre sincronismos, las señales analógicas y los barridos rasterizados. Comprendí por qué ciertas luces demasiado intensas se convertían en manchas negras en las cámaras de tubo cuando la materia electrónica se saturaba y se volvía incapaz de representar el exceso. Pero nada de ese conocimiento logró jamás destruir el misterio. Al contrario, lo volvió más profundo.

    Porque descubrí que las estrellas hacen exactamente lo mismo. Las estrellas tampoco desaparecen instantáneamente. Persisten, dejan remanentes. Nebulosas, enanas blancas, pulsos de energía y ecos gravitacionales. Hasta cuando ya no existen, su luz sigue viajando durante millones de años.

    Hoy noto que hay algo brutalmente parecido entre una estrella finalizando su vida y aquel puntito blanco extinguiéndose en el centro de un televisor en Piedras Blancas. Y es tal vez por eso que terminé tan obsesionado con el tiempo.

    No con el tiempo abstracto de los calendarios sino con el tiempo físico, el tiempo que deja marcas, el tiempo que degrada materiales. El tiempo que permanece visible aun después de terminado el acontecimiento que lo produjo.

    es tal vez por eso que colecciono relojes, creo, por la misma razón por la que observaba aquel punto blanco. Me fascinan, porque son máquinas que convierten el paso del tiempo en un fenómeno material. Engranajes, osciladores, rubíes, resortes, cristales, ruedas de escape, todos mecanismos que, en definitiva, resultan pequeñas cosmologías portátiles, universos diminutos intentando domesticar algo indomable.

    A veces pienso que mi amor por lo analógico proviene precisamente de ese lugar, de la incapacidad que tienen esos dispositivos para ocultar completamente el proceso.

    De hecho, lo digital simplemente cambia de estado mientras que lo analógico transiciona, se demora, respira. El disco continúa girando unos segundos después de apagado el motor, el amplificador conserva calor, las válvulas se enfrían lentamente, el CRT deja un fósforo muriendo en el centro de la oscuridad, todo conserva inercia, todo deja rastros y todo nos regala las trazas de sus propios mecanismos.

    En aquella niñez yo intuía algo importante y me daba cuenta de que las imágenes podían existir no solamente como representación sino como comportamiento físico de la materia y de la luz. Tal vez mi curiosidad científica haya nacido allí, incluso antes de aprender a leer. Al menos no en los libros ni en la escuela sino en esos fenómenos ambiguos que parecían situarse exactamente entre la física y la fantasía.

    Hoy, a mis casi sesenta, sé muchísimo más que aquel niño. Ya supe cómo funcionan los CRT, cómo nacen las estrellas, cómo colapsa un núcleo, cómo se curva el espacio-tiempo y cómo una señal electrónica puede modular un espiral para convertirla en un rostro humano reconocible. sin embargo, sospecho que sigo siendo exactamente el mismo cada vez que me descubro observando las transiciones y me conmuevo en el momento en que algo físico deja de existir lentamente.

    Todavía encuentro belleza en los rastros, aún persiste en mí esa antigua fascinación frente a cualquier mecanismo capaz de volver visible el tiempo. Y en algún lugar muy profundo sigo estando en Piedras Blancas con mis hermanas, el dormitorio en penumbras, la orden de ir a dormir, la confianza mutua y aquel diminuto puntito blanco resistiéndose a desaparecer del universo.

    El puntito contínua brillando y, mientras lo haga, aún no será tiempo de cerrar los ojos.


  • No importa que esté cerrado. Cada candado es, siempre, una pregunta abierta que no puedo evitar responder.

    No los manipulo por rebeldía, tampoco por utilidad y mucho menos por codicia. Lo que me interpela es el instante exacto en el que una materia tan sutilmente organizada declara un límite estricto y pretende, además, que ese límite sea aceptado tal como si fuese una pared natural.

    Hay personas fascinadas por los mapas. Otras por los relojes, por las lenguas muertas, por las taxonomías imposibles y hasta por las pequeñas variaciones entre dos hojas aparentemente idénticas. A mí me conmueven los candados. Porque son filosofía en estado sólido, metafísica portátil, la forma más humilde y sincera de decir «no».

    ¿Quién en su sano juicio no se asombraría de manera extraordinaria al pensar que un objeto tan pequeño es capaz de condensar una pretensión tan inmensa? Porque un candado niega, sí, pero, al mismo tiempo, con su negación afirma. Señala que algo debe permanecer separado del resto del mundo, que existe un adentro y un afuera legítimos, que la voluntad humana puede imponerse sobre la contingencia mediante un arco de metal y una combinación mecánica. Y yo, inevitablemente, invariablemente, escucho tal afirmación como quien oye una hipótesis.

    No siento deseos de destruirla, como podrían imaginar, sino deseos de conversar con ella. Es probable que sea por eso que jamás me reconocí en la idea vulgar de la transgresión propia de quien disfruta del escándalo y necesita la ruptura visible, el gesto teatral, la épica diminuta de haber desobedecido. No. Mi relación con los candados es silenciosa, casi académica.

    Los abro y los cierro desde el sosiego, buscando el trasfondo filológico que se esconde en sus mecanismos para comprender cómo piensan. Porque los candados piensan. De una manera rígida, obstinada y binaria, son verdaderos teólogos del acceso. Y mi actividad no es tanto manipularlos, aunque así se vea desde afuera, sino interpretarlos.

