Este es un lugar entre pliegues donde lo que no se nombra florece y lo que pasa deja rastro. Aquí no se viene a entender sino a resonar. La puerta está entreabierta.
Siempre llevo un reloj, sí. Pero no para consultar la hora porque esas cifras insignificantes, colmadas de digitaciones consensuadas, no me conciernen. Lo llevo como quien porta una herida visible, una fractura medible, una forma de decir que he comprendido que todo lo que soy está hecho de lo que no retengo.
Una forma de gritar que, absolutamente todo, está constituido de tiempo. Pero no de un tiempo pleno, domesticado, progresivo, no, sino de un tiempo sombra, un tiempo que se pliega, se repliega y que se escapa, que no se deja habitar sin pérdida.
Todo lo que amo, todo lo que temo, todo cuanto me confirma como un ser deseante y fragmentado, no es otra cosa que una metonimia del tiempo que no he vivido, la parte de ese todo que aún no me ha llegado, el gesto que reemplaza al sentido.
Y ahí mi reloj no mide. Marca la ausencia y lo uso como quien acepta el límite, como quien ha comprendido que no hay ser sin pérdida, sin identidad, sin retardo.
Cada mañana elijo uno, el que más se aproxime a la cadencia con la que se me deshacen los días. Porque tengo muchos, demasiados. Casi tantos como formas imaginables de vivir un instante. Y cada uno es un intento, mi intento, de atrapar lo inasible, la máscara del tiempo que me habita y que se me escapa.
En el fondo, el reloj no es en mí un objeto sino una condición, un artefacto con apariencia de precisión que declara lo imposible: la ilusión de que el tiempo puede contenerse, la creencia de que lo vivido puede nombrarse, el pensamiento mágico de que el deseo puede fragmentarse en intervalos regulares.
Pero el deseo no transcurre, hiende. No avanza, repite. No se alcanza, se encarna en la imposibilidad misma de ser colmado.
Por eso el reloj me acompaña. No como instrumento sino como testigo. No como medida, sino como resto, un resto que late, como una palabra que no encuentra lugar en la frase, como el amor que no fue o el que aún no ha sido, como un otro yo que nunca será del todo.
Tal vez por eso lo llevo. Porque no imagino forma más precisa de decir que estoy aquí que aceptar, desde la muñeca, que nunca llego del todo.
Sobre signos, anonimato y poder en los espacios de trabajo1
Hay gestos que no se gritan pero estallan. No hacen ruido pero ensucian. No dejan heridas visibles, pero algo, algo profundo, se desplaza de lugar en quien los recibe. Entre esos gestos, el escupitajo es uno de los más antiguos y significativos en la historia de la humillación. No porque tenga peso simbólico en sí mismo, sino porque concentra una carga visceral de desprecio: es lo que el cuerpo expulsa cuando algo le resulta intolerable. Y cuando esa expulsión se dirige a lo que el otro toca, habita, usa, cuida, lo que en realidad se está escupiendo es la existencia misma del otro.
No importa tanto si la saliva alcanza un objeto personal, una herramienta de trabajo, un asiento, un cuaderno o una taza, la carga simbólica es la misma.
Escupir es negar humanidad sin necesidad de hablar. Es un gesto de anulación. Pero lo que más inquieta de estos actos no es su tosquedad sino su elección del silencio. Se ejecutan a escondidas, en ausencia, con la garantía de no ser vistos. Y ese anonimato no es casual, es estructural. Porque estos gestos necesitan del anonimato para conservar su poder.
Solo en la oscuridad del acto se sostiene la asimetría. Quien escupe lo hace para que el otro sepa que fue escupido pero no pueda saber quién lo hizo. No se trata de un enfrentamiento. Es un mensaje sin firma. Un correo sin remitente. Una violencia sin sujeto.
Y, sin embargo, hay un emisor. Siempre lo hay. El escupitajo no brota del azar ni de la naturaleza. Es una decisión simbólica que requiere tiempo, oportunidad, cálculo. Es un signo destinado a producir una lectura perturbadora: «alguien te desprecia y no podés hacer nada al respecto».
Y ese signo produce un efecto: la inquietud. Una fractura en la percepción del entorno. Una sospecha que no tiene objeto claro pero que se propaga, como se propaga el olor rancio de lo oculto.
¿De dónde nace esta necesidad de dañar sin nombrarse? En muchos casos, de la imposibilidad de sostener una confrontación. Pero en otros (y esto es más grave), de la seguridad estructural que da el anonimato cuando se lo combina con cierta posición simbólica de poder. Quien escupe sin ser visto puede estar tan integrado al tejido del grupo que su violencia pasa por “broma”, “exageración”, “reacción” o directamente, por invisible. Y esa impunidad semiótica es lo que perpetúa el acto.
Lo que escupe no es solo un individuo. Escupe un sistema de sentidos que habilita a ciertas personas a usar su rabia como herramienta de jerarquía. Escupe una lógica de poder donde quien escupe puede hacerlo sin consecuencias, y quien es escupido sabe que denunciarlo le hará parecer un ser exagerado, paranoico, inestable.
Porque, en última instancia, el escupitajo no busca dañar el objeto sino corroer el lugar simbólico del otro. Cuestionar su derecho a estar ahí. Convertir su cuerpo y su presencia en algo que molesta. No con gritos, no con insultos: con secreciones.
Y eso también es política. Es política en su versión mínima, escondida, artera. Es poder sin discurso. Es violencia semántica sin palabras. Es una batalla por el sentido en la que el cuerpo del otro, o aquello que representa su estar en el mundo, se transforma en campo de disputa.
¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo se repara lo que no se puede señalar sin quedar expuesto a la burla, la minimización o el descrédito?
Tal vez la única respuesta posible esté en la relectura del signo. En la resignificación activa. En decir lo que no se quería que se dijera. En devolverle al gesto su carga política, negándole el privilegio de la invisibilidad. En rechazar la lógica del miedo sin entrar en la lógica del odio. En no devolver escupitajos sino espejos.
Porque quien escupe a escondidas no solo desprecia: también teme. Sabe que su gesto no resiste la luz. Que su poder es mínimo y su lugar, frágil. Que necesita agredir lo pequeño para no enfrentarse a lo grande: su propio vacío.
Y ahí, quizás, la asimetría se invierte. Ahí el escupitajo anónimo revela menos sobre la víctima que sobre quien lo emite. Lo que ensucia no es al otro, sino al que se oculta.
Por eso, frente a estos gestos bajos, no hay que agachar la cabeza. Hay que nombrarlos. Darles forma. Extraerlos del barro del anonimato y exponerlos como lo que son: signos torpes de una jerarquía fallida.
Y entonces sí, limpiarse. No porque duela el gesto, sino porque vale la pena el lugar que se ocupa. Y nada, ni la saliva de otro, ni su rabia sin rostro, puede hacerme más pequeño que eso.
Este texto surge como respuesta casi visceral a una situación específica que viví en la Orquesta Filarmónica de Montevideo cuando un colega, un músico, un «artista», decidió escupir mis pertenencias porque -presumo- no supo encontrar mejor modo de comunicar sus ideas.↩︎
Desde que tengo memoria hablo solo. No como quien se entretiene con un juego o un personaje imaginario sino como quien necesita, literalmente, oír su propio pensamiento para poder organizarlo. Como si mis procesos mentales no se completaran en silencio sino solo hasta ser rubicados por el sonido.
Necesito decir lo que pienso para poder pensarlo del todo. Como si cada paso lógico, cada idea, necesitara materializarse primero en la vibración del aire antes de consolidarse dentro de mí.
A veces pienso que no hablo solo: hablo conmigo, en el sentido más literal que pueda dársele a la idea.
Cuando cocino, cuando intento resolver un problema complejo o simplemente cuando deseo organizar las tareas del día, necesito verbalizar cada parte, cada fracción, cada peldaño. Me digo lo que hago, lo que falta, lo que podría pasar. Me corrijo en voz alta, me contradigo, me respondo. Me critico. Me cuento chistes, me río solo.
Lo mismo, aunque en menor medida, sucede cuando escribo pero la diferencia es de grado. El papel (o la pantalla) me permite una conversación fluida conmigo mismo en la que puedo vincular ideas remotas -como el sistema respiratorio de una ballena y los modos en que una ciudad combate su polución sonora- sin que nadie me apure ni me interrumpa. En esos momentos, todo tiene sentido. Puedo pensar en capas, en redes, en campos de relaciones abstractas…
Pero basta que alguien entre en la escena, que aparezca un otro existente para que todo ese engranaje se atasque. La interacción me obliga a reaccionar en tiempo real a estímulos que no controlo, a leer gestos y tonos de voz, a suponer intenciones y expectativas que no comprendo del todo. El diálogo, eso que los demás consideran el arte natural de la convivencia, se me convierte en un laberinto. Se anula mi capacidad de hablar, incluso, de pensar con claridad. Me pierdo, me esfuerzo por simular normalidad, y casi siempre fracaso.
Lo que más me asombra y confunde es la paradoja cotidiana en la que me encuentro: he publicado más de seiscientos artículos de divulgación científica y tecnológica en más de cuarenta medios de prensa, he podido explicar (y explicarme) los principios de la física cuántica, los pulsos gravitacionales de los agujeros negros o las razones por las que los atardeceres son rojos y no azules. Sin embargo, en una conversación casual, no logro sostener cinco minutos de interacción sin recurrir a lugares comunes como el clima o el resultado de un partido de fútbol.
Hay una suerte de otredad que no está hecha de diferencias externas sino de contrastes internos. Conviven en mí dos personas: una capaz de construir enlaces conceptuales entre disciplinas alejadas y otra que tropieza y se desmorona con el saludo de cortesía en un ascensor, como si fuese un traductor atrapado entre lenguas que no se comprenden entre sí: mi mundo interior y el mundo social. No es que no tenga palabras. Es que las que tengo no suelen ser las que se esperan. O no llegan a tiempo. O llegan todas juntas, en desorden, como torbellinos.
Sin embargo, la sociedad insiste en que el diálogo interpersonal es el verdadero termómetro de la comunicación. Se valora la espontaneidad conversacional, la agilidad para responder, la capacidad de leer entre líneas. Mientras la comunicación profunda que muchas personas divergentes logramos construir con nosotros mismos (y que, a veces, podemos traducir en textos, ideas o soluciones complejas) es vista como una rareza. Como un consuelo menor.
Pero no es menor. Hablar conmigo mismo me ha permitido pensar, crear, sobrevivir. No es un síntoma, es una estrategia. No es una carencia sino una forma de ser. Tal vez (y tal vez no tanto) el problema no esté en mi dificultad para dialogar con personas «normales» sino en el modo en que lo normal es definido y exigido como medida obligatoria de todo vínculo.