    Porque entiendo que cada uno nos ofrece una personalidad argumentativa distinta. Los hay soberbios, que se autoperciben inexpugnables. Otros son tímidos y nos revelan demasiado rápido sus debilidades internas. Los hay honestos, que admiten desde el primer contacto cuáles son sus reglas, y otros son tramposos, plagados de falsas resistencias y pequeñas teatralidades mecánicas diseñadas para simular una complejidad que no existe. No es fortuito, entonces, que aprender a leerlos produzca en mí un placer extraño, solo comparable al de entender un idioma desconocido sin traducción previa.

    Sin embargo, lo más fascinante ocurre después de ese entendimiento porque, una vez abierto, todo candado deja de ser promesa y se convierte en evidencia tras revelar si su cierre era sustancial o ceremonial. Y, muchos más de los imaginados, una vez abiertos no liberan nada importante. Eso torna aún más seductora la experiencia de abrirlos, cuando la clausura es más significativa que aquello que clausuraba.

    Recuerdo haber encontrado, una vez, un candado abierto en una reja de un aeropuerto. Colgaba sin tensión, tal como un órgano separado de su cuerpo exhalando tristezas difíciles de explicar. Un candado abierto, algo no vivo pero tampoco muerto sino, más bien, desalojado de su función. Por eso lo tomé, lo llevé conmigo y terminé colocándolo, horas después, en otro sitio, varios kilómetros más lejos, donde pudiese volver a ser y cerrar algo nuevo. No hubo allí una apropiación sino una restitución, no solo material sino, además, la de su dignidad, que dependía enteramente de su uso. Yo se la restablecí.

    Otra vez me encontré frente a un candado que, presumiblemente, ya no podía cumplir correctamente su tarea en el locker, poco importa si fue en un centro de salud o en el vestuario de un club deportivo. Lo importante, dada su apariencia, es que todo indicaba que abría mal o que cerraba peor pues su imagen transmitía vacilación. Nadie podrá negar que tal indecisión funcional resulta intrínsecamente insoportable, que algo profundamente melancólico se desprende de los mecanismos que ya no evidencian convicción. Así que lo soldé de manera irreversible, mientras nadie miraba, con una resina a base de cianoacrilato. Invisible e imperceptible, lo solidifiqué al instante en un acto que no fue violencia sino algo más digno, una suerte de eutanasia de la disfuncionalidad.

    En otras oportunidades supe abrir los candados que se cruzaban en mis contingencias solo para reemplazarlos por otros idénticos, nuevos, impecables, dejando intactas sus apariencias exteriores pero susyituyendo sus almas mecánicas por mecanismos joviales, sin desgastes. Reconozco allí que esos gestos me producen una satisfacción particular porque el mundo permanece visualmente igual mientras algo esencial cambia debajo la superficie, y poco importa la combinación necesaria para abrirlos cuando toda la estética pueda resumirse en la simple idea de alterar una ontología sin perturbar el paisaje.

    Se me podría acusar, obviamente, de perseguir el daño, pero jamás sentí interés por algo así. El daño es algo burdo que carece de inteligencia formal. En su lugar, lo que sí me seduce es la precisión, el ajuste, la coherencia interna entre un objeto y su idea. Por eso, más de una vez, he colocado cuidadosamente candados allí donde otras personas no lo hicieron, corrigiendo ausencias torcidas, tensiones mal distribuidas, descuidos mínimos y despreocupaciones sobre objetos mal desatendidos, pero jamás motivado por la obsesión con el orden sino por el respeto hacia la forma y la ética de las pequeñas exactitudes en un contexto plagado de límites que nadie se detuvo a examinar demasiado.

    Fueron actos de emancipación y reconocimiento. Porque me niego a confiar en los límites solo porque existan y no porque hayan sido pensados, y denuncio el lugar involuntario del candado en esa ilusión general según la cual cerrar equivale a proteger. Mi rol, quiero creer, es tocar un poco esa superficie para descubrir que casi toda seguridad humana se reduce a una convención sostenida por las costumbres y expectativas y, cada vez que puedo, le restituyo a los candados la sinceridad de su fragilidad, los libero de la eternidad y les devuelvo la resistencia. A sabiendas de que toda resistencia, si es auténtica, merece ser puesta a prueba.


  • Hay frases cuya falsedad resulta evidente apenas se las mira de frente. Otras, en cambio, poseen una arquitectura tan perfectamente verosímil que sobreviven no gracias a la evidencia sino gracias al deseo colectivo de que sí hayan sido pronunciadas. Y la música académica de los últimos años, con su combinación de prestigio intelectual, hermetismo técnico y cierto temor reverencial por parte del público general, constituye un terreno especialmente fértil para ese fenómeno.

    Entre las citas más curiosas que circulan en conservatorios, seminarios de composición y foros especializados aparece una atribuida con insistencia casi litúrgica a György Ligeti:

    «Si dominas las microtonalidades podrás transformarte en un maravilloso mediocre.»

    No existe registro alguno de que Ligeti haya pronunciado semejante frase. Tampoco aparece en entrevistas, clases magistrales ni correspondencia publicada. Sin embargo, la cita persiste desde hace décadas en conversaciones de músicos, muchas veces repetida con esa sonrisa ambigua con la que los intérpretes experimentados suelen advertir a los estudiantes sobre los peligros del virtuosismo vacío.

    Imagino que la atribución no es casual. De hecho, Ligeti reúne todas las condiciones necesarias para que una frase así resulte plausible. Fue uno de los compositores europeos más influyentes del siglo XX, profundamente interesado por la textura, la percepción y las complejidades tímbricas, sus obras exploraron densidades armónicas y desplazamientos microscópicos de altura que, para muchos oyentes, rozaron demasiado sensualmente el territorio microtonal. Además, supo cultivar un humor seco, feroz, irónico,más especialmente cuando hablaba sobre ciertos academicismos musicales. Por eso la frase parece encajar, y hacerlo demasiado bien.

    Y ese exceso de compatibilidad suele ser el primer síntoma de una apócrifa exitosa. Porque la sentencia posee algo irresistible: funciona al mismo tiempo como broma, advertencia y diagnóstico cultural. No ataca las microtonalidades en sí mismas -Ligeti jamás habría hecho algo tan ingenuo- sino la tendencia, profundamente humana, a confundir complejidad técnica con profundidad artística, confusión que atraviesa buena parte de la historia del arte moderno.

    No es algo nuevo. Cada vez que una herramienta revolucionaria aparece, surge la tentación de creer que dominar su uso y procedimiento equivale a producir la belleza, gracias a ese extraño efecto narcótico de ofrecerle al creador la sensación de estar diciendo algo importante incluso cuando no está diciendo absolutamente nada.

    Llevado al contexto de las microtonalidades, estas agregan un problema adicional desde el momento en el que impresionan, y para buena parte del público representan un territorio misterioso, matemático, inaccesible, algo que exige oídos privilegiados y conocimientos especializados. Y eso les impregna un prestigio automático que puede transformarse rápidamente en refugio para ciertas mediocridades extremadamente cultivadas.

    Probablemente eso haya ayudado a que la frase sobreviviese: todo músico conoce al menos un compositor capaz de explicar durante cuarenta minutos el análisis espectral de una obra completa peroque resulta incapaz de escribir cuatro compases memorables, y también el caso inverso, creadores técnicamente modestos que lograron despertar emociones devastadoras con recursos prácticamente elementales.

    La supuesta cita de Ligeti, entonces, funciona como una especie de vacuna contra la solemnidad. Pero no contra la investigación sonora ni contra la experimentación, mucho menos contra las microtonalidades, sino contra la pedantería, y eso vuelve todavía más interesante el hecho de que probablemente jamás haya sido pronunciada.

    Es sabido que las frases falsas más exitosas suelen condensar una verdad emocional más potente que muchas citas auténticas, y que operan como miniaturas mitológicas, relatos comprimidos que la comunidad preserva simplemente porque expresan algo que necesita seguir siendo dicho, aún cuando el origen sea ficticio. En ese sentido, resulta irrelevante determinar quién inventó realmente la sentencia. Lo importante es, en contrapartida, comprender por qué tantos músicos desean creer que Ligeti sí la dijo.

    Es probable que sea porque humaniza una figura monumental al tiempo en que introduce una ironía dulce en un ambiente frecuentemente excesivo. O porque revela un miedo secreto de toda persona dedicada al arte contemporáneo: el temor de que, detrás de capas inmensas de sofisticación conceptual, no haya nada importante para transmitir. Después de todo, convertirse en un mediocre común requiere poco esfuerzo, pero convertirse en un maravilloso mediocre, en cambio, exige estudio, becas, software especializado, terminología incomprensible y, presumiblemente, un ensamble financiado por el estado.



    Por cierto, aclaremos algo necesario. No solo Ligeti jamás dijo la frase de marras sino que nadie más lo hizo. Nunca. De hecho, necesité inventarla para poder escribir todo esto.

  • Historia involuntaria de una frase, Mozart y la fábrica de verdades culturales.

    Cada vez que intento medir mi infancia noto que, más que los juguetes -que los había, claro-, la unidad básica era el papel. El peso específico del papel.

    No recuerdo exactamente cuándo entendí que las revistas podían ofrecerme portales, pero sí recuerdo la ceremonia: mis padres llegando con fascículos bajo los brazos, el olor de la tinta y el papel, las tapas brillantes que nos ofrecían volcanes, galaxias, tiburones, autos de carreras y civilizaciones perdidas en los Andes. Eran los años setenta, una época en que la televisión empezaba a transmitir cuando ya casi había que cenar y, aún ceremonial, parecía diseñada para que no pensásemos demasiado.

    Las revistas, por el contrario, eran muy peligrosas. Nos obligaban a imaginar conexiones, a sospechar que el mundo era muchísimo más grande que el barrio, la escuela y los discursos solemnes pronunciados por hombres con uniformes tan oscuros como sus bigotes.

    Yo me hundía en aquellas páginas como quien aprende a respirar bajo el agua. Me maravillaba con minerales de nombres imposibles, mapas de corrientes oceánicas, diagramas de motores o teorías extravagantes sobre ovnis, magia o animales cuyas manchas parecían diseñadas por pintores españoles…

    Y después estaba «Muy Interesante», una revista con algo especial porque no me hablaba desde la autoridad académica pura ni desde el delirio absoluto, sino que me invitaba a habitar un territorio ambiguo en el que todo, absolutamente todo, parecía plausible durante quince minutos. Quince minutos suficientes para encender algo.

    Yo quería pertenecer a ese universo. No, o no solamente, por vanidad. Quería entrar físicamente en ese cosmos, que mi nombre y mis palabras aparecieran impresas entre esos artículos sobre agujeros negros, lenguajes olvidados o experimentos absurdos realizados en universidades soviéticas.

    Llegar a publicar algún día en «Muy Interesante» equivalía, para mí, a infiltrarse en una república secreta donde la curiosidad era la única carta de ciudadanía válida.

    Pero la vida, sin embargo, suele mostrar un sentido del humor bastante más sofisticado que mis ambiciones. Porque, con más fortuna que dedicación, logré publicar muchísimo más de lo necesario. Artículos de divulgación, análisis, ficción, en decenas de medios. Pasé años escribiendo sobre ciencia y tecnología cuando había que explicar qué era internet sin parecer un vendedor de aspiradoras, y mis palabras lograron circular por países distintos, recortadas, fotocopiadas, archivadas. Pero nunca, nunca en «Muy Interesante». Hasta que un día… llegó Mozart. O, mejor dicho, llegó una frase.