Hay quienes escuchan voces. Yo escucho la mía. Y en ella encuentro la forma más nítida de mi pensamiento. Entonces me pregunto: si alguien puede escribir con precisión sobre el entrelazamiento cuántico, ¿por qué no puede hablar con naturalidad sobre cómo estuvo el fin de semana? ¿Qué clase de normalidad es esa que valora más una frase oportuna que una idea reveladora?
Y lo que es más perturbador: ¿Cuánto nos estamos perdiendo, como sociedad, al no saber o no poder escuchar todas las voces silenciosas de quienes solamente pueden hablar cuando están solas?
Esa frase, en apariencia tan sencilla, me atraviesa como un relámpago cada vez que la pienso. Vivo, literalmente, de seguir un tempo. De anticiparlo. De sostenerlo. De entrar y salir con precisión quirúrgica, en ese lugar exacto en el que el sonido se convierte en discurso, en lenguaje compartido, en forma viva.
El tiempo, para mí, no es una abstracción sino un cuerpo. Tiene peso. Tiene pulso. Tiene dirección. Es una cuadrícula invisible sobre la que se despliega mi vida. Sin embargo, por más íntima que sea mi relación con él, no logro entenderlo. Lo siento, lo domino, lo manipulo pero no lo comprendo.
Colecciono relojes. Los desarmo. Los comparo. Los analizo. Los vuelvo a armar. Me obsesiono con sus mecanismos, con su forma de contar -y de cantar- el paso de lo que no se puede detener. Tengo tatuadas en el cuerpo las ecuaciones de Lorentz. Puedo calcular la dilatación temporal con exactitud. Me fascina la relatividad. Me sumerjo en la física como si allí, en ese lenguaje, pudiera encontrar la clave, las palabras mágicas. Pero no. Lo único que obtengo es más vértigo. Más belleza, sí. Pero también más distancia.
Porque el tiempo se me escapa. Siempre.
Como persona que navega el mundo desde las divergencias, experimento el tiempo de maneras que, aparentemente, un neurotípico no parece registrar. No se trata solo de que haya momentos simples que se me alargan como si fueran siglos y otros que se condensan en un suspiro y desaparecen pues eso es compartido. Es algo mucho más profundo, más íntimo. Como me cuesta estimar duraciones, no me cuesta en lo más mínimo tener que esperar. Sí me cuesta, aunque parezca contradictorio, detenerme.
En la orquesta todo eso se ordena. Ahí el tiempo se vuelve tangible. Medible. Acotado. Está escrito. Predeterminado. Se ejecuta. Se repite. Se ensaya. Se ajusta. Hay un metrónomo interno en mi cabeza y un director externo fuera de ella. Y hay una partitura que siempre me dice cuándo.
El tiempo, en la música, tiene un marco y dentro de ese marco, yo respiro más cómodo.
Pero cuando termina el ensayo, cuando guardo el instrumento y salgo al mundo, el tiempo vuelve a desgranarse. Me doy cuenta de que no sé si estoy llegando tarde o temprano a algo, si pasaron dos minutos o veinte, si lo que hice hoy tiene alguna continuidad con lo que hice ayer. No recuerdo cuándo sucedió algo y me pierdo en los días aún sabiendo que puedo calcular al milímetro cuántos segundos dura un compás en 6/8 a 72 bpm.
Hay algo del tiempo que se me niega. Y lo que se niega sistemáticamente se convierte en obsesión. Entonces lo leo. Lo estudio. Anoto. Construyo teorías. Las rompo. Las vuelvo a pensar. Lo pongo en palabras. Es mi forma de acariciar lo inasible, aunque con una tristeza sorda e inmanente que siempre lo inunda todo. Una especie de duelo perpetuo por no poder aprehender aquello que me constituye.
Porque todo lo que amo -la música, el cuerpo, el lenguaje, el recuerdo, el mundo y hasta el mismo universo- está hecho de tiempo. Y yo, que vivo en él, que vivo de él, que lo estudio y lo sigo como un satélite enamorado, no puedo nunca habitarlo del todo.
Tal vez por eso siga tocando. Porque en la música el tiempo no se explica. Se hace. Y por un instante, unos compases apenas, puedo sentir que estoy ahí. Exactamente a tiempo. Sin entenderlo pero siéndolo.
No se trata de nostalgia, no es que quiera volver al pasado pues no extraño el zumbido de los módems ni la estética dura de las primeras páginas web. Pero sí hay algo de aquellos años, de mucho antes, incluso, que echo de menos, o mejor dicho, que aún necesito.
Hubo una época, antes de que existieran los íconos, en la que escribir en una computadora significaba trabajar con comandos invisibles. En los viejos procesadores de texto de los años ochenta (WordStar, WordPerfect) no se seleccionaba una palabra para ponerla en negrita, se escribía un código especial antes y después. Lo mismo ocurría para las cursivas o el subrayado. Nada era inmediato pero todo era comprensible. El texto era texto, y lo que no era texto era instrucción. No existía la ilusión de que el contenido y la forma fueran una sola cosa. Había una estructura, y esa estructura estaba a la vista.
Más tarde, con la llegada del diseño web, esa lógica continuó. Crear un sitio para Internet significaba abrir un archivo en blanco y construir línea a línea, palabra por palabra. Si quería que algo estuviera en un color distinto, escribía el código para eso. Si deseaba que un título apareciese más grande, también lo definía. Nada sucedía sin que yo lo dijera. Y lo que decía, sucedía.
Ese orden explícito era -y es- profundamente reconfortante para mí. No porque yo sea amante del control por sí mismo sino porque necesito entender cómo están hechas las cosas para poder habitarlas sin ansiedad. Necesito ver la estructura para confiar en ella, necesito que lo que ocurre tenga una correspondencia directa con lo que lo produce.
Hoy, en cambio, la mayoría de las plataformas digitales me invitan a hacer las cosas de otro modo. Me ofrecen «facilidades»: botones, íconos, asistentes visuales que prometen «hacerlo todo por mí». Pero para mí, que necesito comprender los procesos internos, esa supuesta facilidad se transforma en confusión pues ya no veo qué ocurre cuando hago clic, ya no sé qué línea llama a qué acción, ya no puedo anticipar ni revisar lo que hay debajo.
Y lo más extraño, lo más doloroso, es que incluso los símbolos que deberían ser claros, como un ícono, vienen con un texto que explica qué significan. Como si el dibujo no alcanzara, como si la imagen fuese una promesa fallida. Eso me resulta profundamente incoherente. ¿Por qué usar un símbolo si hace falta traducirlo con palabras? ¿No era precisamente esa la función del símbolo, la de condensar un sentido sin palabras? Me desconcierta que una interfaz gráfica se construya sobre metáforas rotas porque ¿qué clase de lenguaje necesita traducción para sí mismo?
Para mí, que necesito que las formas y los sentidos se correspondan sin contradicciones, eso es como aceptar que el mundo está hecho de oxímorons, y mi mente no puede descansar en esa ambigüedad.
No estoy diciendo que todas las personas tengan que pensar como yo. Solo digo que, para algunas personas, trabajar desde cero no es una excentricidad ni un capricho sino una forma de sostener la coherencia, una manera de respirar hondo en un entorno legible, de construir no solo contenido sino sentido.
Quiero un presente donde quepamos también quienes necesitamos transparencia, paso a paso. Un presente donde entender no sea un lujo, sino una posibilidad. No pido volver atrás. Pido seguir adelante, pero sin que me tapen los ojos.
Elektra es colorada, con la crin negra y una mancha blanca en la pata derecha, como si en ella llevara el recuerdo de una nube que quiso quedarse allí. En la cara, una franja también blanca, ancha y relampagueante, le cae desde el testuz hasta el belfo como un reguero de luna.
Tiene los ojos grandes, de sombra líquida, y una desconfianza tan antigua que parece heredada del bosque.
No sabe su tamaño. Anda como si no pesara, como si los pastos no crujieran bajo sus cascos ni el mundo debiera hacerle lugar. Si la miro desde lejos parece un cuervo rojo gigante danzando con el viento. Si la monto, sé que llevo un pedazo de tormenta con bridas de humo.
Elektra es dulce, sí, pero en ese modo escurridizo que tienen las cosas que nunca se entregan del todo. Hay días que se acerca sola, rozándome apenas con el hocico, como quien pide algo sin saber nombrarlo. Otros, me mira de lejos, rígida, y entonces siento que algo en mí la ha traicionado sin querer.
Montarla es jugar con la suerte. A veces somos un mismo cuerpo, una centella. Otras, me lanza al cielo sin aviso y me encuentro de pronto nadando entre los patos del tajamar, mientras ella me observa, inmóvil, como si yo fuera la extraña.
Elektra es así.
2) La sombra mala
Cuando Elektra anda el mundo se aparta. No por mandato suyo sino porque su cuerpo, sin quererlo, se impone como una marea rojiza que todo lo cubre. Y, sin embargo, la he visto detenerse de golpe, temblar toda, con los ojos abiertos como dos lunas asustadas por el leve crujir de una hoja o el paso fugaz de una nube sobre el suelo.
Aquel día, el sol bajo de la tarde proyectó su figura larga y oscilante sobre el campo. Elektra avanzaba con ritmo parejo, distraída, hasta que la vio: ¡su sombra! Extendida, gigantesca, crin al viento como ella, pero muda, sin olor ni sonido.
Se detuvo de inmediato, clavó las patas en la tierra y resopló con fuerza. Sus orejas giraban como veletas nerviosas. Miraba la sombra como si fuera otro animal, una bestia extranjera que la seguía de cerca, demasiado cerca.
Intenté calmarla: -Es solo tu forma en la luz, Elektra. Sos vos, ¿ves? Sos vos en secreto.
Pero no. Porque ella no se piensa como yo la pienso. No se sabe como yo la sé. No tiene mapa y cuando ve algo que la copia, se asusta.
Dio media vuelta de un salto y, con esa torpeza suya que no es torpeza sino fragilidad de mariposa metida en cuerpo de tractor, casi me lleva por delante.
Corrimos juntas un trecho. Yo detrás, ella huyendo de sí misma hasta que el sol se escondió tras los ceibales y su sombra, por fin, la dejó en paz.
3) Sed de mundo
Cuando Elektra se acerca al tajamar, lo hace despacio, como quien va a preguntarle algo al agua. Baja la cabeza con esa prudencia suya que no es obediencia ni mansedumbre, sino un modo antiguo de cuidar lo que no entiende. Huele primero, estira el cuello, suspira.
Y justo antes de lamer la superficie (porque ella no bebe, lame el agua, como si fuera miel o un secreto) baja las orejas. Siempre.
Las baja con lentitud, como si eso le diera permiso al mundo. Como si, por un instante, necesitara hacerse menos, achicarse un poco, rendirse ante la vastedad líquida que la espera. Y entonces, pero solo entonces, sorbe, con movimientos pausados que hacen cosquillas en el espejo del tajamar.