    No recuerdo el momento exacto en que la escribí -en aquel entonces internet todavía tenía algo de patio de escuela gigante y semivacío. Creábamos y modificábamos cosas por juego, por irreverencia, por aburrimiento… Necesitábamos comprobar si el sistema realmente era tan ingenuo como parecía y así, con mucha despreocupación, terminé dejando en Wikiquotes una cita que intencionalmente atribuí a Mozart:

    «La música es el único camino hacia lo trascendente

    Aún hoy me cuesta leerla sin sentir una mezcla de vergüenza y fascinación antropológica. Porque -y yo no lo sabía entonces- es una frase perfectamente calibrada para triunfar. Es solemne, vaporosa, aparentemente profunda y cuidadosamente vacía. No dice nada, pero lo hace con una cadencia y peso tales que permite a cualquiera rellenarla con sus propias nostalgias espirituales. En fin, termina siendo el equivalente verbal de una estatua blanca desenfocada bajo una lluvia lenta.

    Jamás imaginé que alguien pudiera tomarla en serio pero internet tiene esa extraña característica de confundir y amalgamar bromas y profecías, midiendo la capacidad de réplica.

    Así, con desparpajo y solemnidad, la frase comenzó a aparecer en sitios personales. Luego en foros. Después en flyers de conciertos, en cursos de musicoterapia, en festivales culturales donde, casi con total certeza, alguien pronunciaba «trascendente» con los ojos cerrados y envuelto en una bufanda artesanal.

    Y un día la encontré allí. Publicada en «Muy Interesante».

    Recuerdo perfectamente la sensación. No fue orgullo. Tampoco culpa. Fue algo mucho más raro, la percepción súbita de haber construido accidentalmente una pequeña realidad autónoma que, partiendo de una mentira mínima, insignificante y casi infantil, había desarrollado metabolismo propio. Porque ya no importaba si Mozart la había dicho o no. La frase había dejado de pertenecerme.

    Aún antes de ser publicada, había sido absorbida por esa maquinaria inmensa en la que las afirmaciones se legitiman unas a otras por mera circulación. Una cita aparece en un sitio porque estuvo en otro sitio, que la tomó de otro sitio, que la copió de otro sitio donde alguien asumió que, si estaba escrita, debía ser cierta. Y así, lentamente, una ocurrencia trivial adquierió la textura de la cultura.

    Hoy pienso que eso mismo ocurre con casi todo: las ideas políticas, tradiciones familiares, ciertos recuerdos, la autoridad y hasta con la Historia.

    De hecho, siempre imaginé que las sociedades se sostenían sobre enormes pilares de verdad cuidadosamente verificada cuando, en realidad, gran parte del edificio descansa sobre frases repetidas solo con la justa confianza.

    Y lo perturbador no es que la cita apócrifa sobreviviera sino que lo hizo porque alguien necesitaba que fuese verdadera. Mozart no importaba. La música tampoco. Solo importaba la tranquilidad emocional que producía leer una frase así y sentir, durante cinco segundos, que el universo tenía una dirección noble y elegante.

    Sin embargo, debajo de toda esta diatriba casi filosófica sigue latiendo el detalle más absurdo de todos. Aquel niño que leía fascículos sentado en el suelo terminó publicando en «Muy Interesante».

    No con una firma, no con una fotografía, ni siquiera con reconocimiento sino como lo hacen los fantasmas: infiltrándose en el sistema circulatorio del lenguaje hasta que alguien más lo replica creyendo haber encontrado un elemento importante. Y hay algo extraordinariamente contemporáneo en eso que me seduce tanto como me perturba: el anonimato que se vuelve  indistinguible de las voces autorizadas.

    Yo solo puse el fósforo. El incendio ya estaba esperando.


  • ¡qué rostro aquél que devuelve la mirada tal como una herida devuelve la mano que la toca, y acecha e ilumina el instante preciso en el que una persona descubre que tiene adentro algo roto y que, aun así, debe continuar respirando con ello!

    ¡qué manos aquéllas que no cubren sino que construyen la expresión con dedos que arrancan plegarias endurecidas por el inútil esfuerzo de contener lo que desborda desde dentro, tal como si el cuerpo hubiese comprendido, demasiado tarde, que su carne nunca logrará cerrar el abismo!

    ¡qué ojos aquellos que no miran hacia afuera sino que lo hacen desde un lugar más allá del lenguaje, un cuarto sin puertas donde el pensamiento todavía no aprendió a llamarse pensamiento y que, abiertos por el espanto de existir más que por el miedo a morir, se vuelven piedras que esperan siglos bajo tierra a que alguien las parta para descubrir que estaban huecas y que, sin embargo, brillan con el resplandor obsceno de lo que consiguió no extinguirse.

    ¡qué boca la boca ausente, que grita con un grito que no sale sino que se multiplica hacia adentro, rebota entre huesos invisibles y desgarra galerías interiores tal como una campana atrapada dentro del pecho! Las manos intentarán detener ese alarido, sí, y fracasarán, pero no por débiles sino porque pertenecen al derrumbe mismo de los dedos, cruzados como vigas de una antigua construcción incendiada: nudillos semejantes a rodillas de mendigos y uñas rotas a modo de pequeños fragmentos de porcelana humana construida con restos de un sí mismo ensamblado después de una catástrofe cuyo nombre nadie se atrevería a pronunciar.

    Así nace la belleza insoportable, allí donde el dolor no encuentra forma y, por eso, deforma cuanto toca sin pedir compasión sino reconocimiento. Como alguien que acerca lentamente sus palmas a la cara, ya no para ocultarse del mundo sino para impedir que el mundo vea que, detrás de sus ojos, el desmoronamiento es adulto desde hace tiempo.