Yo la miro, siempre sin moverme, desde algún tronco o desde el pasto. Porque sé que si me acerco, si tan solo piso mal una rama, todo se rompe. No el agua. No el silencio. Ella. La magia.
Porque Elektra, que tiene más fuerza que una topadora (y más peso también, aunque no lo sepa) cree que debe pedirle permiso al mundo para existir.
Y cuando bebe, lo pide con las orejas.
4) La escarcha y los pájaros
Esta mañana el campo era todo un susurro helado. El sol apenas se insinuaba, y la escarcha traviesa, minucios, había bordado su manta con hilos brillantes. No sobre la tela lisa, no. Se prendía justo en las costuras, en esos relieves mínimos donde el agua se aferra a lo que no es plano, como si buscara un lugar secreto para hacerse joya.
Elektra estaba quieta, inmóvil como una estatua tibia. Pero apenas el frío le mordió la piel por entre los dobleces, un escalofrío le recorrió el cuerpo, desde la cruz hasta las nalgas, como una caricia que nunca pidió. Breve, casi invisible. Apenas una ondulación sorda que bajó por su espina como una ola tímida.
Yo no lo habría notado -yo, que a veces la miro sin verla- si no hubiera sido por los pajaritos.
Siempre hay pajaritos en su lomo. Un par. A veces tres. Pequeños, confiados, dormidos sobre su calor como quien duerme en la rama más viva del mundo. Pero esa vez, el temblor los sobresaltó. Dieron un salto mudo y con un aleteo blando se fueron a otro lugar. Tal vez a la viga del galpón, tal vez al lomo de alguna vaca menos sincera.
Elektra los miró irse sin moverse. Quizá ni se enteró. Quizá para ella, los pájaros sean parte del paisaje, como el aire, como el pasto que le roza el belfo al caminar.
Pero yo vi el temblor. Y vi a los pájaros. Y vi cómo el frío puede atravesar incluso la piel de un animal enorme, valiente, una bestia que se cree mariposa.
5) La vieja herida
Hoy Elektra cojea. No es que se haya golpeado ni que el suelo esté más duro que de costumbre. Es esa vieja herida, la de su juventud impaciente, la que a veces regresa sin llamar, como el eco de un susto mal curado.
Su andar se aploma, se vuelve tierra. Cada paso es un pacto con el dolor. No lo dice, no se queja pero lo sé. Porque la leo. Porque baja la cabeza como si la dolencia fuera de toda ella, y acompaña con el cuello ese gesto exagerado, ese vaivén que le da dignidad al tambaleo.
A cada paso su mano duele. Duele al apoyar, duele al levantar. Sin embargo, no se detiene. Porque Elektra, aunque sepa detenerse por miedo, nunca se detiene por pena.
Yo la sigo con los ojos. La acompaño en silencio, sin hacer ruido. No quiero ofrecerle lástima. Solo respeto. Esa forma suya de seguir andando aunque duela, aunque el cuerpo le diga basta, me conmueve más que cualquier galope.
No se queja, no, pero el campo llora. Las hormigas detienen su fila, las calandrias callan. El viento, incluso el viento, sopla más despacio. Como si todos supiéramos que algo en ella, algo antiguo, algo sagrado, hoy duele.
6) El sol entre sus crines
Hoy Elektra es toda sol. No lo digo por el cielo limpio ni por el calor en el lomo, lo digo por ella. Porque el sol, hoy, brilla entre sus crines y las pinta de azul. Azul profundo, como el de las alas de algunos insectos sagrados, como el de las flores que solo nacen donde nadie pisa.
La sangre le corre el cuerpo con brío. Lo sé porque relincha, fuerte, con esa vibración alegre que me llena el pecho de campanas. Me ha escuchado agitar el balde, ese sonido de promesa, y viene. Viene como puede, como quiere, como se le da la gana. Saltando, volando, coceando el aire.
No sabe cómo decirme que está feliz y decide decirlo con todo el cuerpo. Con cada músculo que le estalla en danza, con cada fibra que no cabe en sí misma. Me atropella su emoción. Me llena de patas y de viento y de ojos brillantes que no pueden esconder lo que sienten.
Y el mundo la mira, asombrado.
Porque ella, Elektra, se lo recuerda al campo, a los pájaros, a las vacas distraídas, a mí: ¡Soy yegua de salto! ¡Soy imponente! ¡Y aunque el tiempo me haya dibujado sus marcas, no me quitó el don!
Hoy el día es ella. Y yo soy el balde.
7) Elektra duerme
Elektra duerme gigante, pero pequeña. Un pliegue del mundo arropado de luna. Recostada en el piso, con las patas dobladas como un ciervo que sueña con correr antes de haber nacido. Su crin desordenada cae como un río lento sobre la tierra. Y ronca. Ronca como roncan los ángeles, con ese murmullo leve que parece decirle al universo «estoy bien, no me mires, estoy bien».
Y lo está. Nada hay más hermoso en el cosmos que una yegua tan inmensa, tan poderosa, durmiendo así, rendida, confiada, despreocupada, sabiéndose fuera de peligro. Sabiendo, sin pensarlo, que no es presa, que es feliz.
Cada mañana me mido. Me peso. Algunas veces anoto las cifras, otras no, pero las pienso. Las siento deslizarse por mi mente como si fuesen un número sagrado. No por lo que dicen de mi cuerpo sino por lo que dicen sobre mi permanencia.