  • Me desnombraron. Primero desde el saco, luego en la saliva y hasta en el bolsillo del tornillo que siempre estuvo para ajustar mi infancia.

    Un foco que era otro, una insistencia eléctrica que masticaba mis párpados mientras la noche se volvía baldosa y me enseñaba a estar quieto para no delatar al aire mi costumbre de hombre.

    Mi cuerpo, que ya no era mío -sindicatos de huesos con huelgas de músculos-, masticó su barro cuando le desgarraron el nombre. Y fue el desyo, el descalle, el desmadre y el desalmanaque, el dolor que no requiere grandezas sino al que una hebilla le basta, o un charco, o la gramática torcida de un otro que fue grito ajeno y propio y que jamás terminó de caer.

    Un universo pequeño que cabe en una venda, algo mal fusilado y la persistencia que migra, memoria que vuelve aunque le incendien la costumbre -ya no con ideas faltas de sangre sino con dientes, con mugre, con la tristeza metálica
    que les nace a las cucharas cuando nadie las usa.

    ¡Qué terquedad la ausencia, esa que reaparece siempre en el sitio exacto de algún abrazo con la temperatura y el impuesto de la carne que ya no tengo! Hoy me desparramo en la humedad de las paredes, en un vaso mal lavado y hasta en el ruido de un ascensor vacío a las tres de la tarde.

    Ya no estoy pero insisto. Soy el tornillo que siempre estará. Para ajustar la infancia.


  • No hay salida. Eso lo entiendo antes de entender cualquier otra cosa.

    El agua está ahí abajo, en la grieta, brillando como si el sol la hubiera puesto para burlarse de mí. Puedo olerla. Puedo oirla. Puedo ver cómo la piedra se humedece en los bordes y cómo el barro guarda la memoria de otros que sí pudieron antes que yo. Pero yo no llego. Mis brazos no la alcanzan. Mis dedos, demadiado torpes, se cierran en el aire como si pudieran agarrar la distancia.

    Si bajo, no subo. Si no bajo, no bebo.

    No tengo palabras para decir «decisión» pero siento su peso. Es como cuando el cielo se pone negro y no hay una cueva cerca: siento que algo viene y que no hay forma de evitarlo, y solo puedo elegir cómo estar cuando llegue.

    Probé con piedras. Las dejé caer e intenté escuchar una respuesta, como si el agua pudiera subir, como si yo pudiese llamarla. Pero no sube.

    Metí un palo, uno largo, otro más largo, pero se quiebran o se hunden o vuelven secos. El agua no se deja traer. El agua exige que uno vaya.

    Miro mis manos. No son garras, no son patas, pero aún no son nada terminado. Son promesa y falla al mismo tiempo. Algunas veces sirven, otras veces no. Hoy no.

    Pienso -o algo parecido, aún no sé qué es pensar- que otros ya pasaron por aquí. Veo sus marcas en la tierra, sus huellas endurecidas. No sé quiénes fueron pero sé que ya no están, y eso también es una respuesta.

    El sol sube. La lengua se me pega al paladar y el cuerpo empieza a decidir por mí. Podría irme, claro, y buscar otro lugar. Pero no hay otro lugar cerca. Lo sé porque vine precisamente buscando el agua, huyendo de la sed, del suelo roto, de los árboles sin hojas. Y este es el único brillo que he visto en muchos pasos.

    Entonces entiendo algo que no es nuevo, pero que ahora se vuelve claro como el dolor: no todos los problemas son para resolverse. Algunos son para medirse contra ellos.

    Me acerco al borde. Me estiro, boca abajo. Bajo un poco más. Siento cómo la piedra me corta el pecho. Solo un poco más. La grieta ya traga mi sombra. Si cedo un poco más de peso, si dejo de ser arriba, voy a ser abajo. Dejaré de ser.

    Imagino -pero no con imágenes sino con algo parecido a una certeza extraña- el momento en que ya no pueda volver, el instante en el que mis manos, estas manos torpes que no alcanzan, tampoco puedan sostenerm. Pero, sin embargo, sigo. Y no porque crea que voy a ganar (no sé qué es ganar) sino porque deseo dejar de tener sed. Y el agua está ahí, abajo. Eso es todo.

    Aflojo una mano, busco otro apoyo, la piedra cede un poco, el cuerpo se desliza, el corazón golpea mi pecho tal como si quisiese salir antes que yo.

    Por un instante entiendo que no soy el primero en enfrentar algo así, y que tampoco seré el último. No sé qué o quién vendrá después de mí, pero sé que habrá otros que mirarán las distancias y las querrán cerrar. Otros que encontrarán las formas, otros que inventarán brazos más largos que los suyos. Que los nuestros. Que los míos.

    Yo no tengo eso. Yo tengo esto, la grieta, el agua, la caída y una decisión que aún no tiene nombre: caer para alcanzar o quedarme entero y seco.

    Si elijo no es porque haya elección sino porque siento que quedarme quieto es otra forma de caer.


  • Irene y yo vivíamos en la casa de nuestros padres, una de esas construcciones largas, profundas, donde los pasillos parecen recordar cosas que yo preferiría olvidar. La cuidábamos con una dedicación casi ritual. Mientras yo me ocupaba de las compras y de ciertos arreglos menores, Irene tejía. Siempre tejía. Era su manera de ordenar el mundo, de sostenerlo, hilo por hilo, para que no se deshiciera.

    La casa era excesiva para dos personas, pero no nos incomodaba. Al contrario, teníamos en esas habitaciones desocupadas una calma densa, tal como si el silencio fuese una forma de compañía. Y no necesitábamos más.

    La primera vez que oímos el ruido, no fue un sobresalto. Fue más sutil, como si alguna puerta se hubiera cerrado con una decisión que no era nuestra. Irene levantó la vista y mantuvo por un instante su mirada suspendida en el aire.

    -Tomaron la parte del fondo- le dije.

    No lo discutimos. Cerré la puerta del pasillo que daba a ese sector y corrí el cerrojo. A partir de entonces, la casa se redujo, pero también se volvió más intensa. Como si cada metro perdido comprimiese el aire restante.

    Pasó algún tiempo y nos adaptamos. Irene trajo sus lanas al comedor, yo organicé los libros en una sala más cercana. Rápidamente nos acostumbramos a no pensar en lo que quedaba del otro lado. Pero no era miedo, exactamente, era otra cosa, una certeza sin forma. Sentíamos que lo que fuese que estuviera allí no podía ser enfrentado.

    Los ruidos comenzaron a repetirse. A veces como pasos, otras como un murmullo que no alcanzaba a ser voz. Los ocupantes nunca intentaban pasar la puerta cerrada. No lo necesitaban. Sabían que el tiempo jugaba a su favor.

    Una noche, mientras compartíamos un mate, el sonido vino desde el otro extremo. No del fondo, sino del ala que aún creíamos segura. Irene dejó caer una madeja, que rodó lentamente hasta detenerse contra la pared, tal como si también escuchara.

    -También han tomado esto -dije, y ya no supe señalar con precisión qué era «esto».

    Nos quedamos inmóviles. La casa o, más bien, lo que nos quedaba de ella, parecía haberse encogido casi hasta nosotros mismos. Los ruidos ya no estaban lejos. Respiraban en los marcos de las puertas, en los zócalos, en el aire mismo.

    Irene se levantó y, por primera vez en mucho tiempo, no recogió su tejido. Entonces ocurrió algo extraño.

    No fue un cambio brusco, no fue un golpe ni una irrupción violenta. Fue, más bien, un temblor imperceptible en el ambiente, tal como si algo microscópico se hubiera despertado. Un olor leve, casi inexistente, empezó a filtrarse, no desagradable, sino antiguo, doméstico: polvo, lana, humedad, piel.

    Y los ruidos se detuvieron.

    Al principio pensé que era una pausa, una espera antes de avanzar. Pero el silencio que siguió no era expectante. Era vacío. Irene me miró y noté que en sus ojos tenía una expresión que no le conocía, algo cercano al asombro.

    Desde el pasillo llegó un murmullo distinto, desordenado, quebrado. No el susurro seguro de antes sino algo errático, tal como si aquello que habitaba la casa hubiera perdido cohesión. Luego, un sonido seco, como el de una caída.

    Nos acercamos con una cautela que ya no era miedo sino curiosidad. Abrí la puerta que habíamos cerrado horas, o días, atrás.

    No vimos nada. Pero el aire era otro. Más liviano. Respirable.

    Entramos.

    Las habitaciones estaban intactas, pero algo había cambiado de manera irreversible. Sobre los muebles, sobre los marcos, sobre los objetos más insignificantes se asentaba una apenas perceptible capa de vida. Polvo, bacterias, ácaros y aquello que siempre habíamos compartido sin saberlo, que nos pertenecía desde siempre.

    Comprendimos entonces -sin saber cómo- que quienes habían venido no eran de aquí, y que no estaban preparados para enfrentar lo mínimo, lo invisible, para soportar lo que siempre había estado en la casa, mucho antes que nosotros.

    Irene pasó la mano sobre una mesa y luego la miró, como si acabara de descubrir su propia piel.


  • Informe sobre un hombre devuelto

    En el invierno de 1757, cuando el frío parecía más un argumento que un fenómeno, fue llevado ante el Consejo de Magistrados de la ciudad de Brünn un hombre llamado Mathias Heller, tonelero de oficio, de temperamento dócil y reputación irreprochable, salvo por una reciente inclinación al silencio que sus vecinos juzgaban impropia de su carácter.

    El motivo de su comparecencia no era, como se dijo en un principio, una disputa comercial ni un asunto de pendencias -que son, en tiempos ordinarios, los verdaderos motores de la justicia-, sino un relato que él mismo había pronunciado en la taberna, con voz calma, sin temblores ni exaltación, y que, por esa misma sobriedad, resultó más inquietante que cualquier delirio.

    Dijo, según consta en actas, que había sido llevado al cielo. No «elevado en espíritu» como conviene a los devotos, ni «arrebatado en éxtasis» como gustan los místicos, sino llevado, con su cuerpo entero, sus botas embarradas y el olor del roble recién trabajado todavía en las manos.

    El interrogatorio comenzó al amanecer del tercer día de su detención preventiva.
    -Decid, Mathias Heller -preguntó el magistrado principal, un hombre de nariz larga y paciencia corta-, ¿en qué momento exacto comenzó vuestra supuesta elevación?

    Mathias reflexionó antes de responder, como si temiera faltar a la precisión que, según creía, le era exigida.

    -Fue después de la cena, señor. Había tomado sopa de cebada no muy caliente.

    El escribano levantó la vista de sus papeles, molesto por la irrelevancia, pero el magistrado hizo un gesto para que continuara.

    -Salí al patio -prosiguió Mathias-, porque el aire dentro era muy pesado, yentonces lo vi.

    -¿Qué visteis?
    -Una luz, señor. Pero no como la de una vela ni como la del sol, ni siquiera como la del rayo cuando cae. Era ordenada.

    Hubo un leve murmullo entre los presentes.