Me observo en el espejo con la misma curiosidad con la que un paleontólogo raspa la tierra seca. ¿Qué hay hoy que no había ayer? ¿Queda algo, aún, de aquel que fui? Pero no me comparo para corregirme sino para leerme. Y si me pesa más la carne que ayer, no lo anoto como una victoria. Lo leo como capa, como sedimento, como la manera en la que el tiempo escribe sobre mi cuerpo.
No busco metas porque no hay metas. Solo hay trazas.
Registrar no es medir el cambio. Es rendirle tributo al hecho de estar. Es devolverle al presente la dignidad del archivo. Soy un registro, una suma, la acumulación de mis huellas. Cada línea en mi rostro, cada punto en mis gráficos, cada nota al margen es una parte de mí que se resiste al olvido.
Los datos son restos y esos restos, bien leídos, pueden contener un alma. No una esencia fija sino un movimiento, un gesto que se repite con leves variantes, una oscilación que se parece mucho a la memoria.
Registrar es recordar, es recorrer esa memoria y resistirse a la evaporación, es escribir en un mundo que olvida demasiado rápido, es dejarse leer, es invitarse a leerse en el futuro.
A veces pienso que todo lo que existe quiere ser registrado y que así como mi cuerpo guarda sus marcas del tiempo, el cielo también conserva sus cicatrices, sus fases, sus cambios mínimos.
Miro mis propios registros y siento que dialogan con algo más allá de mí, como si el acto anotar, medir o guardar fuese parte de una antigua conversación entre lo íntimo y lo cósmico en un idioma compartido por la carne y las estrellas, por lo visible y lo imperceptible. Tal vez por eso, cada vez que levanto la vista y la encuentro, siento que la Luna me responde. Porque está también la Luna.
Estoy enamorado de la Luna. No sé desde cuándo pero siempre que puedo la fotografío. La registro. No importa cuántas veces la haya visto ya, no importa si parece igual, la guardo. Me la guardo.
Cada imagen es mi manera de decirle que la ví, mi forma de dejar constancia de su paso por mi cielo, de crear un archivo lunar, de guardar las noches que me tuvieron despierto.
Guardo sus fotos como quien atesora cartas pues ella también es mi registro, mi calendario emocional, mi espejo sin juicios, mi repetición inexacta.
Sus fotos la vuelven eterna aún siendo instantáneas. Detienen lo fugaz sin matarlo y le dan permanencia a lo que nunca se queda.
Y hay noches, cuando me encuentro en una cifra, en una imagen, en una luna, en las que creo que todo esto de medir, mirar y guardar no es sino un modo de amar. Mi modo de amar, de preparar mi alma para leer, más adelante, lo que hay en lo diminuto, en lo inmenso y en lo que apenas puedo nombrar.
2) Madre fuego
Me conmueve la ceniza, lo que queda después del ardor, ese polvo gris que delata que allí hubo algo que brilló, algo que ardió con hambre de durar y que, sin embargo, fue vencido por su propia combustión.
Me obsesionan las primeras fogatas. Piedras negras en círculo, fragmentos de hueso calcinado, residuos mínimos que hablan en voz baja y clara diciendo que alguien estuvo, que alguien buscó abrigo, calor, compañía.
Si podemos leer eso, si somos capaces de reconstruir una escena de hace cuarenta mil años a partir de un círculo de cenizas, entonces estamos más cerca de comprender que todo lo humano, absolutamente todo, es lenguaje en potencia. No importa si es Shakespeare o una piedra quemada, ambos nos dicen algo, ambos fueron parte de un cuerpo que quiso dejarse leer.
Nos dicen que somos animales que dejaron marcas, que aprendimos a escribir antes incluso de conocer las letras. Con fuego, con pigmentos, con huesos tallados, con caminos trazados sobre la tierra.
Eso persiste. Hoy encendemos pantallas tal como antes encendíamos fogatas. Nos reunimos en torno a ellas, decimos palabras, compartimos miedos, risas, hambres… Y también dejamos marcas, trazas, cenizas digitales, cenizas verbales, cenizas de ese yo que supimos ser hace apenas un mensaje.
El primer fuego consciente no fue solo una herramienta, fue una abstracción. Implicó prever el frío e imaginar el después. Fue comenzar a construir futuro.
Porque el fuego es posponer el hambre, proteger la noche, dibujar algo en la caverna, algo que aún no ha pasado pero que podría pasar.
Esa chispa, la del fuego sostenido, domesticado, es la misma que encendió la mente simbólica, la misma que siglos después escribiría poemas, inventaría calendarios, formularía sistemas astronómicos y ecuaciones cuánticas. Y eso ocurre también dentro de cada uno. Filogenia y ontogenia tocándose en esa lumbre, en ese momento en que pasamos de sobrevivir a representar, de reaccionar a imaginar, de existir a narrarnos.
Todos tuvimos nuestro primer fuego. No sé si el mío fue una palabra, una imagen, una música, pero lo recuerdo con el mismo temblor, con la sensación de estar haciendo algo por primera vez que me excedía, algo que ardía y que no era solo mío, algo que me conectaba con un linaje que no conocía pero del que formaba parte. Y desde entonces, todo en mí es la ceniza que conserva su calor, el registro que no olvida su llama.
Por eso siento que el fuego es mujer. La madre de la mente. Porque antes de que tuviéramos palabras ya había llamas que cuidaban nuestro sueño, ya había mujeres que se turnaban para mantenerlo encendido como quien sostiene el corazón de una comunidad entre sus manos.