    -¿Ordenada? -repreguntó el magistrado.
    -Sí, señor. No temblaba, no se agitaba, era una luz que sabía lo que hacía.

    El fiscal carraspeó, visiblemente incómodo.

    -¿Y qué ocurrió luego?
    -La luz descendió -respondió Mathias- sin hacee ruido. Como si el aire no tuviera autoridad sobre ella.

    Uno de los consejeros, hombre versado en las nuevas ideas que llegaban desde Francia, intervino:

    -¿Podría tratarse de un fenómeno eléctrico? Se habla últimamente de fluidos invisibles…
    -No, señor -respondió Mathias con una convicción que sorprendió incluso a quienes dudaban de él-, si fuese un fluido se habría derramado. Esta luz no se derramaba, se posaba.

    El magistrado tomó nota mental de aquella distinción, aunque no supo bien qué hacer con ella.

    -Continuad, por favor
    -La luz se abrió -dijo Mathias- como una puerta que no necesita bisagras. Y de ella salieron unos seres.

    El silencio en la sala se volvió más espeso que el invierno exterior.

    -¿Ángeles? -preguntó alguien, casi con esperanza.

    Mathias dudó.

    -No sabría decirlo, señor. Porque no tenían alas. Y, si me permitís, parecían mucho más interesados en mí que en Dios.

    El escribano dejó de escribir por un instante, tal como si aquella frase exigiera un tipo de tinta o caligrafía distinta.

    -Describidlos, por favor -ordenó el magistrado.
    -Eran proporcionados -dijo Mathias tras una pausa-, como hombres bien hechos, pero sin la torpeza que suele acompañarnos. Sus caras no mostraban emociones pero tampoco ausencia de ellas. Era como si supieran que no era necesario demostrar nada.

    -¿Y qué hicieron con vos?
    -Me invitaron.
    -¿Invitaron?
    -Sí, señor. No me tomaron por la fuerza pero tampoco me ofrecieron elección.

    El fiscal sonrió, satisfecho de encontrar al fin una contradicción.

    -Eso es imposible, buen hombre. O bien hay elección, o bien no la hay.

    Mathias lo miró con una serenidad que, en otro contexto, habría sido considerada insolente.

    -Señor -dijo-, cuando uno está frente a algo que lo comprende mejor de lo que uno se comprende a sí mismo, la elección pierde utilidad.

    El consejero ilustrado asintió levemente, tal como si aquella frase confirmara alguna teoría que aún no había formulado del todo.

    -¿Y entonces? -insistió el magistrado-, ¿entrasteis en esa luz?
    -Sí, señor.
    -¿Y qué hallasteis dentro?
    Mathiaa cerró los ojos, no en gesto de devoción, sino de cálculo.

    -Un lugar -dijo- donde las cosas no necesitaban sostenerse para permanecer, donde las herramientas no se usaban sino que ya estaban usadas, donde el tiempo no era necesario.

    El escribano, incapaz de seguir aquel tipo de descripción, optó por escribir: «Confusión manifiesta».

    -¿Os interrogaron? – preguntó el fiscal.
    -Sí.
    -¿Sobre qué?
    -Sobre todo.
    -Sed más preciso.
    -Sobre por qué hacemos las cosas – respondió Mathias-, sobre por qué cortamos la madera de una forma y no de otra, sobre por qué creemos que sabemos lo que sabemos…

    El consejero ilustrado se inclinó hacia adelante.
    -¿Y qué respondisteis?

    Matías abrió los ojos.

    -Lo mejor que pude, señor, pero creo que no quedaron satisfechos.

    -¿Por qué lo decís?
    -Porque al final me devolvieron.

    Hubo un murmullo contenido, casi decepcionado.

    -¿Dónde aparecisteis?
    -En el mismo patio, señor. Y la sopa ya estaba fría del todo.

    El magistrado se reclinó en su silla. Durante unos instantes, nadie habló.
    Finalmente, el fiscal rompió el silencio.

    -Señores, es evidente que nos hallamos ante un caso de imaginación desordenada, posiblemente agravada por vapores digestivos. Propongo que el acusado sea liberado con una advertencia y que se le prohíba difundir relatos que puedan perturbar el orden público.

    El consejero ilustrado, sin embargo, levantó la mano.

    -Con el debido respeto -dijo-, me permito señalar que, si bien el relato carece de fundamento en nuestras actuales ciencias, presenta una coherencia interna que no es habitual en los delirios.
    -¿Insinuáis que debemos creerle? -replicó el fiscal.
    -No, señor -respondió el consejero-, insinúo que debemos reconocer que no sabemos qué hacer con él.

    El magistrado suspiró. Aquella, pensó, era siempre la peor de las situaciones.

    Se volvió entonces hacia Mathias.

    -Decidme una última cosa -dijo-. Si esos seres regresaran, ¿irías con ellos otra vez?

    Mathias no respondió de inmediato. Miró sus manos, aún ásperas, aún humanas.

    -No lo sé, señor -dijo al fin-, allí todo era tan claro que uno dejaba de hacerse preguntas. Y, sin preguntas… -se detuvo.
    -¿Sí?
    -Sin preguntas -concluyó-, no estoy seguro de que valga la pena entender nada.

    El magistrado cerró el expediente.
    Mathias Heller fue liberado esa misma tarde. Volvió a su taller, retomó su oficio y, según testimonio de quienes lo conocieron, nunca volvió a hablar del asunto. Sin embargo, durante los meses siguientes, varios vecinos aseguraron haberlo visto salir al patio con un cuenco de sopa en las manos, esperar en silencio, y dejarla enfriar sin probarla. Como si aguardara, con una paciencia que no era de este mundo, que algo -o alguien- volviera a demostrarle que el universo, incluso en 1757, podía permitirse el lujo de no explicarse.


  • A las seis en punto, como todos los días – aunque nadie podría precisar para qué se mide la hora en un lugar donde nada ocurre-, el jefe de la cuadrilla ordenó abrir la puerta de la caseta. No por necesidad sino, más bien, por costumbre. El aire de la mañana debía entrar con la misma solemnidad con la que ellos habían aprendido a salir corriendo cuando el mundo, finalmente, decidiera arder.

    La estación no tenía un nombre visible. Lo había tenido, sin duda, en alguna época en la que los trenes se detenían allí para algo más que exhalar. Pero ahora, la pintura descascarada ofrecía apenas una inicial, una letra que cada uno de los bomberos interpretaba según su conveniencia.

    M de milagro, decía uno. T de tragedia, corregía otro. Ninguno se ponía de acuerdo, lo cual era saludable para la moral porque les daba espacio para ocupar la mente cuando necesitaban amainar la ansiedad.

    A un costado, en medio de la nada, la vieja locomotora de vapor descansaba con una dignidad fatigada, tal como si fuese un animal anacrónico al que ya nadie le exige nada pero que insiste en respirar por disciplina.

    No tenía vagones, nunca los tenía, pero eso no impedía que todos la miraran con el respeto que se le debe a lo que podría, en cualquier momento, incendiarse.

    -Hoy sí -dijo el más joven, ajustándose la chaqueta antes de tiempo con el mismo entusiasmo del primer día y que aún no había aprendido a disimular.

    El jefe no respondió. Observaba el entorno con una atención que podría confundirse con la esperanza si no fuese porque llevaba años practicando ese gesto sin resultado alguno.

    A las siete, uno de ellos sacó la campana y la colgó del clavo habitual, verificando que el badajo respondiera con la gravedad necesaria. La probaron tres veces, y las tres veces el sonido se expandió sobre el universo con una importancia que no encontraba destinatario.

    -Funciona bien -dictaminó el jefe.
    -Es una campana muy buena -agregó otro, con una leve sonrisa que nadie registró como tal.

    A las ocho de la mañana comenzaron los preparativos. Pero no porque hubiera señales sino porque era imprescindible estar preparados antes de cualquier eventualidad, incluso de aquellas que jamás habían ocurrido.

    Abrieron las canillas con una parsimonia casi ceremonial, dejando que el agua corriera un instante de más, tal como si debiera purgarse de cualquier duda antes de ser útil. Y llenaron todos los baldes con cuidado, evitando que rebosaran en exceso -la urgencia también tiene sus formas-, alineándolos junto a la puerta en un orden que había sido objeto de discusiones largas y silenciosas.

    Uno de ellos, el más meticuloso, revisó las costuras de su chaqueta como si en ellas se jugara el destino de la jornada. Otro practicó el gesto de tomar el balde y salir corriendo, pero sin llegar a dar el primer paso, porque eso habría sido precipitado.

    A las nueve, la máquina exhaló un vapor más denso que de costumbre.

    -¿Lo ven? -susurró alguien, sin atreverse a elevar la voz todavía.

    Nadie quiso confirmar. Había un protocolo implícito: no apresurar la catástrofe.

    A las nueve y diez, el vapor persistía.

    -Podría ser, podría ser… -dijo el jefe, con una cautela que hacía honor a su cargo.

    El más joven ya tenía la chaqueta abotonada. Sudaba, pero no por el calor, que era moderado, sino por la inminencia de lo que, finalmente, estaba a punto de justificar su existencia.

    A las nueve y cuarto, el jefe levantó la mano.

    -Ahora.

    Hizo sonar la campana con una convicción que sorprendió incluso a quien esperaba el tañido, y los gritos estallaron en el aire, atropellándose unos a otros:

    -¡Se incendia el tren!
    -¡Fuego!
    -¡Al tren! ¡Al tren!

    Corrieron más desordenados que desesperados. Cada uno con su balde, que oscilaba con una gravedad heroica, y las chaquetas, pesadas, acompañaban el movimiento con una resistencia que hacía más meritorio cada paso. El más veterano trastabilló, levemente, pero logró mantener la cadencia sin derramar el agua, lo cual fue considerado en ese instante como un signo de gran profesionalismo.

    Llegaron a la locomotora. El vapor seguía allí, indiferente a su entusiasmo.
    Se miraron.

    -Es humo – dijo uno, con una convicción que no admitía matices.
    -No -respondió otro-. Es vapor.

    El jefe se acercó un poco más, lo suficiente como para que el calor le rozara la cara.

    -Es vapor -concluyó, finalmente, con una autoridad que no dejaba lugar a apelaciones.

    Nadie habló durante unos segundos. El más joven sostenía el balde con ambas manos, como si aún pudiera ser útil.

    -Bueno -dijo alguien-, mejor así.

    Asintieron. Era importante que alguien lo dijera.

    Ya nadie dijo nada más y regresaron en fila, con los baldes aún llenos y las chaquetas pesando más que antes, tal como si hubieran absorbido la decepción.

    Ya dentro de la casilla, se sentaron. Nadie se quitó la chaqueta de inmediato, había una dignidad en sostener el peso un poco más, tal como si el cuerpo necesitase procesar lo ocurrido.

    -Otro día será -dijo el jefe, sin énfasis.
    -Sí -respondieron, casi al unísono, con una serenidad que podría confundirse con la resignación si no fuera porque en ella latía, intacta, la expectativa.

    A las diez de la mañana, el vapor de la máquina volvió a hacerse visible. Nadie dijo nada, pero todos miraron.