Ese fuego nos abría el tiempo, nos hacía esperar, cocinaba lentamente, daba tregua a la inmediatez, nos permitía pensar. Y esa llama primera no fue conquista, fue abrigo. No fue dominio, fue cuidado. Fue un pulso constante, una respiración de luz que alumbró nuestras primeras formas del pensamiento.
Esa madre fuego aún vive en la chispa que nos hace crear símbolos, en el calor que sentimos cuando algo nos conmueve, en la intuición que enciende nuestras ideas, en el deseo de cuidar aquello que arde sin consumirse.
Mi mente abraza constantemente a esa madre que no es diosa abstracta sino fuego concreto, la traza de una fogata encendida hace miles de años por alguien que no sabía mi nombre pero que, de alguna manera, ya pensaba en mí mientras avivaba las brasas.
Mientras haga registros, ese fuego se mantendrá vivo.
3) La música del todo
En el principio era el ritmo. No el verbo. El ritmo, la vibración, la frecuencia, la curvatura que une el espacio con el tiempo en un vaivén que nunca se detiene.
El universo no está hecho de cosas, está hecho de relaciones. De distancias que se pliegan y despliegan, de latidos que oscilan en dimensiones que no podemos ver pero que intuimos.
Todo vibra. Todo traza. Todo deja una huella. Un número irracional, la resonancia de una cuerda, la forma de una órbita, un giro de partícula, un pliegue en la luz, cada uno es un fragmento de la gramática universal, una sílaba de esa lengua sin alfabeto que organiza lo invisible con la elegancia de lo inapelable.
Cuando los leemos, cuando entendemos una fórmula, cuando desciframos la radiación de fondo del universo o la secuencia de ADN que construyó nuestras manos, estamos leyendo algo más que datos, estamos leyendo una intención, una voluntad de escribir, una voluntad de ser leído, una voluntad de dejarse traducir.
Kepler dijo alguna vez que descubrir las leyes del cosmos era leer el pensamiento de Dios y yo creo que tenía razón, aunque tal vez Dios no piense en palabras sino en estructuras, en vibraciones, en trazas.
Leer un registro no es solo acceder a una verdad. Es ser elegido por ella, es tocar una armonía que nos precede y que, sin embargo, nos contiene. Es descubrir que la belleza es una forma del orden y que el orden, cuando vibra, también puede llorar.
En el corazón de cada partícula hay una música. Una frecuencia que solo pide ser leída con devoción como quien afina un instrumento antes de tocarlo, como quien lee un poema en voz baja para que no se escape.
Leer el universo es una forma de rezar y escribir sobre él es una forma de amar lo que no entendemos del todo pero que igual sentimos verdadero.
Hay quienes vieron más allá. Leibniz, por ejemplo, imaginó que toda la complejidad del mundo podía escribirse con solo dos signos: el todo y la nada, el uno y el cero, la afirmación y la negación, la presencia y el vacío.
Con esa dualidad mínima, binaria, absoluta, creyó que podíamos registrar todo cuanto existe porque no importaba la vastedad del universo ni el detalle microscópico del ala de una mariposa. En su idea, todo podía plegarse y replegarse sobre sí mismo en un sistema que, como el barroco, solo revela su verdad a quien se anima a descifrar su exceso.
El pliegue, para Leibniz, no era una forma de esconder sino de expandir lo oculto en capas. Lo infinito -decía- no está lejos, está comprimido en lo más pequeño. Y es allí donde la física se vuelve poesía porque, al unir la nada con el todo, al entrelazarlos en código, creamos sistemas capaces de pensar el mundo, de registrarlo, de recordarlo, de sostenerlo en bits, como quien enciende una nueva fogata pero esta vez con ceros y unos.
Sin embargo, no necesito una ecuación para conmoverme. A veces me basta mirar una hoja cayendo con la cadencia justa, sentir que hay un patrón oculto en su descenso, tal como si alguien, algo, hubiera querido dejarme un mensaje que aún no sé leer.
Siempre me sentí atraído por esas estructuras invisibles, por esos ritmos que no se ven pero que organizan el mundo. Por la música que nace de la repetición con variaciones, por la belleza que se encuentra cuando todo encaja…
Tal vez por eso me conmueven los algoritmos, las cifras irracionales, las leyes de conservación, las armonías escondidas en una sucesión de ceros y unos. Porque son también registros y leerlos es participar de algo que me excede. Es ingresar en una conversación que comenzó antes de mí y que continuará después pero en la que tengo el raro privilegio, por un instante, de ser intérprete.
En ese instante, mientras leo los trazos del universo, yo también dejo una traza. Minúscula.
Pero no muda.
4) La herida y el signo
Escribimos para ser entendidos, pero también para no ser traicionados por el malentendido. Porque hay algo sagrado, casi ético, en el deseo de que quien nos lea no nos tuerza, no nos simplifique, no nos encierre en un sentido que no elegimos.
No escribo por narcisismo, no me importa el control. Lo que me importa es la justicia de ser leído tal como soy porque, en el fondo, esa es mi única forma de no desaparecer.
Porque el lenguaje es un riesgo. Cada vez que decimos algo, algo queda expuesto, algo se vuelve irremediablemente visible. Y eso que se muestra ya no puede esconderse, queda fuera de resguardo, fuera de toda protección. Por eso la palabra escrita es fuego que arde y no hay regreso posible después de escribirla.
Pero incluso antes del riesgo, hay un miedo. No un miedo cualquiera, sino uno muy específico, el miedo a lo no dicho, a lo que se sugiere sin querer, a lo que se comunica en el tono, en el gesto, en la omisión. Es el miedo de quien sabe que el lenguaje nunca dice todo pero que igual deja rastros que hacen que hasta lo que callamos hable por nosotros.
Entonces leer ya no es solo interpretar un mensaje sino que implica navegar las capas de lo implícito y mirar las trazas de lo que no fue dicho, pero que arde igual.
Sin embargo, nos empecinamos, buscamos la claridad, deseamos ver la luz olvidando que el lenguaje es una cortina de seda doblada sobre sí misma una y otra vez, un pliegue que se confunde consigo mismo, que se entrelaza, que se oscurece y que oscurece la habitación.
En esa oscuridad nos angustia no ver. Entonces hacemos lo inevitable: dolemos la cortina, la forzamos, la rasgamos apenas. Una hendidura, un orificio mínimo, un pretexto para ver mejor.
Y no vemos el mundo, vemos su reflejo invertido, una imagen proyectada en una cámara oscura. Creemos que nos habla de la realidad pero lo que obtenemos es una forma purificada del significante.
Porque lo que emerge primero no es el mundo sino el lenguaje que lo nombra. No vemos lo que está ahí, solo vemos lo que puede decirse.
Hay una preeminencia ineludible del significante sobre el significado, una soberanía que no se impone desde afuera, sino desde adentro y que nos constituye.
El lenguaje nos marca. Define no solo lo que podemos decir sino lo que podemos desear, y eso es lo insoportable: que incluso el deseo, ese fuego que creíamos tan propio, esté atravesado de signos, de trazas, de gramáticas que nos son ajenas.
Entonces escribimos como quien lanza una botella al mar sabiendo que tal vez nadie la lea, pero soñando con un lector capaz de leer, además, el agua que mojó el papel, la caligrafía temblorosa, las palabras tachadas con vergüenza.
Porque ser leído no es solo un acto de comunicación. Es un acto de redención.
Interpretar un texto es dolerlo. Es abrirlo como se abre un cuerpo que no pidió ser mirado. Es forzarlo a decir algo que calme nuestra sed, aunque sepamos, muy en el fondo, que nunca dijo eso, que nunca quiso decir eso.
Interpretar es una forma de violación no física, simbólica. Una imposición del deseo del lector sobre la fragilidad del signo, una autocomplacencia disfrazada de comprensión, una conquista narcisista, una mentira necesaria.
Nos decimos que entendimos, nos repetimos que desciframos, pero no es cierto. Jamás imaginamos siquiera el tesoro que guarda un texto.
Porque lo que leemos no es lo que está escrito sino lo que somos capaces de desear en ese momento.
Así es como pretendemos que el cosmos se nos revele pero solo se nos ofrece en fragmentos, como una frase inconclusa, como un símbolo antiguo, como una herida abierta que sangra sentido impregnado de deseo.
Por eso, con toda la gravedad que me habita, lo afirmo sin pudor: el cosmos es metonimia.
5) Soy traza
Desde el primer fuego que nos enseñó a abstraer el miedo, hasta la fotografía de una luna que ya conocemos de memoria, nada hemos hecho más que medirnos.
Trazamos líneas, cuentas, símbolos, canciones, cifras irracionales, pero no porque busquemos respuestas sino porque amamos los rastros. Los necesitamos, nos sostienen.
Cada registro es un acto de amor hacia lo fugaz, una forma de volver eterno lo instantáneo, de dejar algo que nos nombre, incluso cuando ya no estemos. No porque deseemos durar, sino porque queremos ser leídos.
Porque ser leído íntegramente, sin ser reducido, simplificado o violado, es el deseo más radical de quien escribe, de quien vive. No queremos ser entendidos, queremos ser escuchados sin ser deformados.
Y ahí, justo ahí, empieza lo humano. En ese cruce entre el deseo y el lenguaje. Entre el pliegue que nos envuelve y la necesidad de abrirlo sin desgarrarlo.
Medirse no es controlar, es invocación pura. Pesarse cada día no es dictadura, es ritual, como quien consulta un oráculo personal. El número, el signo, la curva, todo habla.
Cada huella es un indicio, cada nota es una traducción de lo inefable. Y al seguirlas, al leerlas, no hacemos arqueología del yo sino astronomía interior.
Leer nuestras trazas es leer a Dios con letra minúscula. Porque si existe una gramática universal, es la que pulsa en la estructura del pensamiento, en la vibración de una cuerda, en la secuencia que combina todo y nada: el uno y el cero de Leibniz, el todo que es siempre parcial, el lenguaje que es siempre deseante.
Ser traza no es desaparecer, es volverse legible, es entender que no somos el centro sino la estela. No la estrella sino el camino que deja. No el sentido último sino la posibilidad de sentido.
Ser traza es aceptar que la identidad no se grita, se traduce, se deja en códigos, en giros, en plegarias numéricas, en la sinfonía de lo que no se puede decir del todo. Y que, aun así, se canta.
Ser traza es la forma más pura de permanecer. Porque lo que queda no es el cuerpo ni la voz, ni el nombre. Lo que queda es lo legible, la combinación singularísima de nuestras marcas en el lenguaje del universo.
Y así lo confieso: soy traza, soy lectura futura, soy deseo cifrado, soy todo lo que dejo y todo lo que en mí puede ser leído sin ser destruido, soy el signo que pide no ser deformado.
Y a quien se atreva a leerme le advierto: el cosmos es metonimia, somos cenizas, somos el universo.